Ramiro Colmenares, su acordeón y su sonrisa. Por Óscar Humberto Gómez Gómez

 

Es inevitable que afloren los recuerdos y que ellos nos hagan sonreír o nos entristezcan. En todo caso, un hecho de tanta significación en la vida de uno como lo es la muerte inesperada de alguien a quien uno conoció, y con quien acaso debió haber compartido y departido más, no puede pasar inadvertida.

Y no me ha pasado inadvertida, claro, la del magnífico acordeonista – o acordeonero, como dicen – RAMIRO COLMENARES, a quien hallaron muerto en su habitación del hotel donde se hospedaba en Paraguay.

 

 

Yo pensaba que Ramiro ya se había retirado de la vida artística. Lo creía, porque hace algunos años, en este momento no tengo claro cuántos, hablamos por teléfono y al escuchar el proyecto del que le estaba hablando me dijo, con notoria emoción, que si antes de su retiro podía participar en hacer realidad un sueño que le parecía hermoso y que tenía que ver con su tierra, por supuesto que lo haría.

También lo creía, porque ese día me dijo que ya quería dedicarse de lleno a su familia.

 

 

En lo personal, tenía con él un especial sentimiento de pena por un infortunado malentendido que se había presentado en el año 2002 cuando me llamó para manifestarme su intención de grabar en su siguiente trabajo discográfico una de mis canciones, ya se imaginarán ustedes cuál.

Mi afectuosa manifestación de entonces en el sentido de que prefería dejar las cosas como estaban fue malinterpretada, pues no obedecía a ninguna actitud arrogante de mi parte, ni mucho menos a que mi alma hubiese sido atravesada por el filoso y envenenado estilete de la envidia – entre otras cosas porque carecía de cualquier razón para asumir una postura de tal naturaleza, tanto por la evidente humildad de mis canciones como por ser precisamente él quien me había exteriorizado esa intención – sino a que, con una mentalidad provinciana y casi pueblerina, que más tarde habrían de cuestionarme otras personas cercanas, había decidido mantener mi modesto proyecto discográfico bajo mi órbita exclusiva y la de mi familia por tratarse – eso decía yo con insistencia – de un proyecto netamente personal y familiar.

 

 

Lo conocí muchos años atrás en la pequeña sala de su pequeño apartamento, donde nos recibió con una calidez y una informalidad desconcertantes. Ambos éramos aún muy jóvenes y llenos de ilusiones. A diferencia de mí, que nunca llegué a serlo, él ya era una figura reconocida de la música. Lo era, porque había grabado, con su festivo acordeón y con la excelente voz del cantante Robinson Damián, un acetato de larga duración. En aquel entonces yo creía que ambos, Ramiro y Robinson, eran santandereanos. Solamente mucho después vine a saber que el cantante de Ramiro era natural de La Guajira.

Habíamos ido a buscarlo en su apartamento gracias a que unas primas mías lo conocían de cerca y sabían su dirección. El motivo de nuestra visita era el de que unos hermanos amigos míos de apellido Rugeles iban a inaugurar una heladería en el barrio Girardot, o Gaitán, no recuerdo bien en cuál de los dos, y querían contar con un buen grupo musical que amenizara el acto.

Ramiro, sin perder su sonrisa y su actitud sencilla, nos aconsejó que no los contratáramos a ellos porque ya tenían establecida una tarifa que era un poco alta y que, teniendo en cuenta que el negocio que iba a ser inaugurado era pequeño y que hasta ahora iban a comenzar su vida empresarial, eso podía significarles a los hermanos Rugeles una pérdida económica innecesaria, cuando perfectamente podían contratar un grupo que les cobrara mucho menos y que, de todas maneras, iba a tocar con un nivel muy parecido al de ellos y la reunión, en todo caso, contaría con una amenización muy alegre y bonita.

Después de aquella primera oportunidad, continué siguiendo de lejos la ascendente trayectoria artística de Ramiro. Omito otros hechos en aras de no dilatar este artículo.

 

 

Retomo el hilo conductor rememorando, más bien, aquel viaje a Santa Marta que llevamos a cabo con mi esposa, Nylse, cuando luego de atravesar en nuestro automóvil familiar los kilómetros que separaban a la capital del departamento del Magdalena con la ciudad de Bucaramanga, pudimos llegar a la tierra costeña samaria y contemplar poco después de nuestro arribo el espectáculo inigualable de la puesta del sol sobre el horizonte del mar y captarlo con nuestra pequeña filmadora desde la ventana de nuestro cuarto en el inolvidable hotel donde conseguimos hospedaje, El Mesón de Mestre, el hotel más pequeño de El Rodadero, propiedad de una pareja de esposos españoles de edad avanzada y de una amabilidad digna de aplauso, que nos recibió aquella noche, en la que llegamos con hambre y sed en busca de hospedaje a una Santa Marta atestada de turistas, con el gesto humanitario de reabrir la cocina, que ya había sido cerrada bastante tiempo antes, y posibilitarnos la delicia de una paella que aún hoy seguimos considerando irrepetible.

Ramiro y su compañero habían lanzado ese año “El Santo Cachón”.

 

 

Había en el turístico y concurrido balneario de la cálida capital magdalenense un restaurante llamado “Sabrosy No. 2”. Nunca supe dónde quedaba “Sabrosy No.1”. Las explicaciones acerca de este fueron contradictorias, pues en las nebulosas de la memoria recuerdo que alguien me dijo que en realidad no era propiamente un restaurante, sino una especie de caseta o algo similar ubicada “en el centro“, mientras que otra fuente lo que me dijo fue que no existía ningún negocio con ese otro nombre. En todo caso, el restaurante “Sabrosy No. 2” era tan diminuto y caluroso como exquisito, y durante los días en que estuvimos de vacaciones Nylse solía tomar la iniciativa de que fuésemos hasta allá para disfrutar de su exquisitez, dentro de las cuales sobresalía uno de los platos preferidos de ella y de su familia como lo era, y lo es, el peto con panela raspada.

Hallándonos una noche disfrutando de aquella famosa mazamorra antioqueña, y dado que el televisor del restaurante permanecía prendido y a través de su pantalla pasaban videos musicales, nos sorprendió gratamente la irrupción del video de “El Santo Cachón”, canción que se introdujo en el pequeño restaurante con la contagiosa alegría del talentoso intérprete del acordeón, quien no sólo nos deparó esa noche aquellos minutos inolvidables con su festivo toque, sino que nos trasladó a la tierra de donde habíamos llegado, a nuestra Bucaramanga y a nuestro Santander, porque a Ramiro lo sabíamos bumangués y santandereano hasta los tuétanos.

 

 

(CONTINUARÁ)

 

 

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