{"id":37854,"date":"2021-04-23T19:39:42","date_gmt":"2021-04-24T00:39:42","guid":{"rendered":"https:\/\/lapiedrafilosofal.com\/?p=37854"},"modified":"2026-03-16T15:14:18","modified_gmt":"2026-03-16T20:14:18","slug":"tierra-de-cigarras-novela-2000-capitulo-xxiv-oscar-humberto-gomez-gomez","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/oscarhumbertogomez.com\/?p=37854","title":{"rendered":"Tierra de cigarras (Novela. 2000. Cap\u00edtulo XXIV).  \u00d3scar Humberto G\u00f3mez G\u00f3mez"},"content":{"rendered":"<p><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"aligncenter size-large wp-image-55634\" src=\"https:\/\/oscarhumbertogomez.com\/wp-content\/uploads\/2024\/11\/dreamstime_xxl_65812319.jpg-704x1024.jpeg\" alt=\"\" width=\"640\" height=\"931\" srcset=\"https:\/\/oscarhumbertogomez.com\/wp-content\/uploads\/2024\/11\/dreamstime_xxl_65812319.jpg-704x1024.jpeg 704w, https:\/\/oscarhumbertogomez.com\/wp-content\/uploads\/2024\/11\/dreamstime_xxl_65812319.jpg-206x300.jpeg 206w, https:\/\/oscarhumbertogomez.com\/wp-content\/uploads\/2024\/11\/dreamstime_xxl_65812319.jpg-768x1117.jpeg 768w, https:\/\/oscarhumbertogomez.com\/wp-content\/uploads\/2024\/11\/dreamstime_xxl_65812319.jpg-1056x1536.jpeg 1056w, https:\/\/oscarhumbertogomez.com\/wp-content\/uploads\/2024\/11\/dreamstime_xxl_65812319.jpg-1408x2048.jpeg 1408w, https:\/\/oscarhumbertogomez.com\/wp-content\/uploads\/2024\/11\/dreamstime_xxl_65812319.jpg-scaled.jpeg 1760w\" sizes=\"auto, (max-width: 640px) 100vw, 640px\" \/><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>La noticia de que su padre, el apreciado alquimista del pueblo, hab\u00eda decidido partir, llev\u00e1ndose consigo el abultado equipaje de sus frascos y de sus esperanzadoras combinaciones qu\u00edmicas indescifrables, en un largo periplo hacia los mundos insondables de lo eterno \u2014viaje de sortilegio a cuyo retorno, seg\u00fan le hab\u00edan escuchado balbucear durante los \u00faltimos delirios de la fiebre, aspiraba traer a su tierra, convertido por fin en realidad, aquel sue\u00f1o siempre esquivo que lo hab\u00eda acompa\u00f1ado desde ni\u00f1o, el de descubrir la panacea universal, la piedra filosofal y el secreto de la inmortalidad\u2014, se la trajeron con las primeras manifestaciones del oto\u00f1o, cuando ella no sab\u00eda todav\u00eda de su \u00faltimo embarazo.<\/p>\n<p>Fue tanta su depresi\u00f3n sin fondo, que una tarde cualquiera de s\u00e1bado, en el sopor paralizante de las cuatro, escribi\u00f3 una breve ep\u00edstola, al vaiv\u00e9n de su silla mecedora, dirigida nunca se supo a qui\u00e9n, en la cual, neg\u00e1ndose a comprender, ni mucho menos a aceptar, las intrincadas explicaciones de la alquimia y de la filosof\u00eda sobre la verdadera naturaleza de la muerte, daba a conocer su irreductible voluntad de reunirse pronto con sus progenitores ausentes.<\/p>\n<p>Al cabo de unos pocos d\u00edas ya daba muestras inequ\u00edvocas de no sentir la misma emoci\u00f3n que pon\u00eda de manifiesto cuando escuchaba en la radio los poemas sublimados de \u201cEl Rapsoda de las Calles\u201d, quien hab\u00eda alcanzado en su trasegar vagabundo el estatus decoroso de director honor\u00edfico de un brev\u00edsimo programa cultural que, a pesar de su duraci\u00f3n diminuta, le permit\u00eda extender el poder de su palabra enamoradiza con la c\u00f3mplice magia de la onda corta, la onda larga y la frecuencia modulada, y gracias a ello el auditorio con que contaba para su preciosa declamatoria l\u00edrica ya no se limitaba, como antes, a los espont\u00e1neos corrillos formados al desgaire en las esquinas del centro urbano, sino que ahora el barbudo poeta del cabello blanqueado les ofrec\u00eda el embrujo de sus recitales de fantas\u00eda a ignotos o\u00eddos de gentes desconocidas y remotas al poderlos esparcir a mil leguas de distancia gracias al embrujo cautivador de las ondas hertzianas.<\/p>\n<p>M\u00e1s bien escuchaba los tangos de moda, aquellas canciones argentinas cargadas de sentimientos melanc\u00f3licos y dramas humanos de los arrabales bonaerenses, la varita encantada con que, por ejemplo, Libertad Lamarque golpeaba con su voz acariciadora la roca inamovible de los corazones endurecidos por la cotidianidad y la indiferencia, aunque de esta cantante, en particular, le agradaba en especial uno titulado \u201cAg\u00fcelita: \u00bfqu\u00e9 horas son?\u201d, tango tan tierno como dram\u00e1tico que, por infortunio, desencadenaba en ella el no deseado corolario de incrementar dentro de su esp\u00edritu atribulado las ya de por s\u00ed torrenciales dosis de entristecimiento y desencanto.<\/p>\n<p>No le interes\u00f3, en raz\u00f3n al derrumbe inocultable de su estado an\u00edmico, la ca\u00edda de las primeras hojas amarillas del \u00e1rbol sempiterno del solar casero; tampoco, la insistente aproximaci\u00f3n de la peque\u00f1a perra casera, que se ven\u00eda hacia su lado mientras agitaba sin cesar su rabo de juguete, o trataba de saludarla, o intentaba llamar su atenci\u00f3n atraves\u00e1ndole a su paso la esquel\u00e9tica silueta de can procedente de cualquier parte; ni mostr\u00f3 inter\u00e9s alguno en buscar de nuevo la complicidad del cancionero, el librillo popular que en aquella \u00e9poca rom\u00e1ntica sol\u00eda llenar la soledad de las muchachas, quienes se extasiaban repasando con apoyo en \u00e9l las letras de viejas y de recientes canciones rom\u00e1nticas, pues todav\u00eda, en aquel entonces, la m\u00fasica se compon\u00eda con ternura, poes\u00eda y magia; ni lo tuvo en entretenerse con los anuncios que advert\u00edan a los cuatro vientos, desde las pantallas de televisi\u00f3n del barrio entero, encendidas al tiempo, la proximidad de \u201cLassie\u201d o la inminencia de \u201cHechizada\u201d; ni la motivaron en momento alguno los ecos lejanos provenientes del \u201cEverest\u201d, que invitaban a bailar en aquel famoso grill oriental con la orquesta del siguiente viernes; ni vio atractivo de ninguna clase en la propuesta reiterada de los domingos para tomarse fotograf\u00edas de colores frente a la cascada torrencial de aguas espumosas del nuevo acueducto municipal, el gran acueducto de tuber\u00edas que, al cabo, termin\u00f3 por convencer a los habitantes desconfiados, con la fuerza persuasiva de los contadores instalados en los andenes sin permiso de los propietarios de las casas por los Talleres El C\u00f3ndor, de que hab\u00eda llegado, por fin, la hora hist\u00f3rica en que el agua de la ciudad no tendr\u00eda que volver a ser arrancada del profundo coraz\u00f3n de los aljibes ni transportada a lomo de burro desde los generosos surtidores abiertos por la naturaleza sobre las bre\u00f1as abor\u00edgenes de Los Escalones o Las Chorreras de Don Juan. Tom\u00f3, m\u00e1s bien, la decisi\u00f3n irreductible de no abandonar nunca m\u00e1s la silla mecedora y, en medio del estricto cumplimiento de aquella determinaci\u00f3n irreversible, ni siquiera la conmovi\u00f3 el bochinche que una ma\u00f1ana cualquiera sacudi\u00f3, como un sismo auditivo, la monoton\u00eda de los aires en su barrio para hacerles saber a todas y a todos, se\u00f1oras y se\u00f1ores, damas y caballeros, grandes y chicos, que acababa de llegar, nada m\u00e1s ni nada menos, que la fanfarria multicolor del m\u00e1s grande espect\u00e1culo del mundo: \u00a1el circo!<\/p>\n<p>Llegaba el circo, s\u00ed, y llegaba, seg\u00fan la ronca y estridente vocingler\u00eda que trataba de brotar por los altoparlantes gangosos instalados en el techo de una camioneta Fargo atestada de payasos de alquiler que saludaban con la mano a los ensordecidos transe\u00fantes de la calle de las palmeras, con un sensacional elenco de micos, en plural, de leones, en plural, de magos, en plural, de trapecistas, en plural, y de despampanantes rubias que har\u00edan las delicias del p\u00fablico volando como las mariposas a gran altura, y reforzaban los pintarrajeados c\u00f3micos la ruidosa invitaci\u00f3n arrojando a los cuatro vientos unas octavillas impresas sobre papel de peri\u00f3dico, octavillas que iban siendo recogidas con avidez por los ni\u00f1os de la escuela, soltados una hora antes de la hora acostumbrada para darles la oportunidad, \u00fanica y feliz, de salir a recibir la caravana.<\/p>\n<p>Nadie cuestion\u00f3, sin embargo, el punto elemental y evidente de que tan solo una camioneta formara parte de la caravana que con tanto estr\u00e9pito se anunciaba y no falt\u00f3 qui\u00e9n lo atribuyera al hecho manifiesto de que aquella sola camioneta venida de los infiernos ten\u00eda lo suficientemente trastornada la tranquilidad del lugar como para que los aturdidos vecinos del barrio se pusieran en la pendejada absurda de desear m\u00e1s veh\u00edculos acompa\u00f1antes o, peor todav\u00eda, m\u00e1s altoparlantes con la virtualidad suficiente de romperles los t\u00edmpanos, acostumbrados por entonces a la diaria e indeclinable compa\u00f1\u00eda del silencio.<\/p>\n<p>Mientras el vecindario todo, desde las puertas de sus casas o desde las verjas de sus antejardines, cuando no desde las esquinas y los andenes, deten\u00eda la vida en seco para dedicarse a ver pasar a los anunciadores de la trascendental novedad circense que arribaba, Julieta \u00c1lvarez no le abri\u00f3, en cambio, la m\u00e1s m\u00ednima v\u00e1lvula de escape a su monoton\u00eda. Continu\u00f3 impert\u00e9rrita, meciendo su tristeza en las patas arqueadas de la mecedora que iba y ven\u00eda sin futuro, indiferente al discurrir ineluctable de las horas que, en su sentir, se marchaban para siempre.<\/p>\n<p>Hasta que una ma\u00f1ana de domingo recapacit\u00f3 sobre su tedio inmensurable, se cuestion\u00f3 acerca de su verdadera etiolog\u00eda, se culp\u00f3 a s\u00ed misma de su neurastenia y revoc\u00f3 con decisi\u00f3n la decisi\u00f3n original de permanecer sentada hasta la hora exacta de sus funerales.<\/p>\n<p>\u2013 \u00a1Eh, avemar\u00eda! \u2014exclam\u00f3 para s\u00ed misma y tratando de sonre\u00edr sin amargura\u2013. Antes de que venga la muerte por m\u00ed, alcanzo a jugar unas cuantas partidas de tresillo, de ropilla o de toruro.<\/p>\n<p>La recordar\u00edan m\u00e1s tarde, sentada con sus amigas alrededor de la enorme mesa del comedor principal, barajando las cartas con gracia, conversando animadamente sobre los hechos m\u00e1s recientes y tarareando sin pretensiones de ser escuchada desde las tonadas sin memoria del Dueto de Anta\u00f1o hasta los \u00faltimos y modernos logros musicales de Leo Dan o C\u00e9sar Costa.<\/p>\n<p>A los pocos d\u00edas de aquel nuevo reencuentro con la vida decidi\u00f3 volver a la calle y hasta cay\u00f3 en la cuenta de que a su faz jovial y hasta ese momento adusta, como por obra y gracia de alg\u00fan encantamiento, hab\u00eda retornado la sonrisa.<\/p>\n<p>Para cuando recuper\u00f3 su buen humor, sin embargo, el circo ya no estaba. Se hab\u00eda marchado d\u00edas antes, sumido en el silencio taciturno del fracaso, recogiendo con dificultad las \u00faltimas hilachas de su alegr\u00eda de mentiras, sin dec\u00edrselo esta vez a nadie, varios d\u00edas despu\u00e9s de la \u00faltima advertencia de que, ahora s\u00ed en serio, se largar\u00eda a la ma\u00f1ana siguiente si esa noche la gente continuaba resisti\u00e9ndose a llenar, al menos hasta la mitad, las cotidianamente desnutridas grader\u00edas. Ante la evidencia incontestable de aquella nueva frustraci\u00f3n, luego de desarmar a las carreras las tablas tambi\u00e9n a las carreras instaladas y en las que supuestamente pensaban sus due\u00f1os que se sentar\u00eda el multitudinario p\u00fablico asistente, aquel infortunado representante del espect\u00e1culo m\u00e1s grandioso de la tierra lio en silencio sus b\u00e1rtulos de l\u00e1stima y parti\u00f3, herido de muerte, con rumbo hacia la desesperanza. No hab\u00eda valido la ruidosa parafernalia de su triunfal ingreso, ni la copiosa distribuci\u00f3n de folletines impresos a las volandas con tintura de remolacha y ni siquiera el llamado suplicante del cura p\u00e1rroco a su feligres\u00eda, en plena misa dominical de seis, cuando interrumpi\u00f3 desde el micr\u00f3fono del altar mayor a los cinco monaguillos que se aprestaban a iniciar el recorrido por las naves del templo con los platillos de recoger las limosnas y se lanz\u00f3 a predicarles a los asistentes acerca de la virtud de la caridad cristiana, valor edificante y plausible que todos, eso dijo, podr\u00edan demostrar durante la semana siguiente si, en vez de darle limosnas a la iglesia, de todos modos bien necesitada de ellas a consecuencia del decaimiento que mostraban sus ingresos por la inoportuna derogatoria de la obligaci\u00f3n can\u00f3nica de pagar diezmos y primicias, acud\u00edan en masa, acud\u00edan como un solo hombre, al circo que se hallaba instalado desde hac\u00eda varias semanas en el barrio, un circo que, dada su extrema pobreza, reclamaba a gritos la ayuda de la comunidad entera. &#8220;Hoy, hermanos, no me den nada \u2013hab\u00eda encarecido esa vez el predicador de amito, alba, casulla, c\u00edngulo, estola y sobrepelliz, ante la mirada incr\u00e9dula de los presentes y el desencanto inocultable de los ni\u00f1os, quienes ya estaban listos para arrojar dentro del plato limosnero las monedas que segundos antes les acababan de pedir a sus progenitores\u2014. Vamos a demostrar, m\u00e1s bien, nuestra caridad cristiana. Como ustedes se habr\u00e1n dado cuenta, hace ya varios d\u00edas se instal\u00f3 en el barrio un circo. No necesitar\u00eda dec\u00edrselo, porque todos saben eso, pero aun as\u00ed se lo recuerdo: es un circo pobre, muy pobre; se llama \u201cEl Zoocircus\u201d; pues bien; vamos a ayudar a esa gente. \u00a1Vamos a ir todos, todos, todos a \u201cEl Zoocircus\u201d!<\/p>\n<p>Los primeros asombrados aquel domingo hab\u00edan sido, por supuesto, los cinco monaguillos, abruptamente interrumpidos por su jefe cuando ya se dispon\u00edan a la recolecci\u00f3n de las ayudas. Y no estribaba su incomprensi\u00f3n de lo decidido por el cl\u00e9rigo, con tanta contundencia y de manera tan intempestiva, en que lo consideraran avaro, insolidario o codicioso y les sorprendiera, por ello, aquel gesto de desprendimiento.<br \/>\nTodo lo contrario. Sab\u00edan de sobra que era un hombre bueno y di\u00e1fano, adem\u00e1s  de una persona sin laberintos ni subterfugios, que en m\u00e1s de una oportunidad hab\u00eda demostrado sin largas pr\u00e9dicas su inveterada e idiosincr\u00e1sica costumbre de llamar pan al pan y vino al vino. Un domingo, durante la misa de seis, por ejemplo, con el templo abarrotado hasta los l\u00edmites del campanario y cuando se hallaba predicando acerca del valor de la responsabilidad, hab\u00eda rememorado c\u00f3mo desde varios meses atr\u00e1s hab\u00eda mandado construir un n\u00famero considerable de bancas de madera para que en ellas pudiera sentarse la creciente feligres\u00eda, a buena parte de la cual le tocaba escuchar toda la misa de pie, por cuenta de la insuficiencia de asientos. &#8220;Pues bien \u2013hab\u00eda puntualizado esa vez el presb\u00edtero\u2013; esas bancas de madera les fueron encargadas a los carpinteros del barrio, a los se\u00f1ores Lizcano, aqu\u00ed presentes, quienes no las han entregado todav\u00eda, a pesar de hallarse m\u00e1s que vencido el largo plazo pactado para ello&#8221;. Y hab\u00eda rematado la sorpresiva catilinaria con el p\u00fablico se\u00f1alamiento de los incumplidos ebanistas: &#8220;Miren: all\u00e1 en esa banca del fondo se encuentran oyendo misa, bien sentados, los causantes de que gran parte de ustedes deban o\u00edrla de pie&#8221;.<\/p>\n<p>La asamblea en pleno volvi\u00f3 esa noche la mirada hacia ellos, hacia los avergonzados carpinteros del barrio, en medio del murmullo desatado por las risas y los comentarios de toda \u00edndole, mientras los destinatarios de la diatriba, tratando de ensayar una sonrisa, interpretada por unos como nerviosa y por otros como c\u00ednica, sent\u00edan el deseo vehemente, seg\u00fan contar\u00edan despu\u00e9s a sus amigos m\u00e1s cercanos, de que la tierra se abriera bajo sus pies y se los tragara vivos, con todo y las bancas prometidas, el dinero anticipado del cura y las promesas incumplidas a \u00e9l y a sus estoicos vecinos desde los principios mismos de la historia.<\/p>\n<p>Suced\u00eda, m\u00e1s bien, que el sacerdote se hallaba consagrado por entero a sufragar las deudas dejadas por la reciente construcci\u00f3n del club social y era inexplicable que rehusara, por el motivo que fuera, la oportunidad de recibir auxilios econ\u00f3micos. Y es que los monaguillos sab\u00edan que, al contrario, su p\u00e1rroco echaba mano de todos los recursos imaginables para obtener fondos. Durante las celebraciones de la Semana Santa, por ejemplo, instruy\u00f3 a los cinco monaguillos sobre la t\u00e1ctica de revender los cirios. La idea fue tan simple como exitosa su ejecuci\u00f3n. El cura dispuso que ser\u00eda actividad piadosa suficiente para ganar las indulgencias, que se encendiera un cirio, se rezara un paternoster y, de inmediato, se abandonara el templo, a fin de permitir el acceso de los innumerables visitantes del Alt\u00edsimo. Las escasas velas, acomodadas dentro de una caja de cart\u00f3n, ser\u00edan vendidas en el portal del templo por Ubaldo y Jos\u00e9 Hilario, dos de los cinco ac\u00f3litos; los adquiridores las encender\u00edan en el altar, rezar\u00edan la oraci\u00f3n ordenada y se retirar\u00edan de la iglesia; para cuando ello ocurriera, no habr\u00edan transcurrido sino apenas unos cuantos segundos, tiempo en el cual era probadamente insignificante el consumo del pabilo; en ese momento har\u00edan su ingreso al templo los restantes monaguillos, Mario, Ciro Antonio y el otro, quienes observar\u00edan todo desde la sacrist\u00eda; entonces cumplir\u00edan la bienintencionada  misi\u00f3n: uno apagar\u00eda los cirios reci\u00e9n encendidos, mientras los dem\u00e1s lo cubrir\u00edan de la eventual mirada de los feligreses que se aproximaran y, a continuaci\u00f3n, los velones regresar\u00edan a la caja para que Ubaldo y Jos\u00e9 Hilario volvieran a venderlos. As\u00ed, un mismo cirio era vendido, y vuelto a vender, y vuelto a vender otra vez, y otra, y otra m\u00e1s, en forma indefinida. Cuando por causa de una no esperada propagaci\u00f3n de la flama o la demora imprevista de alguna beata reticente el pabilo se quemaba en demas\u00eda y hasta alcanzaba a producirse derramamiento de esperma, una cortante navaja de bolsillo, con cacha de color indescifrable a consecuencia del devenir draconiano de los siglos, guiada con destreza por la mano h\u00e1bil y firme del cura p\u00e1rroco, solucionaba la cuesti\u00f3n sin problema alguno, pues no era sino rebanar unos mil\u00edmetros el extremo superior de la vela y el cirio quedaba como nuevo. Al final, los velones hab\u00edan sido vendidos en su totalidad, y no una sino varias veces, pero, sin embargo, la caja permanec\u00eda intacta, con todos los cirios dentro de ella.<\/p>\n<p>El club, abierto meses atr\u00e1s a todos los j\u00f3venes del barrio para afianzar los puentes de acercamiento a su iglesia y, en palabras del cura p\u00e1rroco, con el prop\u00f3sito, m\u00e1s humano pero no menos loable, de alejarlos del inter\u00e9s, propio de la edad dif\u00edcil que cruzaban, de buscar diversi\u00f3n en las ofertas no tan santas de otros sitios clandestinos cuya vida, obra y milagros se daban a conocer con min\u00fasculas tarjetas de circulaci\u00f3n oculta, quedaba ubicado en el costado sureste del templo, y fue all\u00ed donde Ubaldo y el otro monaguillo conocieron a la chica de los ojos verdes y el cabello casta\u00f1o, liso e interminable que ir\u00eda, durante los meses subsiguientes, a convertirse en la \u00fanica causal de sus desavenencias.<\/p>\n<p>Eran conscientes los cinco monaguillos de la rectitud sin tacha de su jefe, pero entend\u00edan con facilidad su imperiosa necesidad de conseguir dinero, pues ya hab\u00edan podido percibir, en la propia casa parroquial, mientras iban a llevar las bolsas de obleas sin arequipe recortadas a m\u00e1quina en forma de hostia y a retirar su pago ocasional y simb\u00f3lico, que el cura les envolv\u00eda en pesados paquetes repletos de monedas de a cinco centavos, la presencia siempre bien recibida aunque no tan igualmente deseada de los cobradores, quienes se presentaban con las facturas del cemento, de los ladrillos o de los barnices, y a quienes tocaba muchas veces pasar por la verg\u00fcenza no s\u00f3lo de decirles que todav\u00eda no hab\u00eda dinero suficiente para pagarles la cuota, sino, de remate, suplicarles, as\u00ed fuera en suma deprimida, una oportuna colaboraci\u00f3n para la iglesia. De ah\u00ed el tama\u00f1o monumental de su incredulidad ante la negativa del presb\u00edtero a recibir los aportes de aquel domingo, todo porque, seg\u00fan \u00e9l, primaba sobre cualquier otra deuda pendiente, la obligaci\u00f3n moral de la parroquia con aquel circo cuya estrechez le afloraba por todos los remiendos de la carpa.<\/p>\n<p>Pero m\u00e1s grande fue su sorpresa ante la renuencia que, en todo caso, puso de manifiesto el barrio para asistir en muchedumbre, acatando la pr\u00e9dica del desconcertante sacerdote, al transitorio espect\u00e1culo visitante, cuya precariedad, ciertamente, quedaba al descubierto con tan s\u00f3lo ojear de lejos el deste\u00f1ido color de sus banderas maltrechas, que parec\u00edan hechas jirones desde los tiempos anteriores al diluvio.<\/p>\n<p>No alcanz\u00f3 a morir la semana, cuando, para colmo de desdichas, se les fug\u00f3 el mico.<\/p>\n<p>S\u00ed, el mico, as\u00ed en singular, porque, contrario a lo anunciado por los altoparlantes roncos y estrepitosos de la camioneta Fargo, en \u201cEl Zoocircus\u201d nunca actuaron micos, sino tan solo un mico de mirada laga\u00f1osa y melanc\u00f3lica, como tampoco result\u00f3 ajustada a la verdad la aseveraci\u00f3n repetida a voz en cuello y reafirmada en los volantes impresos con tintura de remolacha seg\u00fan la cual el circo dizque presentaba leones, magos, trapecistas, rubias exuberantes, y un largo etc\u00e9tera, porque desde la salida decepcionada de los primeros espectadores empez\u00f3 a rodar la bola de que no actuaban m\u00e1s que una pareja de payasos carentes de salero, un mago al que los ni\u00f1os de inmediato le descubrieron los trucos y termin\u00f3, a la postre, convertido en otro payaso m\u00e1s pues todos se re\u00edan de su torpeza, un elefante decr\u00e9pito y rugoso cuyo n\u00famero, en la presentaci\u00f3n inaugural de vespertina, hab\u00eda consistido en salir al escenario, levantar las patas delanteras e ipso facto defecarse sobre la arena frente a la mirada cargada de fastidio y reprobaci\u00f3n de los concurrentes, que consideraron un insulto a su presencia aquella inesperada faena escatol\u00f3gica, y un domador de nada que cog\u00eda a vergajazos a un tigre de embuste formado de mala manera por los mismos payasos disfrazados de animal salvaje, infortunado artista aquel de quien alg\u00fan observador furtivo y agudo de las interioridades que se viv\u00edan tras bambalinas asegur\u00f3 que a la primera que deb\u00eda domar, m\u00e1s bien, era a la fiera de su mujer, una vieja gorda, fea y bigotona, con mirada de basilisco, a la que le atribuyeron, de inmediato y entre risotadas de solidario desquite con su infeliz marido, el imaginario papel de \u201cLa Mujer Barbuda\u201d.<\/p>\n<p>Tan pronto como se supo que el mico se hab\u00eda fugado del circo y tomado carrera hacia la parte occidental del barrio, se organizaron brigadas de solidaridad con aquel elenco desdichado y el pueblo se levant\u00f3 en entusiasmo desbordante para apoyar las tareas de b\u00fasqueda, con el fervor que, en cambio, le hab\u00eda faltado para abarrotar la carpa desvencijada hasta el techo, aquel techo agujereado que permit\u00eda ver desde las grader\u00edas y agitadas por las brisas viajeras de las monta\u00f1as de oriente las banderitas de colores en desgracia.<\/p>\n<p>El mono fue atisbado cincuenta metros abajo de una tienda infeliz cuya existencia ya casi nadie recordaba porque la gente se cans\u00f3 de preguntarle a la vieja tendera imperturbable que si vend\u00eda queso, que si pan, que si cacao, que si leche, que si cualquier cosa, y de recibir siempre la misma respuesta desalentadora: \u201cNo hay\u201d, adem\u00e1s de que corri\u00f3 la sospecha colectiva de que el gato decr\u00e9pito y enorme que pernoctaba encima del mostrador de vidrio, opaco por el paso de los siglos, manoseaba, a ciencia y paciencia de su ama, los escasos comestibles que se exhib\u00edan en aquella tenducha de l\u00e1stima en la que, de remate, las vitrinas no ten\u00edan vidrios, sino anjeos.<\/p>\n<p>Por all\u00ed, frente a aquel negocito sombr\u00edo, pas\u00f3 raudo el mico, cansado de ser artista para las tablas vac\u00edas y, al darse cuenta de que hab\u00eda sido avistado por sus perseguidores, trat\u00f3 de acelerar la marcha, baj\u00f3 por la calle m\u00e1s pr\u00f3xima, dobl\u00f3 la esquina siguiente rumbo al norte, avanz\u00f3 frente a una zapater\u00eda de escasos clientes, sigui\u00f3 hacia un almac\u00e9n de cer\u00e1micas de menos clientes todav\u00eda y atraves\u00f3 el frontispicio de una florer\u00eda sin clientes, no sin antes pararse all\u00ed un instante, atra\u00eddo por el color y la fragancia de las begonias frescas, para ir finalmente a detenerse, dando brincos en el puesto, ante la puerta de la casa de Julieta \u00c1lvarez, que se encontraba abierta.<\/p>\n<p>En ese momento, y cuando ya se escuchaba el tumulto de los perseguidores que se acercaban y de los perros lambones que, sin saber siquiera lo que estaba acaeciendo, se unieron con sus ladridos altisonantes al estr\u00e9pito de los tropeles sudorosos que trataban de cazar al animal, vio a la sorprendida ni\u00f1a rubia de Julieta que lo miraba desde el centro del patio de su casa, bordeado de materos y u\u00f1as de danta. Entonces se dirigi\u00f3 r\u00e1pido hacia ella en busca de su protecci\u00f3n inmediata, expulsando con sus chillidos agudos la carga abrumadora de adrenalina que lo embargaba y, de una vez, sin pre\u00e1mbulos ni alistamientos, se arroj\u00f3 de un salto a sus brazos y se agarr\u00f3 de su cuello, irradiando, al exhibir los dientes, la imagen de una sonrisa de triunfo. Los perseguidores, humanos y perrunos, dispersados desde cuadras atr\u00e1s en peque\u00f1os y ca\u00f3ticos pelotones, empezaron a llegar, entonces, jadeantes y sudorosos, hasta la casa de Julieta \u00c1lvarez y, viendo al chimpanc\u00e9 en los brazos de la chicuela, se fueron  aglomerando ante la puerta abierta en medio de un ensordecedor estr\u00e9pito, pero ninguno se atrevi\u00f3 a invadir la morada ajena, sino que se quedaron todos expectantes mirando a la chama y llamando, con los ojos endurecidos, al cuadr\u00famano risue\u00f1o trepado en sus brazos, hasta que \u00e9ste, por su propia iniciativa, como si se hubiese convencido de que su tentativa de fuga hab\u00eda terminado, descendi\u00f3 sin oponer resistencia de su precario refugio y se entreg\u00f3 a disposici\u00f3n de sus perseguidores.<\/p>\n<p>Esa misma noche, los empresarios de &#8220;El Zoocircus&#8221; dieron por finalizada su aventura y levantaron la carpa para siempre.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><img 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