{"id":38181,"date":"2021-04-27T15:01:49","date_gmt":"2021-04-27T20:01:49","guid":{"rendered":"https:\/\/lapiedrafilosofal.com\/?p=38181"},"modified":"2026-03-16T15:21:51","modified_gmt":"2026-03-16T20:21:51","slug":"tierra-de-cigarras-novela-2000-capitulo-xxxiv-oscar-humberto-gomez-gomez","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/oscarhumbertogomez.com\/?p=38181","title":{"rendered":"Tierra de cigarras (Novela. 2000. Cap\u00edtulo XXXIV).  \u00d3scar Humberto G\u00f3mez G\u00f3mez"},"content":{"rendered":"<p><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"aligncenter size-large wp-image-55634\" src=\"https:\/\/oscarhumbertogomez.com\/wp-content\/uploads\/2024\/11\/dreamstime_xxl_65812319.jpg-704x1024.jpeg\" alt=\"\" width=\"640\" height=\"931\" srcset=\"https:\/\/oscarhumbertogomez.com\/wp-content\/uploads\/2024\/11\/dreamstime_xxl_65812319.jpg-704x1024.jpeg 704w, https:\/\/oscarhumbertogomez.com\/wp-content\/uploads\/2024\/11\/dreamstime_xxl_65812319.jpg-206x300.jpeg 206w, https:\/\/oscarhumbertogomez.com\/wp-content\/uploads\/2024\/11\/dreamstime_xxl_65812319.jpg-768x1117.jpeg 768w, https:\/\/oscarhumbertogomez.com\/wp-content\/uploads\/2024\/11\/dreamstime_xxl_65812319.jpg-1056x1536.jpeg 1056w, https:\/\/oscarhumbertogomez.com\/wp-content\/uploads\/2024\/11\/dreamstime_xxl_65812319.jpg-1408x2048.jpeg 1408w, https:\/\/oscarhumbertogomez.com\/wp-content\/uploads\/2024\/11\/dreamstime_xxl_65812319.jpg-scaled.jpeg 1760w\" sizes=\"auto, (max-width: 640px) 100vw, 640px\" \/><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Inmersa por lapsos largos en la esterilidad de la rutina diaria, la ciudad era, no obstante, sacudida en ocasiones por los huracanes de la novedad con hechos anecd\u00f3ticos que por momentos la sacaban en forma abrupta de su prolongado adormecimiento.<br \/>\nEpisodios como el del hombre que se volvi\u00f3 invisible por tomarse una cerveza contaminada o el del m\u00e9dico reci\u00e9n graduado que curaba a sus pacientes con un banjo y demostr\u00f3, de una vez por todas, el infinito poder terap\u00e9utico y profil\u00e1ctico de la m\u00fasica folcl\u00f3rica, o, en fin, el ins\u00f3lito y divulgado caso del ni\u00f1o que se volvi\u00f3 perro por morder a sus compa\u00f1eros de clase, lograron el milagro de despertar por momentos a aquella gente aletargada por el cloroformo del tedio.<\/p>\n<p>Mas no fueron esos los \u00fanicos sacudones a la inercia de la conciencia colectiva.<br \/>\nTambi\u00e9n lograron ese mismo prodigio, y con creces, el incendio de la Jaboner\u00eda Roca, el fracasado intento del alcalde en ordenar el tr\u00e1fico y frenar la creciente contaminaci\u00f3n del aire poniendo a circular los carros nuevos por unas calles y los viejos por otras \u2014proyecto duramente criticado porque propiciaba una inadmisible discriminaci\u00f3n social\u2014, la inundaci\u00f3n de la ciudad a consecuencia de un aguacero que dur\u00f3 cuarenta d\u00edas y cuarenta noches y oblig\u00f3 al cabildo a aprobar en sesi\u00f3n extraordinaria la importaci\u00f3n de lanchas, y, por supuesto, el caso de \u00cdcaro.<\/p>\n<p>Personajes iban y ven\u00edan, pero todos quedaban grabados para siempre en la memoria general: el hombre que vend\u00eda el el\u00edxir de la eterna juventud envasado en botellas de miel de abejas; el afilador de tijeras y cuchillos que andaba y desandaba la ciudad por las ma\u00f1anas con un viejo esmeril de manivela; el del algod\u00f3n rosado de az\u00facar, que les tapaba a los ni\u00f1os la cara con su fantas\u00eda de viento y los convert\u00eda en extraterrestres de cabeza gigantesca; el vendedor callejero de gafas contra la miop\u00eda, la hipermetrop\u00eda, el astigmatismo y la presbicia, que conquistaba, con sus desusadas antig\u00fcedades, la atenci\u00f3n de los ancianos  renuentes a operarse los ojos, quienes prefer\u00edan, ante el cierre definitivo de las \u00f3pticas, medirse, una por una, aquellas antiparras  arqueol\u00f3gicas hasta conseguir un par que les sirviera, y eran las m\u00e1s caras unas tan especiales que, al pon\u00e9rselas, le evitaban a quien careciera de conos saludables en los ojos la condena a seguir viendo para siempre, como las gallinas, la vida en blanco y negro; la pomada milagrosa que restauraba esculturas, brillaba como nuevas las micas de los relojes de pulsera o resta\u00f1aba heridas y laceraciones de la piel si tan solo era frotada sobre la zona del milagro con una lanilla, panola, bayetilla o dulceabrigo; el remedio contra la picadura de ara\u00f1a, el roce de lagartija, la mirada de envidioso, la cagada de mosca, el amor indeciso, la loter\u00eda esquiva, la pobreza reticente, el mal de ojo, la pecueca vergonzante, el aliento de drag\u00f3n, los malos esp\u00edritus, las maldiciones gitanas, las patadas de caballo y hasta la impotencia sexual a toda prueba, incluidas las caricias, seg\u00fan las malas lenguas tormentosas, atribuidas a quien fue considerada por largos a\u00f1os, en las manceb\u00edas de la ciudad, como la reencarnaci\u00f3n sin atributos histri\u00f3nicos de una tal Brigitte Bardot.<\/p>\n<p>Iban quedando para el recuerdo postrero las vivencias cotidianas de aquel lugar ignorado de la Tierra: la polic\u00eda que correteaba a los muchachos a lo largo de un parque desierto s\u00f3lo porque los sorprend\u00eda perturbando el orden p\u00fablico interno de la naci\u00f3n a balonazos; el sabio profesor de secundaria que sembraba el trigo y lo hac\u00eda germinar en una hora, pero todav\u00eda, pese a sus profundas investigaciones, no descubr\u00eda por qu\u00e9 raz\u00f3n las espigas brotaban venenosas; el desesperado jefe de familia que se vio en la necesidad de empe\u00f1ar en una prender\u00eda el derecho a la sonrisa y no tuvo jam\u00e1s dinero para rescatarla; el escritor que enloqueci\u00f3 de hambre, luego de publicar una novela titulada \u201cBajo el sol de los tr\u00f3picos\u201d, pero la gente lo recordaba por su emotivo relato acerca del parroquiano que vendi\u00f3 la sombra; el perro con cuerpo de viaducto, poseedor de un inveros\u00edmil tronco que med\u00eda siete metros con ochenta cent\u00edmetros y al atravesar la calle obligaba a la paralizaci\u00f3n del tr\u00e1fico, hasta que los choferes citadinos, desesperados con tantos atascos, decidieron eliminar ese problema, se confabularon contra \u00e9l, lo condenaron al destierro y, finalmente, lo sacaron de la ciudad y lo obligaron as\u00ed a continuar llevando por el resto de sus d\u00edas una vida perra; el esp\u00edritu errabundo del Caballero Andante, que, para asombro del orbe, segu\u00eda vigente a pesar de la inclemencia de los siglos; las ediciones postreras del amarilloso Almanaque Mundo, competidor local del rojizo Almanaque Bristol; el sabor inimitable de los turrones que Cosmopolita, un sans\u00f3n calvo y envejecido, distribu\u00eda personalmente en el estadio de balompi\u00e9, y en cuya etiqueta se le\u00edan los ingredientes de su f\u00f3rmula, entre los que sobresal\u00eda uno que nadie pudo conseguir jam\u00e1s en parte alguna y termin\u00f3 por volver imposible la imitaci\u00f3n: \u201cel toque personal de Cosmopolita\u201d; la jeringonza musicalizada de Mimimota, quien hasta el fin de los d\u00edas nunca pudo quejarse de falta de auditorio; y la historia inveros\u00edmil, pero cierta, comprobadamente cierta, de los cinco hermanos que  nacieron con la particularidad de padecer la privaci\u00f3n de un sentido diferente cada uno: al mayor le faltaba la vista, sufr\u00eda de ceguera y era, por tanto, ciego; al siguiente, le faltaba el o\u00eddo, padec\u00eda de sordera y era, por ende, sordo; pero al tercero, al cuarto y al quinto les faltaban el olfato, el gusto y el tacto, respectivamente, y, entonces, el pueblo entero se aplic\u00f3 con devoci\u00f3n a consultar en cuanta enciclopedia tuvieran a su disposici\u00f3n con la ansiedad de saber c\u00f3mo  diablos se llamaban esos defectos sensoriales, pues la vecindad no hallaba de qu\u00e9 modo denominar a aquellos seres golpeados por tan peculiar infortunio.<\/p>\n<p>Julieta \u00c1lvarez fue la primera que encontr\u00f3, no en enciclopedia alguna, sino hurgando en los escondrijos de su memoria, las respuestas que todos indagaban con desespero y ninguna biblioteca pareci\u00f3 dispuesta a suministrarles para calmar aquella sed cognoscitiva generada por sus arrebatos de curiosidad. La multitud, congregada frente a su puerta, con el tel\u00f3n de fondo de sus  hermosas y reverdecidas u\u00f1as de danta, se prepar\u00f3 a escuchar, pues, de los labios de la brillante y atractiva dama, la soluci\u00f3n al acertijo.<\/p>\n<p>Pero Julieta \u00c1lvarez no dio las respuestas de inmediato. Opt\u00f3, mejor, por repasar lo que todos ya sab\u00edan, seg\u00fan explic\u00f3, no con el prop\u00f3sito, inoportuno en aquellos instantes de tensi\u00f3n, de dilatar la contestaci\u00f3n anhelada y agigantar as\u00ed el espectro de la curiosidad insatisfecha, sino por razones did\u00e1cticas, a fin de ubicar al expectante auditorio en el contexto del tema.<\/p>\n<p>\u2013Como todos ustedes saben desde siempre \u2013expuso\u2013 el ser humano a quien le falta el sentido de la vista sufre de ceguera y se le llama ciego. \u00bfCierto?<br \/>\n\u2013Cierto \u2013respondieron, en un coro destemplado, los observadores.<br \/>\n\u2013Y quien carece del sentido del o\u00eddo sufre de sordera y se le llama sordo. \u00bfCierto?<br \/>\n\u2013Cierto \u2013contestaron al un\u00edsono los presentes, embelesados, m\u00e1s con la hermosa mirada y el donaire de aquella joven vecina, modista y caminante, que con lo arrobadora que pudiera resultar para ellos una ense\u00f1anza que ya no les era extra\u00f1a, pues incluso en las Escrituras Sagradas se relataba c\u00f3mo la Encarnaci\u00f3n del Hacedor, en su fugaz paso por el mundo, hab\u00eda curado a ciegos y a sordos, pero ning\u00fan otro sentido se mencionaba, y, precisamente rememorar aquello les acrecentaba las ansias de saber las respuestas, mas no las del repaso que la ocasional expositora estimaba pertinente y saludable y ellos un proleg\u00f3meno innecesario y, antes bien, generador de mayor incertidumbre.<\/p>\n<p>Julieta \u00c1lvarez, con la sonrisa de picard\u00eda que le iluminaba el rostro y disipaba de inmediato la niebla perturbadora de su recurrente melancol\u00eda, repas\u00f3 con la mirada las caras tensas de sus vecinos y pens\u00f3 en lo satisfactorio que resulta  el conocimiento cuando se le anhela como lo que es, vale decir, el alimento espiritual de la vida, que nos nutre y fortalece el alma.<\/p>\n<p>\u2013Mas  no es eso lo que ustedes desean saber en este momento, ni se reunieron aqu\u00ed, frente a la puerta de mi casa, para que yo les volviera a decir lo que de sobra saben desde ni\u00f1os.<\/p>\n<p>En ese instante, una voz emergi\u00f3 de entre la multitud congregada frente a la vivienda.<\/p>\n<p>\u2013Yo soy ciego, se\u00f1ora. Pasaba por aqu\u00ed y me llam\u00f3 la atenci\u00f3n el tumulto. El sentido de la vista es la luz de la vida. Ninguno de ustedes se imagina lo terrible que resulta vivir condenado a  las tinieblas para siempre. Pero uno dice: el sentido m\u00e1s importante es la vista. Y no es cierto. Todos son importantes. No s\u00e9 qu\u00e9 ser\u00eda de m\u00ed sin o\u00eddo y sin tacto. A prop\u00f3sito: \u00bfc\u00f3mo se llama la falta de este \u00faltimo sentido?<\/p>\n<p>El ciego sonri\u00f3 y dej\u00f3 de hablar. Llam\u00f3 la atenci\u00f3n, no s\u00f3lo a Julieta \u00c1lvarez, sino a todos los presentes, aquella respuesta de alegr\u00eda frente a la dureza de la adversidad. Pens\u00f3 en tantas personas quej\u00e1ndose de su infortunio y con plena capacidad visual para captar el discurso de la vida, y concluy\u00f3 que el mundo se encontraba atiborrado de ingratos. Entonces dio las respuestas, una tras otra, casi sin darles tiempo a los que trataban de garrapatear las ex\u00f3ticas palabras sobre el papel que ten\u00edan a la mano:<\/p>\n<p>\u2013El ser humano al cual le falta el sentido del olfato padece de anosmia y se le llama an\u00f3smico. El que se halla privado del sentido del gusto sufre de ageusia y se le llama ag\u00e9usico.  Y quien carece del sentido del tacto est\u00e1 afectado de anafia y se le llama an\u00e1fico.<\/p>\n<p>Julieta \u00c1lvarez nunca olvidar\u00eda jam\u00e1s la figura de aquel ni\u00f1o, su rostro p\u00e1lido, su pelo negro ensortijado, abundante y en desorden, su cuerpo flaco y su mirada inquieta. Quiz\u00e1s fue por lo absurda que era la pregunta:<\/p>\n<p>\u2013\u00bfY c\u00f3mo se llama la persona a quien le hacen falta todos los cinco sentidos?<\/p>\n<p>Julieta sonri\u00f3, pensando que se trataba de un chiste del rapaz.<\/p>\n<p>Pero el peque\u00f1o no bromeaba. Levant\u00f3 en vilo el peri\u00f3dico del d\u00eda, se acerc\u00f3 a Julieta \u00c1lvarez y se lo entreg\u00f3 en la mano.<br \/>\n\u2013Acaban de descubrir d\u00f3nde vive \u2013 coment\u00f3 el escolar.<\/p>\n<p>Julieta ley\u00f3 en silencio. Alz\u00f3 los ojos de nuevo y ya no vio al ni\u00f1o.<\/p>\n<p>La caterva se dispers\u00f3 cabizbaja.<\/p>\n<p>Ese mismo d\u00eda, la noticia, que nadie ley\u00f3 en un principio, se convirti\u00f3 en el tema obligado de todas las tertulias.<\/p>\n<p>Fue tanto el gent\u00edo que se arm\u00f3 alrededor de la casa de aquel desgraciado, que el ayuntamiento no tuvo otro remedio diferente al de ordenar el env\u00edo de un piquete de tropas para que acordonaran el lugar e impusieran el orden.<\/p>\n<p>La noticia le dio la vuelta al mundo.<\/p>\n<p>Los cinco hermanos que hasta ese d\u00eda se sent\u00edan los seres m\u00e1s desdichados de la Tierra rectificaron su actitud por completo.<\/p>\n<p>Hasta los m\u00e1s infelices, los m\u00e1s vapuleados por el infortunio, admitieron que todo en la vida resulta relativo y que, en puridad de verdad, aquel ser an\u00f3nimo s\u00ed llevaba realmente una vida sin sentido.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" 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