{"id":38236,"date":"2021-04-29T17:38:12","date_gmt":"2021-04-29T22:38:12","guid":{"rendered":"https:\/\/lapiedrafilosofal.com\/?p=38236"},"modified":"2026-03-17T07:33:15","modified_gmt":"2026-03-17T12:33:15","slug":"tierra-de-cigarras-novela-2000-capitulo-xxxvi-oscar-humberto-gomez-gomez-2","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/oscarhumbertogomez.com\/?p=38236","title":{"rendered":"Tierra de cigarras (Novela. 2000. Cap\u00edtulo XXXIX).  \u00d3scar Humberto G\u00f3mez G\u00f3mez"},"content":{"rendered":"<p><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"aligncenter size-large wp-image-55634\" src=\"https:\/\/oscarhumbertogomez.com\/wp-content\/uploads\/2024\/11\/dreamstime_xxl_65812319.jpg-704x1024.jpeg\" alt=\"\" width=\"640\" height=\"931\" srcset=\"https:\/\/oscarhumbertogomez.com\/wp-content\/uploads\/2024\/11\/dreamstime_xxl_65812319.jpg-704x1024.jpeg 704w, https:\/\/oscarhumbertogomez.com\/wp-content\/uploads\/2024\/11\/dreamstime_xxl_65812319.jpg-206x300.jpeg 206w, https:\/\/oscarhumbertogomez.com\/wp-content\/uploads\/2024\/11\/dreamstime_xxl_65812319.jpg-768x1117.jpeg 768w, https:\/\/oscarhumbertogomez.com\/wp-content\/uploads\/2024\/11\/dreamstime_xxl_65812319.jpg-1056x1536.jpeg 1056w, https:\/\/oscarhumbertogomez.com\/wp-content\/uploads\/2024\/11\/dreamstime_xxl_65812319.jpg-1408x2048.jpeg 1408w, https:\/\/oscarhumbertogomez.com\/wp-content\/uploads\/2024\/11\/dreamstime_xxl_65812319.jpg-scaled.jpeg 1760w\" sizes=\"auto, (max-width: 640px) 100vw, 640px\" \/><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>La ciudad, que a duras penas observaba en las calles uno que otro perro callejero, empez\u00f3 a verse atiborrada de \u00f1us y de venados.<\/p>\n<p>Los primeros, tra\u00eddos del \u00c1frica, fueron soltados en las v\u00edas p\u00fablicas gracias a un inusitado y duramente debatido permiso del alcalde quien lo concedi\u00f3 bajo la premisa de que era importante fortalecer los lazos de uni\u00f3n con los animales salvajes ante la imposibilidad manifiesta de poderlo hacer con los hombres civilizados.<\/p>\n<p>A los segundos los trajo un marido irreductiblemente convencido de las andanzas poco edificantes de su casquivana mujer. El amargado c\u00f3nyuge, para paliar sus prop\u00f3sitos uxoricidas, prefiri\u00f3, en lugar de seguir la inveterada l\u00ednea machista de la pena de muerte sin f\u00f3rmula de juicio, acabar de invadir los ya invadidos andenes citadinos con las vistosas cornamentas de aquellos cuadr\u00fapedos de ojos saltones y \u00e1giles brincos, uno de los cuales estuvo a punto de arrollar cierta vez, en su enloquecida carrera, a Julieta \u00c1lvarez y a su ni\u00f1a rubia, justo en la esquina donde las nieves perpetuas ca\u00edan sobre el hombre que se envejeci\u00f3 recostado en un poste.<\/p>\n<p>_______________<\/p>\n<p>Fue una tarde de octubre cuando se pas\u00f3 a vivir a la ciudad un distinguido caballero, alto de estatura, flaco de carnes, de cerviz ligeramente inclinada y aspecto de zopilote, que ir\u00eda a ser conocido, a la postre, como \u201cLa Reliquia\u201d.<\/p>\n<p>Cubr\u00edan la cabeza de &#8220;La Reliquia&#8221; la coleta y los bucles de un a\u00f1ejo peluqu\u00edn, si no llevaba puesto el cubilete; vest\u00eda, cuando no usaba el chaqu\u00e9, de rigurosos frac, levita o sacoleva; portaba bast\u00f3n de plateada empu\u00f1adura; calzaba lustrosos zapatos de charol de dos colores; correg\u00eda su miop\u00eda con quevedos, impertinentes o antiparras, y consultaba la hora, si no empleaba su clepsidra, extrayendo de la faltriquera un antiqu\u00edsimo reloj de leontina.<\/p>\n<p>Pero no era semejante indumentaria de arqueolog\u00eda lo que marcaba su antig\u00fcedad de costumbres, y ni siquiera aquel mirar adusto por encima de los arcaicos anteojos, sino un detalle que muy pronto principi\u00f3 a ser percibido por los vecinos de la cuadra y habr\u00eda de terminar siendo su rasgo t\u00edpico en la ciudad entera: el peculiar modo de expresarse.<\/p>\n<p>Cierta noche de s\u00e1bado, invitado a la ruidosa celebraci\u00f3n de un onom\u00e1stico, m\u00e1s con el fin de intentar una aproximaci\u00f3n del vecindario a aquel curioso individuo, que obrando con el convencimiento de que su compa\u00f1\u00eda pudiese contribuir en algo a hacer amena la fiesta, apareci\u00f3, impecablemente vestido de esmoquin negro, contrastando con los informales trajes de colores que luc\u00edan los asistentes, y levantando su mano derecha, enfundada, al igual que la izquierda, en un guante blanco de tela, salud\u00f3 a los sorprendidos contertulios con unos vocablos que jam\u00e1s nadie hab\u00eda escuchado ni so\u00f1ado que existieran:<\/p>\n<p>\u2013\u00a1Gaudeamus!, \u00a1Gaudeamus! \u2013 exclam\u00f3 ceremonioso.<\/p>\n<p>Los presentes, que ignoraban lo que semejante expresi\u00f3n significaba, no atinaron a definir, en los segundos inmediatos, si guardar silencio o responderle con alguna manifestaci\u00f3n de cortes\u00eda.<\/p>\n<p>\u2013\u00a1Alegr\u00e9menos!, \u00a1Alegr\u00e9menos! \u2013tradujo, entonces, el reci\u00e9n llegado.<\/p>\n<p>Y enseguida complement\u00f3:<\/p>\n<p>\u2013\u00a1Os extiendo mi salutaci\u00f3n afectuos\u00edsima!<\/p>\n<p>Muy pronto, el vecindario se acostumbr\u00f3 a su expresi\u00f3n jerogl\u00edfica y a su rancia indumentaria.<\/p>\n<p>\u2013\u00a1Ave! \u2013salud\u00f3 otro d\u00eda a Julieta \u00c1lvarez, y ella dedujo enseguida que la estaba saludando como los romanos anteriores a su era, pues trat\u00f3 de rebuscar, hurgando en los m\u00e1s rec\u00f3nditos e intrincados vericuetos de su memoria, qu\u00e9 diablos aparte de eso podr\u00eda estarle diciendo aquel vecino circunspecto, segura como estaba de que su caballerosidad extremada no le permit\u00eda, ni por atisbo, ofenderla dici\u00e9ndole \u201cp\u00e1jaro\u201d.<\/p>\n<p>Tiempo despu\u00e9s, terminar\u00eda popularizando el \u201c\u00a1Salud a vuesa merced!\u201d, frase con la cual implant\u00f3 de nuevo la moda de saludar, una vez que, influenciados por doctrinas extranjeras, los j\u00f3venes del barrio acordaron, en una conjura digna de mejor causa, abolir para siempre la, seg\u00fan ellos burguesa, proimperialista, olig\u00e1rquica y reaccionaria costumbre del saludo.<\/p>\n<p>Todo el mundo empez\u00f3, entonces, a saludar con aquellas expresiones que la mayor\u00eda cre\u00eda inexistentes, productos de su invenci\u00f3n fantasmag\u00f3rica, y otros consideraban vestigios de arca\u00edsmos sobrepasados hac\u00eda rato por el arrollador decurso de la historia.<\/p>\n<p>Mas ello no lo fue todo, sino que al gongorismo de aquel saludo barroco, terminaron uni\u00e9ndose muchas otros vocablos y ademanes, de modo que cundi\u00f3 en la ciudad entera una concepci\u00f3n tan anticuada del comportamiento, que muy pronto comenz\u00f3 a usarse sacoleva en los uniformes de diario de los ni\u00f1os, pese a las protestas de los padres de familia, no s\u00f3lo por los altos costos de los ex\u00f3ticos trajes, sino por el hecho de que deb\u00edan adquirir los sombreritos de copa con irritante frecuencia, pues los infantes, desacostumbrados a utilizar prenda alguna sobre la cabeza, olvidaban el diminuto cubilete en cuanto lugar lo descargaban.<\/p>\n<p>Los se\u00f1ores empezaron a hacerles a las damas una reverencia en \u00e1ngulo de noventa grados, mientras sosten\u00edan en las manos su chistera; las damas, presas menos del calor que generaban sus frondosas enaguas y sus trajes rimbombantes que de la petulancia de la \u00faltima moda, comenzaron a usar a toda hora los abanicos, unos accesorios de apertura m\u00e1gica que se extend\u00edan en sus manos respondiendo a un embrujador movimiento de sus dedos y dejaban al descubierto, al desplegarse, dragones y figuras orientales de colores ex\u00f3ticos; los se\u00f1ores, de impecables bast\u00f3n y sacoleva, desterraron los relojes de pulso e impusieron la moda de las clepsidras y los relojes de leontina, instrumentos de medici\u00f3n del tiempo que emerg\u00edan de sus cinturones como dispuestos para un n\u00famero de magia; y ya frente a los edificios p\u00fablicos no se aparcaban los coches de motor, los autom\u00f3viles, hasta hac\u00eda poco amos y se\u00f1ores de las calles, sino alazanes con pechera y cascabeles que los elegantes ciudadanos estacionaban at\u00e1ndolos en los botalones y apeaderos que la alcald\u00eda orden\u00f3 construir a las carreras, pues las quejas de caballos deambulando por las v\u00edas p\u00fablicas mientras sus due\u00f1os cumpl\u00edan diligencias abarrotaron hasta el techo la oficina de quejas y reclamos que el ayuntamiento dispuso para garantizar a sus s\u00fabditos el leg\u00edtimo e inviolable derecho a la protesta.<\/p>\n<p>Empero, lo que con mayor fuerza se tom\u00f3 la ciudad fue aquel lenguaje florido y retocado que impuso, a la postre, gracias a la ley sociol\u00f3gica de la imitaci\u00f3n, de la que hablara Gabriel Tarde, la complicada expresi\u00f3n verbal de \u201cLa Reliquia\u201d.<\/p>\n<p>\u2013Decidme, dama: \u00bfc\u00f3mo est\u00e1is vos en este anochecer de plenilunio? \u2013salud\u00f3 a Julieta \u00c1lvarez un vecino contagiado por la peste, que detr\u00e1s de su nuevo almac\u00e9n de antig\u00fcedades ve\u00eda pasar las tardes de sopor paralizante mientras observaba el mundo detr\u00e1s de sus nuevas antiparras.<\/p>\n<p>\u2013Dej\u00e1te de pendejadas, hombre \u2013le repuso Julieta\u2013. Bien sab\u00e9s que yo no comulgo con esta afectaci\u00f3n hip\u00f3crita que se ha apoderado de la ciudad desde la llegada de \u201cLa Reliquia\u201d.<\/p>\n<p>\u2013No os enoj\u00e9is, f\u00e9mina preclara, con este vasallo de vuesa merced \u2013le insisti\u00f3 el vendedor de antig\u00fcedades, al que tambi\u00e9n se le hab\u00eda anticuado el lenguaje.<\/p>\n<p>Y as\u00ed siguieron los d\u00edas. La gente ya no dec\u00eda \u201c\u00a1hola!\u201d, sino \u201c\u00a1ave!\u201d, ni &#8220;\u00a1buenos d\u00edas&#8221;, sino \u201c\u00a1salud!\u201d; no se desped\u00eda con el \u201c\u00a1adi\u00f3s!\u201d de siempre, sino con la expresi\u00f3n \u201c\u00a1abur!\u201d; no hablaba  de \u201cmam\u00e1\u201d, sino de \u201cmater et magistra\u201d; no se refer\u00eda a \u201cla leche\u201d, sino al \u201cel\u00edxir perl\u00e1tico de la consorte del toro\u201d, y hasta el cura p\u00e1rroco, contagiado de la peste, les opuso a los  carpinteros Lizcano, cuando \u00e9stos se presentaron en la casa parroquial para pedirle el anticipo adicional prometido sobre las bancas de madera que ven\u00edan haciendo con destino al templo desde a\u00f1os antediluvianos y a cuya entrega se hab\u00edan comprometido hac\u00eda varios meses, un argumento denominado \u201cexceptio non adimpleti contractus\u201d seg\u00fan el cual el incumplido no pod\u00eda exigir cumplimiento, y cuando \u00e9stos le manifestaron, sin ocultar su inveros\u00edmil molestia, que, en ese caso, bien pod\u00eda abstenerse, entonces, de pagarles los esca\u00f1os, pues ellos, de todas maneras, los pondr\u00edan a disposici\u00f3n suya en la casa de Dios, el cl\u00e9rigo, impert\u00e9rrito, les ripost\u00f3 que no aceptaba tampoco tal ofrecimiento, porque de hacerlo incurrir\u00eda en un enriquecimiento sin justa causa y se expondr\u00eda a que m\u00e1s tarde ellos lo demandaran al amparo de la \u201cactio in rem verso\u201d.<\/p>\n<p>La insania imitativa no fue inmediata, por supuesto. Por el contrario, tard\u00f3 varios meses el complicado personaje en imponer su complicado modo de vivir entre aquellos parroquianos de costumbres sencillas. Empero, sus repetidas apariciones en p\u00fablico hicieron crecer r\u00e1pidamente su auditorio, hasta que, finalmente, personas de todas las condiciones sociales terminaron impregnadas de la peste gongoriana, epidemia a la que propios y extra\u00f1os le dieron m\u00e1s tarde la denominaci\u00f3n localista de &#8220;la peste reliquiana&#8221;.<\/p>\n<p>Su primer contacto con el ignaro vulgo, como denominaba, por cierto que con un adem\u00e1n de desprecio, al bochinchero pueblo raso, lo tuvo cuando le fue menester salir de compras. Fue as\u00ed que abandon\u00f3 su casa, con una larga capa negra encima de los hombros y desplegando sus maneras propias de un filipich\u00edn del medioevo, descendi\u00f3 por la calle de las palmeras, indiferente a la nieve que ca\u00eda sobre el hombre que se envejeci\u00f3 recostado en un poste, y fue a entremezclarse con la turbamulta que vend\u00eda y mercaba e inundaba el ambiente con sus gritos, el olor acre de sus sudores y la cotidiana ordinariez de la reventa.<\/p>\n<p>Las ancianas campesinas que vend\u00edan frutas, verduras, hortalizas, legumbres, plantas medicinales y condimentos en la entrada de la plazuela del mercado quedaron estupefactas, esa inolvidable ma\u00f1ana de s\u00e1bado, cuando se acerc\u00f3 hasta ellas, portando con donaire un canasto forrado en terciopelo y una lista de mercado en pergamino, aquel extra\u00f1o individuo de quevedos, sacoleva, guantes blancos, sombrero de copa, zapatos de charol y bast\u00f3n con cacha plateada, quien, luego de un saludo ceremonioso y de despojarse  de su capa, la cual dej\u00f3 colgando sobre su brazo siniestro doblado en \u00e1ngulo recto, les empez\u00f3 a hablar con un lenguaje indescifrable:<\/p>\n<p>\u2013Dilectas septuagenarias \u2013dijo el reci\u00e9n llegado, quien, por supuesto, no era otro que \u201cLa Reliquia\u201d\u2013. Hacedme la merced de transferirme el usus, el fructus y el abusus, vale decir: el ius utendi, el ius fruendi y el ius abutendi, huelga expresar: el derecho de propiedad o dominio, perecedero por dem\u00e1s, ya que se mercan, no con animus lucrandi, sino para fines primarios de consumo, de los siguientes frutos de la madre natura, a saber:<br \/>\nCitrus auratium: dadme diez unidades.<br \/>\nSapota aschras: entregadme cinco unidades.<br \/>\nSolanum tuberosum: proveedme de dieci\u00e9is onzas.<br \/>\nApium petroselinum: disponed vosotras la cantidad adecuada para fines culinarios unipersonales.<br \/>\nPiper nigrum: vendedme exigua porci\u00f3n.<br \/>\nBromelia ananas: surtidme de una pieza bien fermosa.<br \/>\nVicia sativa: depositad en mi canastillo una libra.<br \/>\nMusa sapientum: un racimo, mas no me lo d\u00e9is tan presto a la ingesta.<br \/>\nPersea gratissima: trocad por mis modernos dracmas uno de tales frutos que natura nos obsequia dadivosa.<br \/>\nAlium sativum: me valdr\u00e9 con tan s\u00f3lo unos cuantos espec\u00edmenes, en aras de no importunar mi h\u00e1lito.<br \/>\nOsimum basilicum: lo que consider\u00e9is menester en vuestra sapiencia ignara para unas cuantas infusiones.<br \/>\nOryza sativa: dadme en venta diecis\u00e9is onzas de tal grano.<br \/>\nSolanum melongena: dadme una, hacedme la merced.<br \/>\nHordeum vulgare: con diecis\u00e9is onzas me abastezco.<br \/>\nAllium cepa: vosotras, que lo sab\u00e9is mejor, calculad la que me sea menester.<br \/>\nPassiflora moll\u00edssima: dign\u00e1os proveedme de un kilogramo, que no os miento si os asevero lo gustoso que soy de consumirla.<br \/>\nPhaseolus vulgaris: considerando su riqueza nutricional, dadme un kilogramo de tal gram\u00ednea.<br \/>\nCicer arietinum: con ocho onzas que me prove\u00e1is par\u00e9ceme suficiente.<br \/>\nIgna: del\u00e9itome en verdad con estas frutas, de suerte que os adquiero en compraventa una decena de ellas.<br \/>\nAnona muricata: \u00a1O tempore, o mores! Dulces a\u00f1oranzas arriban a mi memoria con esta exquisitez de la natura que obsequi\u00f3nos la deidad.  Son m\u00edas tres de ellas, por l\u00edcita adquisici\u00f3n, claro es, adversario como soy del latrocinio.<br \/>\nZea maya: unos granos bastar\u00e1n.<br \/>\nMangifera qu\u00edmica: succionarlos es deleite, mas no contengo el deseo de herir su pulpa con los cortantes bordes  de mis incisivos.  Vendedme cinco.<br \/>\nRubus bogotensis: treinta y una onzas, para ser exactos.<br \/>\nBeta vulgaris: las necesarias, seg\u00fan vuestro c\u00e1lculo sapiente, para una trilog\u00eda de ensaladas.<br \/>\nVitis vinifera: proveedme de unas cuantas.<br \/>\nYatropha manihot:  poned en mi canastillo una libra de tapioca.<br \/>\nDaucus carota: \u00eddem, por favor.<br \/>\nMatisia cordata: de vendaje y con llaneza os pido tan s\u00f3lo un chupachupa.<\/p>\n<p>Y para que no quedase duda alguna de que hab\u00eda concluido en este punto su extenso y extra\u00f1o pedido, as\u00ed se lo hizo saber a sus desconcertadas interlocutoras:<\/p>\n<p>\u2014Consummavi fidem servavi interventu \u2014dijo.<\/p>\n<p>Las viejecitas, que obviamente ni idea ten\u00edan de que acababa de manifestarles &#8220;He terminado mi intervenci\u00f3n&#8221;, permanecieron at\u00f3nitas.<\/p>\n<p>&#8220;La Reliquia&#8221;, al notar que las vendedoras no daban comienzo a la satisfacci\u00f3n de su pedido, les dijo haciendo un adem\u00e1n de amabilidad extrema con el brazo diestro:<\/p>\n<p>\u2014Proceded, por favor, en consecuencia.<\/p>\n<p>Las vendedoras se miraron entre s\u00ed, presas de la perplejidad, pero no se atrevieron, a pesar de que s\u00ed lo pensaron, a responderle con vulgaridades exigi\u00e9ndole que se portara como una persona seria, pues temieron que pudiera ser un loco furioso, dispuesto a abalanzarse sobre ellas, con todo y su estramb\u00f3tica indumentaria.<\/p>\n<p>\u2013\u00a1Huy, se\u00f1or! \u2013exclam\u00f3, al fin, una de ellas, con mirada de espanto y desconfianza\u2013. Perdone vust\u00e9, pero nosotras no vendemos cosas tan jinas.<\/p>\n<p>El adquiridor se vio precisado, entonces, por fuerza de la necesidad, a rebajarse al mismo nivel de la canalla.<\/p>\n<p>\u2013Comprendo y redimo vuestra ignorancia \u2013 les dijo\u2013. Os traducir\u00e9, entonces, en vulga lengua, lo que deseo compraros.<\/p>\n<p>Y fue cuando principi\u00f3 a expresar lo que deseaba adquirir, en un vocabulario inteligible, traduciendo a lengua viva cuanto acababa de pedir en lengua muerta:<\/p>\n<p>\u2013Citrus auratium: lo que la ignara gleba llama naranja.<br \/>\nSapota aschras: en vuestra ordinariez, n\u00edsperos.<br \/>\nSolanum tuberosum: \u00a1papa, f\u00e9minas, papa!<br \/>\nApium petroselinum: es decir, lo que vosotros vulgarmente llam\u00e1is perejil.<br \/>\nPiper nigrum: o sea, que os estoy comprando pimienta.<br \/>\nBromelia ananas: que vosotros llam\u00e1is pi\u00f1a.<br \/>\nVicia sativa: posiblemente la llam\u00e9is arveja.<br \/>\nMusa sapientum: lo design\u00e1is como pl\u00e1tano.<br \/>\nPersea gratissima: lo hab\u00e9is degradado, en vuestro vocabulario sin pulimentar, a la r\u00fastica condici\u00f3n de aguacate.<br \/>\nAlium sativum: que ofrec\u00e9is seguramente como ajo.<br \/>\nOsimum basilicum: aprended: quiero decir albahaca.<br \/>\nOryza sativa: es vuestro tosco arroz.<br \/>\nSolanum melongena: expresado de ordinario, berenjena.<br \/>\nHordeum vulgare: o cebada, como se dice en el l\u00e9xico del vil populacho.<br \/>\nAllium cepa: que vosotros design\u00e1is como cebolla.<br \/>\nPassiflora moll\u00edssima: vuestra plebeya curuba.<br \/>\nPhaseolus vulgaris: que horrorosamente bautiz\u00e1is fr\u00edjol.<br \/>\nCicer arietinum: de seguro, dir\u00e9is garbanzo.<br \/>\nIgna: para ilustraros, damas: cuando no pose\u00e9is un c\u00e9ntimo, afirm\u00e1is, con aspereza suma, que est\u00e1is m\u00e1s peladas que una pepa de guama.<br \/>\nAnona muricata: que rebaj\u00e1is a guan\u00e1bana.<br \/>\nZea maya: del cual sosten\u00e9is que se trata de un burdo ma\u00edz&#8230; \u00a1qu\u00e9 horror!<br \/>\nMangifera qu\u00edmica: al que apod\u00e1is mango.<br \/>\nRubus bogotensis: que conoc\u00e9is como mora.<br \/>\nBeta vulgaris: \u00bfno hab\u00e9is visto el color de la plebe remolacha?<br \/>\nVitis vinifera: a las que hab\u00e9is envilecido con la tosca denominaci\u00f3n de uvas.<br \/>\nYatropha manihot: \u00a1Horror! \u00a1Horror! La hab\u00e9is llamado yuca.<br \/>\nDaucus carota: le espet\u00e1is un nombre horr\u00edsono: zanahoria.<br \/>\nMatisia cordata: lo maltrat\u00e1is como un m\u00edsero zapote y ni aun mencion\u00e1ndolo con llaneza, tal cual lo hice, reconocisteis al jugoso chupachupa.<\/p>\n<p>La gente de la plazuela del mercado, que se hab\u00eda arremolinado en torno al ex\u00f3tico personaje y a sus asombradas proveedoras de vegetales y especies, atra\u00edda por aquella distinci\u00f3n sin precedentes, y presa del af\u00e1n de imitaci\u00f3n, opt\u00f3 por seguir de inmediato los pasos de aquel nuevo vecino de hablar enrevesado. Fue as\u00ed que desde el d\u00eda siguiente, parroquianos sencillos que siempre llamaron fresa a la fresa y cilantro al cilantro, comenzaron a solicit\u00e1rselos a los abrumados campesinos con vocablos que \u00e9stos no entend\u00edan. A la fresa le empezaron a decir fragaria vesca y al cilantro, que a lo sumo le hab\u00edan cambiado el nombre por el de culantro, ya no lo llamaban ni de un modo ni del otro, sino coriandrum sativum.<\/p>\n<p>La epidemia cundi\u00f3 muy pronto por la ciudad entera, al igual que sucedi\u00f3 con las dem\u00e1s costumbres barrocas de \u201cLa Reliquia\u201d. De los labios de todos desapareci\u00f3 la coliflor y naci\u00f3 la cr\u00e1ssica olar\u00e1cea, muri\u00f3 el comino, pues s\u00f3lo se hablaba del cuminum cyminum, y ya nadie volvi\u00f3 a mencionar el durazno, sino el p\u00e9rsica vulgaris.<\/p>\n<p>As\u00ed que las listas de precios se comenzaron a redactar en las nuevas denominaciones y no hubo un solo valiente que se atreviera a referirse a las bondades de la \u00faltima cosecha del manzano, porque hasta el m\u00e1s ignorante elogiaba, m\u00e1s bien, la fragante exquisitez que ofrec\u00edan los frutos del pirus malus.<\/p>\n<p>______________<\/p>\n<p>Hubo, sin embargo, una consecuencia m\u00e1s perdurable de la influencia que tuvo \u201cLa Reliquia\u201d sobre las costumbres de la ciudad: la oleada incontenible de bautizos de ni\u00f1os con nombres antiguos, seguida de otra epidemia: el cambio de nombre por parte de los adultos, que se convirti\u00f3 en la fuente de trabajo m\u00e1s apetecida por los abogados.<\/p>\n<p>La ciudad se atest\u00f3, pues, de nombres que ni remotamente imagin\u00f3 que existieran. A la pila de su sacrificio fueron llevados neonatos y p\u00e1rvulos a quienes bautizaron con nombres como Agamen\u00f3n, Esdras, Habacuq, Miqueas, Am\u00f3s, Oseas, Ant\u00edoco, Atalfa, Ocoz\u00edas, Holofernes, Ajab, Roboam, Amizabad, Zabad\u00edas, Mesalem\u00edas, Obeded\u00f3m, Nat\u00e1n, El\u00e1, Or\u00edas, Jotam, Romel\u00edas, Jeroboam, Azar\u00edas, Amas\u00edas, Joacaz, Joas, Mat\u00e1n, Atalia, Joyada, Jeh\u00fa, Bidqar, Nabot, Joram, Guejaz\u00ed, Naam\u00e1n, Jazael, Omr\u00ed, Goliat, Nabucodonosor, B\u00e1quides, Geronte, Andr\u00f3nico, Apolonio, Seleuco, Hircano, Jedut\u00fan, Sadoq, Menelao, Lisias, Patroclo, Dositeo, Sos\u00edpatro, Bakenor, Quereas, Apol\u00f3fanes, Epator, Filometor, Zaqueo, Cal\u00edstenes, Atenobio, Cendebeo, Abubos, Neumenio, Trif\u00f3n, Ant\u00edpater, Tolomeo, Alcimo, Macedonio, Antero, Salvio, Eleusipo, Prisca, Canuto, Pionio, Veridiana, Anscario, Corcino, Rogato, Metodio, Agape, Ces\u00e1reo, Jovino, Ceadio, Celedonio, Ger\u00e1simo, Coleta, Perpetua, Guadioso, Afrodisio, Ciriaco, Anatolio, Serapi\u00f3n, Calinico, Epigmento, Bertoldo, Urbicio, Gualterio, Acacio, Casilda, Hermenegildo, Lamberto, Estanislao, Telmo, Eleuterio, Cleto, Pascasio, Parmenio, Elfego, P\u00e1nfilo, Segismundo, Atanasio, Exuperio, Eleodoro, Geroncio, Evelio, Nereo, Pancracio, Domitila, Teodosia, Salustiano, Medardo, Cr\u00edspulo, Olimpio, Anfi\u00f3n, Metodio, Aresios, Eterio, Quinciano, Marciano, Crescencia, Sancha, Gervasio, Protasio, Macario, Terencio, Sen\u00f3n, Agripina, Antelmo, Irineo, Petronila, Edilburga, Sinforiano, Priscila, Gualberto, Abundio, Herm\u00e1goras, Epifania, Silas, Arsenio, Apolinar, Niceta, Teodomiro, Bartolomea, Pantale\u00f3n, Nazario, Cira, Hilaria, Hip\u00f3lito, Poncio, Ponciano, Liberato, Floro, Agapito, Ceferino, Tecla, Eufemia, Tiburcio, Proto, Jacoba, Cornelio, Cipriano, Eustaquio, Constancio, Cosme, Wenceslao, Hilari\u00f3n, Fortunata, Engelberto, Serapio, Dasio, Fermina, Facundo, Evasio, Damasceno, Osmundo, Leocadia, Basiniano, Concordio, Melanio, Plauto y Dorimeno, entre otros.<\/p>\n<p>Inclusive, algunos padres ignorantes y apresurados, sin parar mientes en que el nombre escogido para sus v\u00e1stagos, aparte de antiguo, fuera siquiera de persona, y no de otra cosa, un libro por ejemplo, incurrieron en errores tan horribles como el de bautizarlos Sir\u00e1cides o Pentateuco.<\/p>\n<p>Otros progenitores, embrutecidos hasta la sinraz\u00f3n por aquella peste maldita, ni siquiera se tomaron la molestia de acudir a los personajes del Antiguo Testamento o a los santorales del Almanaque Pintoresco de Bristol, sino que, presumiendo de originales, les colgaron a sus indefensas cr\u00edas, como un inri, palabras cuyo significado no se cuidaron, al menos, de indagar en alg\u00fan diccionario, y no hubo cura ni escribano que saliera en defensa de aquellas criaturas desventuradas, sometidas para siempre a las penalidades del estigma. Varias de esas v\u00edctimas, ya inmersas por completo, muchos a\u00f1os despu\u00e9s, en las arideces de una longeva ancianidad, segu\u00edan arrastrando, no s\u00f3lo los pies fatigados por tantos lustros a cuestas, sino la injusta condena que sus padres les impusieron en la pila bautismal durante aquella \u00e9poca aciaga: don Escroto Gonz\u00e1lez, do\u00f1a Hipot\u00e9tica Bernal, don Metacarpo Jim\u00e9nez, do\u00f1a Hermen\u00e9utica L\u00f3pez y don Plexo Solar Mendoza fueron apenas algunas de ellas.<\/p>\n<p>Un poco de mayor fortuna tuvieron los p\u00e1rvulos a quienes les asignaron nombres que ni eran antiguos, ni existieron jam\u00e1s, ni nada vergonzoso significaban, sino que sus verdugos configuraron con simples juegos de palabras o de letras, todo con tal de eludir la colocaci\u00f3n de nombres, si no modernos, al menos comunes y corrientes. El m\u00e1s popular, entre estos rebusques irracionales, acab\u00f3 siendo el de Pulvesio.<\/p>\n<p>Pero los menos desdichados entre aquella caterva de infelices fueron quienes obtuvieron, de la misericordia popular o la clemencia de sus amigos m\u00e1s cercanos, las bondades de un apelativo, un apodo o un hipocor\u00edstico al cual se apegaron con desesperaci\u00f3n por el resto de sus d\u00edas, o el uso inveterado de su apellido como \u00fanica identificaci\u00f3n en la calle y en los actos y situaciones propios de la vida diaria.<\/p>\n<p>Los apelativos m\u00e1s comunes fueron desde entonces mano, compa y jefe.<\/p>\n<p>Apodos, alias o motes hubo a granel, pero casi todos, por desgracia, referidos a defectos f\u00edsicos y a gente de baja condici\u00f3n, lo cual, lejos de auxiliar al desventurado, le agigantaba la magnitud de su infortunio. Aun as\u00ed, salieron en defensa de algunos malaventurados sobrenombres como el referido a su lugar de origen o a una cualidad. A Basiniano Silva, por ejemplo, le agradaba m\u00e1s que lo llamaran Barichara; a Protasio Guevara lo fascinaba el bien ganado mote de Sal de Frutas, por su tendencia a saludar a todo el que pasara por su lado, debido a lo cual sus vecinos cre\u00edan correcto afirmar que Protasio s\u00ed que era saludable; y Metodio C\u00e1rdenas agradec\u00eda, desde su reciente dedicaci\u00f3n al levantamiento de pesas, que le dijeran, as\u00ed fuera con un dejo de burla, Charles Atlas.<\/p>\n<p>El hipocor\u00edstico Mene, aplicado a Do\u00f1a Hermen\u00e9utica L\u00f3pez desde su llegada a la ciudad, ocurrida despu\u00e9s del aparatoso desfile en el que fue exhibido el \u00faltimo dinosaurio; el de don Ciro, regalado a ese var\u00f3n egregio que fue don Sir\u00e1cides Guti\u00e9rrez y el cual coincid\u00eda con el nombre propio de muchos mun\u00edcipes como el monaguillo suicida; el de doctor Beto, donado piadosamente a Engelberto Hastamorir, catedr\u00e1tico universitario muy famoso, y el de Tato, a  Liberato Garc\u00eda, baterista de una banda de rock pesado que atorment\u00f3 al vecindario durante m\u00e1s de un a\u00f1o hasta su aplaudida emigraci\u00f3n a otro pa\u00eds en busca de la medalla de oro que no encontr\u00f3 en su ensordecida tierra, acabaron siendo los m\u00e1s reconocidos.<\/p>\n<p>Los que pudieron refugiarse tras de su apellido iban relegando el nombre de pila a los anaqueles del registro civil, de suerte que s\u00f3lo llegaba a descubrirse la gran verdad cuando uno de tales documentos era exigido por autoridad competente. De resto, Gonz\u00e1lez era simplemente Gonz\u00e1lez, Mora era Mora y Vargas era Vargas, sin nombre alguno por el cual averiguar.<\/p>\n<p>Empero, la decorosa salida no les  sirvi\u00f3 a los que, adem\u00e1s de un poco agraciado nombre, cargaban el fardo de un apellido poco est\u00e9tico detr\u00e1s del cual guarecerse. El sargento y m\u00fasico militar Pantale\u00f3n Rabia, verbigracia, no cont\u00f3 con esa fortuna. Tampoco favoreci\u00f3 la buena suerte a don Guadioso Borrego Chamucero, ni a la se\u00f1orita Sancha Pito Pita, ni al doctor Geronte Hastamorir Flautero, ni al reputado arquitecto Serapi\u00f3n Choque Chuza, ni al odont\u00f3logo prostodoncista Neumenio Rab\u00f3n, ni al ingeniero civil Ant\u00edpater Chaguala. Menos, a don Atalia Cuca, a don Apol\u00f3fanes Jirafa, al contabilista Abubos Cuero, al Doctor Goliat Champi\u00f1ones, m\u00e9dico otorrinolaring\u00f3logo muy prestigioso, a don Apolonio Chill\u00f3n, al reputado comerciante de licores Zaqueo Chito Madro\u00f1ero, al di\u00e1cono Atenobio Cu\u00f1a o al jurista Cendebeo Morcillo. El suicidio del primero, don Guadioso Borrego Chamucero, ocurrido un jueves de Corpus Christi a la una y treinta de la tarde, refleja de modo di\u00e1fano la gravedad de una sin salida semejante. Seg\u00fan echaron a rodar las malas lenguas, en la mesita de noche de don Guadioso la polic\u00eda encontr\u00f3 unas cuantas ra\u00edces de mandr\u00e1gora.<\/p>\n<p>Durante mucho tiempo predomin\u00f3 la actitud de incredulidad en quienes escuchaban por vez primera tales nombres y semejantes apellidos, y se cre\u00eda que eran invenciones de alg\u00fan escritorzuelo gastador de bromas.<\/p>\n<p>Pero no hubo tal. Al contrario, con el paso de los a\u00f1os, la gente los fue encontrando en diversas fuentes escritas. As\u00ed, se los encontraba en los libros de la Biblia, los hallaba en el santoral cat\u00f3lico del Almanaque Bristol, los ve\u00eda en el almanaque de cigarrillos Pielroja, se los topaba en el almanaque de la editorial La Caba\u00f1a, se le atravesaban cuando ojeaba el Almanaque Mundo y acababa jugando a buscarlos dentro del voluminoso directorio telef\u00f3nico de la capital de la naci\u00f3n, la ciudad gigante a donde poco a poco se fueron trasladando sus mismos titulares hasta radicarse en ella de modo definitivo para terminar contribuyendo al engrandecimiento de aquella gran metr\u00f3poli del fr\u00edo, las brumas y el granizo con sus dones de gente respetable, de gente buena, decente y digna, que termin\u00f3 por asumir estas simp\u00e1ticas vicisitudes de la vida con buen talante y fino sentido del humor.<\/p>\n<p>El amanuense del escribano, quien trazaba rasgos de inmaculada caligraf\u00eda g\u00f3tica sobre los pergaminos extendidos encima de su enorme escritorio medieval a medida que iba mojando la pluma de ganso en el frasco de tinta, no daba abasto mientras inscrib\u00eda en los anaqueles del registro civil aquella marejada de nombres extra\u00f1os, nombres que los padres ten\u00edan que dictarle letra por letra a fin de salir lo m\u00e1s pronto posible del trance dif\u00edcil de su dudosa ortograf\u00eda, pero, aun as\u00ed, se neg\u00f3, con enf\u00e1tica decisi\u00f3n, y no obstante la evidencia persuasiva de las interminables ringleras, a obedecer la instructiva emanada del Tribunal Supremo, con asiento en la capital de la naci\u00f3n, seg\u00fan la cual deb\u00eda proceder de inmediato a ejercer sus deberes oficiales otra vez con apoyo en los \u00faltimos avances tecnol\u00f3gicos y abandonar la pluma, los pergaminos y el tintero en los mohosos archivos del pasado remoto e irrepetible.<\/p>\n<p>Se pusieron de moda mil artefactos rezagados por el progreso desde hac\u00eda mucho tiempo: la plancha de carb\u00f3n y la metodolog\u00eda calor\u00edfica de soplarla con frecuencia para atizar la incandescencia de las brasas encendidas y evitar que se enfriara; los cuellos y los pu\u00f1os almidonados de las blancas camisas masculinas; el corbat\u00edn y las calzonarias; las fotograf\u00edas en blanco y negro o en color sepia, en las que aparec\u00edan los caballeros en poses altivas, con sus pipas en los labios, y las damas ataviadas con trajes anchurosos<br \/>\ny un toque de distinci\u00f3n manifestado hasta en la manera de asir la sombrilla; los gram\u00f3fonos de manivela y las canciones rom\u00e1nticas grabadas en los surcos giratorios de los negros acetatos; y, en suma, toda la anticuada parafernalia de tiempos pret\u00e9ritos, convertida ahora, por imperativo de la moda, en se\u00f1al de respetabilidad, donosura y se\u00f1or\u00edo.<\/p>\n<p>Dur\u00f3 muchos a\u00f1os el vecindario, despu\u00e9s de la partida sin retorno de \u201cLa Reliquia\u201d, para volver a disfrutar de nuevo la calidez propia de la informalidad.<\/p>\n<p>Aquel sombr\u00edo personaje se larg\u00f3 de este mundo agobiado por el peso insoportable de la culpa. Era una tarde de invierno cuando decidi\u00f3 darse un balazo en la sien derecha, con su oxidada pistola del siglo XVI, y de esta manera puso fin a sus insoportables a\u00f1os de estrictez inamovible. Lo hizo s\u00f3lo porque incurri\u00f3 en la ordinariez imperdonable de decir \u201cmetro\u201d en lugar de \u201clongitud equivalente a un mill\u00f3n setecientas cincuenta mil setecientas sesenta y tres punto setenta y tres ondas de la radiaci\u00f3n color naranja del espectro luminoso emitido por los \u00e1tomos de kript\u00f3n 86\u201d.<\/p>\n<p>Ese d\u00eda se hallaba de celebraci\u00f3n: cumpl\u00eda veinticinco a\u00f1os.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"aligncenter size-large wp-image-55634\" src=\"https:\/\/oscarhumbertogomez.com\/wp-content\/uploads\/2024\/11\/dreamstime_xxl_65812319.jpg-704x1024.jpeg\" alt=\"\" width=\"640\" height=\"931\" srcset=\"https:\/\/oscarhumbertogomez.com\/wp-content\/uploads\/2024\/11\/dreamstime_xxl_65812319.jpg-704x1024.jpeg 704w, https:\/\/oscarhumbertogomez.com\/wp-content\/uploads\/2024\/11\/dreamstime_xxl_65812319.jpg-206x300.jpeg 206w, https:\/\/oscarhumbertogomez.com\/wp-content\/uploads\/2024\/11\/dreamstime_xxl_65812319.jpg-768x1117.jpeg 768w, https:\/\/oscarhumbertogomez.com\/wp-content\/uploads\/2024\/11\/dreamstime_xxl_65812319.jpg-1056x1536.jpeg 1056w, https:\/\/oscarhumbertogomez.com\/wp-content\/uploads\/2024\/11\/dreamstime_xxl_65812319.jpg-1408x2048.jpeg 1408w, https:\/\/oscarhumbertogomez.com\/wp-content\/uploads\/2024\/11\/dreamstime_xxl_65812319.jpg-scaled.jpeg 1760w\" sizes=\"auto, (max-width: 640px) 100vw, 640px\" \/><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><iframe loading=\"lazy\" width=\"560\" height=\"315\" src=\"https:\/\/www.youtube-nocookie.com\/embed\/tGV79hSw99Q?controls=0\" title=\"YouTube video player\" frameborder=\"0\" allow=\"accelerometer; autoplay; clipboard-write; encrypted-media; gyroscope; picture-in-picture\" allowfullscreen=\"\"><\/iframe><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>&nbsp; La ciudad, que a duras penas observaba en las calles uno que otro perro callejero, empez\u00f3 a verse atiborrada de \u00f1us y de venados. 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