{"id":38329,"date":"2021-05-01T09:57:30","date_gmt":"2021-05-01T14:57:30","guid":{"rendered":"https:\/\/lapiedrafilosofal.com\/?p=38329"},"modified":"2026-03-17T07:41:41","modified_gmt":"2026-03-17T12:41:41","slug":"tierra-de-cigarras-novela-2000-capitulo-xl-oscar-humberto-gomez-gomez","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/oscarhumbertogomez.com\/?p=38329","title":{"rendered":"Tierra de cigarras (Novela. 2000. Cap\u00edtulo XL).  \u00d3scar Humberto G\u00f3mez G\u00f3mez"},"content":{"rendered":"<p><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"aligncenter size-large wp-image-55634\" src=\"https:\/\/oscarhumbertogomez.com\/wp-content\/uploads\/2024\/11\/dreamstime_xxl_65812319.jpg-704x1024.jpeg\" alt=\"\" width=\"640\" height=\"931\" srcset=\"https:\/\/oscarhumbertogomez.com\/wp-content\/uploads\/2024\/11\/dreamstime_xxl_65812319.jpg-704x1024.jpeg 704w, https:\/\/oscarhumbertogomez.com\/wp-content\/uploads\/2024\/11\/dreamstime_xxl_65812319.jpg-206x300.jpeg 206w, https:\/\/oscarhumbertogomez.com\/wp-content\/uploads\/2024\/11\/dreamstime_xxl_65812319.jpg-768x1117.jpeg 768w, https:\/\/oscarhumbertogomez.com\/wp-content\/uploads\/2024\/11\/dreamstime_xxl_65812319.jpg-1056x1536.jpeg 1056w, https:\/\/oscarhumbertogomez.com\/wp-content\/uploads\/2024\/11\/dreamstime_xxl_65812319.jpg-1408x2048.jpeg 1408w, https:\/\/oscarhumbertogomez.com\/wp-content\/uploads\/2024\/11\/dreamstime_xxl_65812319.jpg-scaled.jpeg 1760w\" sizes=\"auto, (max-width: 640px) 100vw, 640px\" \/><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Cuando ya de \u201cLa Reliquia\u201d no quedaba sino el recuerdo, y, por supuesto, la nube de infortunados parroquianos bautizados o con su nombre de pila cambiado durante la peste de los arca\u00edsmos, todos los cuales arrastraban resignados el lastre de su identificaci\u00f3n olorosa a naftalina luego de que una ley suprimi\u00f3 de un golpe la posibilidad jur\u00eddica de cambiarse el nombre dizque porque, seg\u00fan rezaba en sus considerandos, \u201clo escrito, escrito est\u00e1\u201d, ocurrieron episodios menores, casi carentes de monta suficiente para ser contados, como ese que culmin\u00f3 una noche de apag\u00f3n, iluminada apenas por las luces de la p\u00f3lvora reventada en su honor por pirot\u00e9cnicos que la alcald\u00eda contrat\u00f3 a destajo, es decir, volador quemado, volador pagado, en la que partieron, despedidos como redentores, los eminentes cient\u00edficos extranjeros que le devolvieron a la ciudad el derecho a comer huevo, al curar, con mejunjes indescifrables tra\u00eddos de parajes ignotos de la India, la preocupante e inexplicada epidemia de esterilidad de las gallinas.<\/p>\n<p>Fue por aquellos tiempos memorables que, un d\u00eda cualquiera, montado a horcajadas sobre un asno de mirada triste y portando un racimo de jacintos silvestres en la mano, lleg\u00f3 a la ciudad, por el sur, despacio, con la apacible serenidad de una conciencia limpia, un hombre que habr\u00eda de ser recordado por las generaciones futuras y los siglos venideros debido a que justamente durante sus funerales se precipitar\u00eda sobre la faz de la tierra el segundo diluvio universal.<\/p>\n<p>Julieta \u00c1lvarez no abandonaba todav\u00eda la caseta de la coja Ana Joaquina, a donde se acerc\u00f3, acompa\u00f1ada de su soledad y sus remembranzas, con el prop\u00f3sito de comprar la p\u00f3lvora para las festividades de la Inmaculada Concepci\u00f3n, luego de que el ayuntamiento prohibiera el expendio indiscriminado de martinicas y voladores, menos por la cantidad de ni\u00f1os con quemaduras que el viejo Hospital del Estado deb\u00eda atender durante las festividades de diciembre, que por la creciente ola de suicidios con cerveza y f\u00f3sforo blanco.<\/p>\n<p>En efecto, hombres en el pleno vigor de la vida, pero con la cerviz del orgullo masculino doblada ante la majestad subyugadora de las pasiones insatisfechas y los amor\u00edos sin correspondencia, adquir\u00edan en las tiendas, donde la p\u00f3lvora se exhib\u00eda sin control alguno al lado de los c\u00f3mics de vaqueros y las gelatinas de pata, cartones abarrotados de martinicas, deformes y letales monedas azules destinadas a estallar bajo los tacones de quienes se paraban sobre ellas y giraban sus cuerpos en forma de semic\u00edrculo para hacerlas detonar sin misericordia, pero que se convirtieron, de la noche a la ma\u00f1ana, en la panacea extrema de los infelices desilusionados con el amor y con la vida, de los desesperados que no encontraban atenci\u00f3n m\u00e9dica para sus males, ni el esquivo sustento diario proveniente de un trabajo estable, y, en fin, de aquellas personas an\u00f3nimas que no hallaban paz para sus esp\u00edritus angustiados, ni consuelo para sus almas atribuladas. Los compradores se llevaban el cart\u00f3n salpicado de aquellos irregulares redondeles azules, pero, en vez de reventarlos al comp\u00e1s de la m\u00fasica que engalanaba por tradici\u00f3n la Navidad y la v\u00edspera del A\u00f1o Nuevo, en lugar de prender con ellos las alegr\u00edas de las festividades decembrinas, lo que hac\u00edan era despegar una a una aquellas monedas sin circunferencia definida, depositarlas dentro del vaso gigantesco y espumoso de cerveza helada, y, de una vez, sin ex\u00e1menes de conciencia ni contriciones de coraz\u00f3n, agarrando el sombr\u00edo recipiente por el asa solitaria, beberse a sorbos, sin respiro, sin escalas, sin nada que no fueran las ansias de acabar con esta farsa de una maldita vez por todas, el contenido completo del jarr\u00f3n, como si en esos instantes de desdicha y de tormento los devorara una sed inextinguible por escapar, con todo y alma, al laberinto agobiador e inexorable de su desolaci\u00f3n infinita.<\/p>\n<p>A\u00fan segu\u00edan pesando, adem\u00e1s, en la conciencia popular y pol\u00edtica de la ciudad, los vestigios del horror, las ruinas calcinadas de lo poco que qued\u00f3 en pie despu\u00e9s de la hecatombe, la memoria espeluznante del fuego inclemente que redujo a cenizas la Jaboner\u00eda Roca, y los embargaba a todos la crudeza de una realidad manifiesta que les hab\u00eda abofeteado el rostro con crueldad, como para dejarles en claro que una cat\u00e1strofe futura no mostrar\u00eda la m\u00e1s m\u00ednima se\u00f1al de deferencia: el cuerpo municipal de bomberos no contaba con los equipos necesarios para afrontar un siniestro de mayor magnitud y la ciudad se hallaba enfrentada al peligro real de ser consumida, cualquier d\u00eda, por una oleada incontenible de candela, como la que arrasar\u00eda al mundo en el segundo diluvio universal, seg\u00fan la antigua y extendida creencia popular que s\u00f3lo se enerv\u00f3 para siempre el d\u00eda de los multitudinarios y floridos funerales de Fernando Sebasti\u00e1n.<\/p>\n<p>Ese temor latente contribuy\u00f3, de igual manera, a la dr\u00e1stica decisi\u00f3n de la alcald\u00eda.<\/p>\n<p>Y es que, como una excepci\u00f3n, y despu\u00e9s de un \u00e1lgido debate en el seno del cabildo, en el que los polvoreros y pirot\u00e9cnicos alegaron, sin \u00e9xito, la inviolabilidad del derecho al trabajo, se determin\u00f3 que solamente se podr\u00eda vender p\u00f3lvora en la caseta de la coja Ana Joaquina. La parte motiva del decreto enfatizaba en \u201csu ubicaci\u00f3n de privilegio, a las afueras de la ciudad, su delimitaci\u00f3n por todos los flancos con inmensos terrenos explanados y solitarios, y, adem\u00e1s, rodeados de rocas que forman cordillera, factores que la convierten en sitio excepcional desde donde la propagaci\u00f3n de un incendio hacia lugares habitados resulta virtualmente imposible\u201d.<\/p>\n<p>Por eso, Julieta \u00c1lvarez se encontraba en el concurrido lugar cuando pas\u00f3 el borrico con el jinete de las flores.<\/p>\n<p>Julieta le hab\u00eda a\u00f1adido a su destacado trabajo en los actos preparatorios del Congreso Eucar\u00edstico Internacional, que se celebrar\u00eda con la presencia del papa, su habitual participaci\u00f3n en la liturgia de la palabra durante las misas de domingo y su esp\u00edritu colaborador en procesiones y festividades, y fue por ello la persona encargada por la parroquia del oriente de adquirir la p\u00f3lvora para la fiesta de la Inmaculada Concepci\u00f3n, celebraci\u00f3n en la que se llevar\u00eda a cabo un desfile multicolor de antorchas y faroles con el concurso de los ni\u00f1os y las ni\u00f1as de las escuelas p\u00fablicas. Deb\u00eda desplegar dicha labor en asocio con dos prohombres de la laicidad activa en el barrio, pero ambos se excusaron de acompa\u00f1arla ese d\u00eda por quebrantos de salud y aunque le rogaron, de mil maneras, que los esperara para ir a comprar la p\u00f3lvora la semana siguiente, ella se neg\u00f3 al aplazamiento con una argumentaci\u00f3n t\u00edpica de su idiosincrasia:<\/p>\n<p>\u2013\u00a1Eh, avemar\u00eda! \u2013dijo\u2013 . No dej\u00e9s para ma\u00f1ana lo que pod\u00e1s hacer hoy.<\/p>\n<p>Los ojos del jumento que pasaba ante los suyos le trajeron a la memoria los de aquel otro burrito de Semana Santa que cargaba al Dios-Hombre de su pueblo y, muchos a\u00f1os antes, la hab\u00eda mirado con ternura, cuando ella era apenas una ni\u00f1a de trenzas largas, colombinas dulces y bombas multicolores.<\/p>\n<p>Los clientes de la caseta de la coja Ana Joaquina, absortos en las vicisitudes del tejo o en las burbujas de la cerveza helada, no repararon en aquel hombre solitario, ni en su racimo de flores azules, ni en su asno de pesadumbre. Julieta lo vio pasar y enseguida la  asalt\u00f3 el vago e inexplicable barrunto de que algo grande se avecinaba sobre la ciudad con la llegada de aquel se\u00f1or de edad inmemorial, cuyos pies casi arrastraban sobre el piso y que la mir\u00f3 con una dulzura de hombre bueno y limpio, apenas comparable con el mirar limpio y entristecido de su burro. El for\u00e1neo sigui\u00f3 de largo, sin apurar el paso, como si lo mismo le diera llegar a su destino o no alcanzarlo nunca. Ella continu\u00f3 mir\u00e1ndolo mientras se perd\u00eda a lo lejos, intern\u00e1ndose en la mara\u00f1a urbana, donde su burro, su amor a las flores y su naturalismo desusado habr\u00edan de refrescar la aridez de aquella ciudad impert\u00e9rrita a las manifestaciones m\u00e1s puras del esp\u00edritu.<\/p>\n<p>Al d\u00eda siguiente, el cura p\u00e1rroco y sus ayudantes se sorprendieron al encontrar en la puerta del templo un precioso y gigantesco ramo de gladiolos y heliconias, y una hermosa y delicada tarjeta blanca. Julieta \u00c1lvarez se agach\u00f3, sin dejar de fruncir el ce\u00f1o por la sorpresa. Recogi\u00f3 la tarjeta, un poco mojada por las briznas del roc\u00edo, y la ley\u00f3 en voz alta:<\/p>\n<p>\u201cPara el padre p\u00e1rroco,  al conmemorarse un a\u00f1o m\u00e1s de su ordenaci\u00f3n sacerdotal. De un nuevo feligr\u00e9s. Afectuoso, Fernando Sebasti\u00e1n\u201d.<\/p>\n<p>Todos miraron, sorprendidos, al sacerdote.<\/p>\n<p>El cura no repar\u00f3 en el nombre del remitente, ni en la peculiar manera de hacerle llegar el ramo, y ni siquiera en lo extra\u00f1o que resultaba el que supiera la fecha de su sacramento.<\/p>\n<p>\u2013\u00a1Carajo! \u2013exclam\u00f3 poni\u00e9ndose la palma de la mano diestra sobre la mejilla del mismo lado y mirando a Julieta \u00c1lvarez sin atinar a recibirle la tarjeta\u2013. \u00a1C\u00f3mo pasa el tiempo!<\/p>\n<p>______________<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>La tarde glacial y triste en que muri\u00f3 Fernando Sebasti\u00e1n nadie, absolutamente nadie, ni siquiera \u00e9l mismo, se imagin\u00f3 lo que estaba a punto de suceder a lo largo y a lo ancho del planeta.<\/p>\n<p><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"aligncenter size-large wp-image-55634\" src=\"https:\/\/oscarhumbertogomez.com\/wp-content\/uploads\/2024\/11\/dreamstime_xxl_65812319.jpg-704x1024.jpeg\" 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