{"id":37537,"date":"2021-04-15T19:19:16","date_gmt":"2021-04-16T00:19:16","guid":{"rendered":"https:\/\/lapiedrafilosofal.com\/?p=37537"},"modified":"2026-03-21T10:59:43","modified_gmt":"2026-03-21T15:59:43","slug":"tierra-de-cigarras-novela-2000-capitulo-xviii-oscar-humberto-gomez-gomez","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/oscarhumbertogomez.com\/?p=37537","title":{"rendered":"Tierra de cigarras (Novela. 2000. Cap\u00edtulo XVIII). \u00d3scar Humberto G\u00f3mez G\u00f3mez"},"content":{"rendered":"<p><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"aligncenter size-large wp-image-55634\" src=\"https:\/\/oscarhumbertogomez.com\/wp-content\/uploads\/2024\/11\/dreamstime_xxl_65812319.jpg-704x1024.jpeg\" alt=\"\" width=\"640\" height=\"931\" srcset=\"https:\/\/oscarhumbertogomez.com\/wp-content\/uploads\/2024\/11\/dreamstime_xxl_65812319.jpg-704x1024.jpeg 704w, https:\/\/oscarhumbertogomez.com\/wp-content\/uploads\/2024\/11\/dreamstime_xxl_65812319.jpg-206x300.jpeg 206w, https:\/\/oscarhumbertogomez.com\/wp-content\/uploads\/2024\/11\/dreamstime_xxl_65812319.jpg-768x1117.jpeg 768w, https:\/\/oscarhumbertogomez.com\/wp-content\/uploads\/2024\/11\/dreamstime_xxl_65812319.jpg-1056x1536.jpeg 1056w, https:\/\/oscarhumbertogomez.com\/wp-content\/uploads\/2024\/11\/dreamstime_xxl_65812319.jpg-1408x2048.jpeg 1408w, https:\/\/oscarhumbertogomez.com\/wp-content\/uploads\/2024\/11\/dreamstime_xxl_65812319.jpg-scaled.jpeg 1760w\" sizes=\"auto, (max-width: 640px) 100vw, 640px\" \/><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Sentada frente a la ventana de su cuarto y mirando sin que le interesara la ca\u00edda de las primeras gotas de la lluvia nuevamente desplomada sobre la capital de la naci\u00f3n, inmensa, fr\u00eda y triste, Julieta \u00c1lvarez le apost\u00f3 a su coraz\u00f3n que, m\u00e1s pronto de lo que \u00e9l quiz\u00e1s pensaba, lo olvidar\u00eda. S\u00ed, que lo olvidar\u00eda sin remedio, sin trampas ni subterfugios, a pesar de que otra cosa sugiriera la elocuencia amatoria de sus poemas, rasgueados por su mano diestra con la tinta indeleble de sus a\u00f1oranzas desde los albores mismos de la madrugada en que, de regreso a casa luego de la fiesta perturbadora, entendi\u00f3 de una vez por todas que el galante facultativo en verdad hab\u00eda logrado flecharla y que era amor, a secas, as\u00ed se obstinara en negarlo, aquel arrebato inefable de su coraz\u00f3n adolescente que ella lleg\u00f3 a temer si no podr\u00eda, de pronto, not\u00e1rsele en el colegio de monjas donde estudiaba, a trav\u00e9s de las fibras azules de su uniforme de diario.<\/p>\n<p>Ensimismada en sus soliloquios, no se percat\u00f3 siquiera del instante en que principi\u00f3 la ca\u00edda de los primeros granos de hielo y s\u00f3lo la arranc\u00f3 de su letargo el tropel de una intempestiva granizada que sobrevino de improviso sobre las latas de zinc del patio de trastienda, apiladas all\u00ed en desorden como pre\u00e1mbulo de la inminente construcci\u00f3n de un cuartito de San Alejo, donde ahora s\u00ed, seg\u00fan sus planes calenturientos de la primera juventud, pensaba que iba a poder arrumar la monta\u00f1a agobiadora de todos los recuerdos materiales que le perturbaban el leg\u00edtimo ejercicio de su bien ganado derecho a la sonrisa.<\/p>\n<p>Era ya diciembre, pero todav\u00eda no reventaban los voladores en el cielo taciturno de la urbe remota, g\u00e9lida y gigantesca donde ahora, por fuerza de las circunstancias, se encontraba viviendo en esa habitaci\u00f3n, enorme y solitaria, que seg\u00fan sus propias deducciones hab\u00edan dise\u00f1ado y construido con piso de tablas para que el inmemorial y emblem\u00e1tico fr\u00edo capitalino no se les fuera a meter a sus eventuales ocupantes a trav\u00e9s de las plantas de los pies hasta invadirles y congelarles las zonas medulares del alma.<\/p>\n<p>Evoc\u00f3, entonces, la imagen distante del Pap\u00e1 Noel extempor\u00e1neo que, armado de una sonora campanilla dorada, la hab\u00eda saludado una ya lejana noche, v\u00edspera de A\u00f1o Nuevo, mientras ella y la madre ida enfrentaban con un canastillo de bu\u00f1uelos calientes la tristeza de otro calendario que part\u00eda de sus vidas y, de paso, azuzaban a la alegr\u00eda para que viniera a apoderarse de sus cuerpos y de sus esp\u00edritus en tanto avanzaban a pie hacia el c\u00e1lido refugio de su anchurosa y antigua casa de paredes de adobe, techo de tejas, m\u00e1quina de moler empotrada en la cocina, solar oloroso a badeas y rec\u00f3nditos rincones donde parec\u00edan esconderse furtivamente sus m\u00e1s dulces reminiscencias infantiles, aquellas vivencias imborrables de hija \u00fanica que tan solo pod\u00eda disfrutar, d\u00eda tras d\u00eda, la compa\u00f1\u00eda silenciosa de su siempre sonriente mu\u00f1eca de trapo.<\/p>\n<p>Nunca m\u00e1s, en ning\u00fan otro diciembre, volver\u00eda a perturbarla Pap\u00e1 Noel alguno de todos cuantos se le atravesar\u00edan en el camino, a lo largo de los a\u00f1os, para desearle una feliz Navidad con fingidas carcajadas.<\/p>\n<p>Ahora, mucho tiempo despu\u00e9s, en otro diciembre como aquel, igual de azul e igual de triste, pero tambi\u00e9n signado por la misma extra\u00f1a y confusa sensaci\u00f3n de alegr\u00eda y de soledad entremezcladas en un revoltillo inexplicable, mientras ve\u00eda caer el granizo sobre la gran ciudad capitalina, ya no ten\u00eda a su lado aquel entorno inolvidable de su preadolescencia, sino \u00fanicamente la riqueza inconmensurable que le significaba el tesoro escondido de las buenas a\u00f1oranzas, las mismas remembranzas de otros tiempos que har\u00edan m\u00e1s llevadero el peso agobiador de la tristeza, el sinsentido de la vida por la madre ausente, por las campanas de su pueblo que ya no volver\u00edan a ta\u00f1er para sus o\u00eddos de ni\u00f1a, la procesi\u00f3n irrepetible del Domingo de Ramos en la que se extasi\u00f3 escudri\u00f1ando la dulzura impregnada en los ojos entristecidos y sin futuro del burrito que soportaba con estoicismo el peso del Jes\u00fas viviente de su entorno nativo y el de su vida real de penalidades ciertas y anhelos irrealizables, y sin saber en qu\u00e9 momento exactamente tom\u00f3 esa decisi\u00f3n, se vio, de manera inesperada, comprometida con su propio destino ineluctable, casada de traje blanco con otro hombre apuesto, de car\u00e1cter recio, pero trabajador y bueno, que ir\u00eda a llegar a su vida junto a la carrilera envejecida de un tren que se negaba a envejecer y, ya muchos a\u00f1os despu\u00e9s, tratando de atisbar, con el eclipse inevitable de su mirada que se iba para siempre, las copas reverdecidas de los \u00e1rboles de un parque ignoto frente al cual se ergu\u00eda un viejo hospital del Estado, donde habr\u00eda de producirse el encuentro definitivo con su porvenir inexorable.<\/p>\n<p>Esta vez, ah\u00ed, sentada frente a la ventana entristecida por la monoton\u00eda del interminable chubasco y la densa bruma que le ocultaba las torres de los rascacielos hasta hac\u00eda poco imposibles, la visi\u00f3n apocal\u00edptica de su final, cuando intentaba dar a luz a su \u00faltimo hijo agobiada por la desesperanza que le ten\u00eda invadida el alma, pens\u00f3 que se trataba de un hecho absolutamente improbable, y lo pens\u00f3 porque a los avanzados a\u00f1os a los que ten\u00eda proyectado morirse, a pesar de la melancol\u00eda que ya a su corta edad le aprisionaba sus esperanzas tras los helados barrotes del desencanto, tener un hijo era cosa de absurdidad manifiesta, y no vio, por ello, en aquella visi\u00f3n n\u00edtida de su futuro mediato, sino una mala jugada de la imaginaci\u00f3n, una pesada broma de sus pensamientos o, cuando mucho, la admonici\u00f3n de su Hacedor omnipresente para que, en vez de sumirse en las aguas fr\u00edas y profundas de la desilusi\u00f3n, optara m\u00e1s bien por regalarle a la vida la mejor de las sonrisas; s\u00ed: que lo hiciera ella, que cuando sonre\u00eda era como si de repente iluminara la niebla y convirtiera en fiesta la vida. Salvo, claro, cuando lo hac\u00eda con aquel otro gesto tan suyo, con aquel otro rel\u00e1mpago de resignaci\u00f3n ante la adversidad que le hac\u00eda esbozar su moment\u00e1neo y caracter\u00edstico adem\u00e1n inescudri\u00f1able, con esa carga indescifrable de a\u00f1oranzas que le afloraba hasta en la piel tersa, trigue\u00f1a y palidecida de su rostro hermoso en los instantes de derrumbamiento an\u00edmico; en fin, con la sonrisa enigm\u00e1tica que jam\u00e1s habr\u00eda de olvidar a lo largo de su existencia el m\u00e9dico que, muchos a\u00f1os m\u00e1s tarde, le recibir\u00eda los datos en el Departamento de Urgencias del viejo Hospital del Estado: aquella sonrisa triste con la cual habr\u00eda de responderle al joven galeno de blusa verde y estetoscopio negro colgado al cuello la pregunta con que le averiguar\u00eda su segundo apellido mientras garrapateaba la que ser\u00eda para ella su \u00faltima anamnesis.<\/p>\n<p>Entonces, decidi\u00f3 retirarse de la ventana y se sent\u00f3 frente a su peque\u00f1o escritorio de colegiala, estir\u00f3 la mano, tom\u00f3 el cuaderno c\u00f3mplice de sus cuitas, asi\u00f3 la pluma fuente y empez\u00f3 a escribir el poema con el cual quer\u00eda despedirse, sin que \u00e9l lo supiera nunca, de este otro galeno de ahora, de este m\u00e9dico joven y atractivo que reci\u00e9n hab\u00eda llegado a sus tempranas horas adolescentes y de una vez le hab\u00eda sembrado en sus mejillas el rubor de las primeras verg\u00fcenzas y en su pecho las palpitaciones perturbadoras de la primera atracci\u00f3n hacia el sexo opuesto, de suerte que al empezar a escribir dej\u00f3 de ser la misma Julieta \u00c1lvarez que hasta ese momento era, dej\u00f3 de ser la ni\u00f1a reci\u00e9n arribada a las arideces emocionales de la orfandad, dej\u00f3 de ser la colegiala de azul que sal\u00eda en las madrugadas al antejard\u00edn del condominio a esperar la puntual llegada de la buseta escolar para treparse en ella con su desilusi\u00f3n a cuestas y sus mapas de geograf\u00eda pintados en cartulinas enrolladas como cilindros y atadas por una liga de caucho color caf\u00e9; dej\u00f3 de ser la jovencita de la piel tostada remitida de su tierra de flores y primavera al est\u00edo eternamente esquivo de la capital llena de brumas, agitaci\u00f3n e indiferencia para que se aplicara al estudio por entero y tratara de dejar en \u00e9l por siempre hasta el \u00faltimo vestigio del luto demoledor que le hab\u00eda desencadenado en las profundidades insondables de su psique la imagen imborrable de la anchurosa cama materna y, sobre ella, protegido por su mejor piyama, el ex\u00e1nime cuerpo de la madre muerta.<\/p>\n<p>\u2013\u00a1Eh, avemar\u00eda! \u2013exclam\u00f3 sorprendida de veras por el s\u00fabito descubrimiento\u2013. \u00a1Ya soy una mujer!<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"aligncenter size-large wp-image-55634\" 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