{"id":38356,"date":"2021-05-01T17:18:07","date_gmt":"2021-05-01T22:18:07","guid":{"rendered":"https:\/\/lapiedrafilosofal.com\/?p=38356"},"modified":"2026-03-17T07:44:22","modified_gmt":"2026-03-17T12:44:22","slug":"tierra-de-cigarras-novela-2000-capitulo-xli-oscar-humberto-gomez-gomez","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/oscarhumbertogomez.com\/?p=38356","title":{"rendered":"Tierra de cigarras (Novela. 2000. Cap\u00edtulo XLI).  \u00d3scar Humberto G\u00f3mez G\u00f3mez"},"content":{"rendered":"<p><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"aligncenter size-large wp-image-55634\" src=\"https:\/\/oscarhumbertogomez.com\/wp-content\/uploads\/2024\/11\/dreamstime_xxl_65812319.jpg-704x1024.jpeg\" alt=\"\" width=\"640\" height=\"931\" srcset=\"https:\/\/oscarhumbertogomez.com\/wp-content\/uploads\/2024\/11\/dreamstime_xxl_65812319.jpg-704x1024.jpeg 704w, https:\/\/oscarhumbertogomez.com\/wp-content\/uploads\/2024\/11\/dreamstime_xxl_65812319.jpg-206x300.jpeg 206w, https:\/\/oscarhumbertogomez.com\/wp-content\/uploads\/2024\/11\/dreamstime_xxl_65812319.jpg-768x1117.jpeg 768w, https:\/\/oscarhumbertogomez.com\/wp-content\/uploads\/2024\/11\/dreamstime_xxl_65812319.jpg-1056x1536.jpeg 1056w, https:\/\/oscarhumbertogomez.com\/wp-content\/uploads\/2024\/11\/dreamstime_xxl_65812319.jpg-1408x2048.jpeg 1408w, https:\/\/oscarhumbertogomez.com\/wp-content\/uploads\/2024\/11\/dreamstime_xxl_65812319.jpg-scaled.jpeg 1760w\" sizes=\"auto, (max-width: 640px) 100vw, 640px\" \/><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>S\u00ed: aquella tarde triste y glacial en que muri\u00f3 Fernando Sebasti\u00e1n nadie se imagin\u00f3 lo que estaba a punto de suceder en el mundo. Su asno, diminuto y manso, no hab\u00eda retornado jam\u00e1s de su anunciado periplo por los mares insondables del espacio, a donde hab\u00eda partido para siempre, con una recua entristecida por el horror interminable de las \u00faltimas guerras civiles que llevaba encima de sus lomos de pesadumbre a los ni\u00f1os melanc\u00f3licos abandonados a su suerte en los hospitales de mentiras, en los hogares de mentiras, en los refugios de mentiras, y quienes, una noche tachonada de luceros y cometas estelares, se largaron de aquellos lugares taciturnos para nunca m\u00e1s volver y se fueron a buscar el lejano titilar de las estrellas mientras cantaban en coro una canci\u00f3n inolvidable que dec\u00eda: \u201cVoy a dar la vuelta al mundo montado en un burrito\u201d. \u00c9l prosigui\u00f3 con su vida, conserv\u00e1ndolo en su coraz\u00f3n, convencido de que Dios sab\u00eda c\u00f3mo hac\u00eda sus cosas y de que eran inescrutables sus designios. En todo caso, desde el fondo de su alma atribulada por la p\u00e9rdida deseaba que su jumento compa\u00f1ero y el resto de la recua emigrante hubiesen sido recibidos, con su preciosa carga, en las puertas de entrada al Para\u00edso.<\/p>\n<p>Cuando corri\u00f3 la noticia de su propia muerte, todos tuvieron de inmediato el \u00edntimo presagio de que se le iban a enviar muchas flores por aquello que p\u00fablicamente se sab\u00eda. Hasta aquel d\u00eda hist\u00f3rico, una parte de la humanidad pensaba que el segundo diluvio universal tambi\u00e9n ser\u00eda de agua. Otra parte aseguraba, en cambio, con base nunca se supo en qu\u00e9 soportes, que el cataclismo acu\u00e1tico jam\u00e1s se repetir\u00eda, que sencillamente no era posible que se repitiera, y juraban que el segundo diluvio b\u00edblico habr\u00eda de ser de fuego: una llamarada incontenible que se ir\u00eda extendiendo sobre la faz de la tierra hasta convertir el mundo en apenas un mont\u00f3n interminable de cenizas. Empero, a nadie, absolutamente a nadie, ni siquiera al propio Fernando Sebasti\u00e1n, se le ocurri\u00f3 pensar jam\u00e1s que pudiera ser de flores. Por eso, el segundo diluvio universal, que principi\u00f3 en la ciudad, precisamente el d\u00eda en que enterraban a Fernando Sebasti\u00e1n, tom\u00f3 a todo el mundo de sorpresa, y por eso, lustros despu\u00e9s, los historiadores todav\u00eda averiguaban, confundidos, c\u00f3mo se llamaban aquellas flores grises, y aquellas otras verdes, y aquellas otras plateadas, que hab\u00edan ca\u00eddo a torrentes esa tarde, hasta tapizar las calles, los tejados, los parques y las playas. Y fue verdad que ese d\u00eda llovieron flores, flores ignoradas, flores de las que nunca se acordaban las floristas, ni ordenaban jam\u00e1s los novios hipnotizados que con flores trataban de hipnotizar a sus amadas.<\/p>\n<p>Fernando Sebasti\u00e1n sol\u00eda decir que la prueba m\u00e1s contundente de la existencia de Dios era que exist\u00edan las orqu\u00eddeas. Sin embargo, otros d\u00edas pon\u00eda como prueba concretamente a las catleyas, o a las clavellinas, o a los heliotropos, o a los agapantos, y de esta manera, cambiando apenas el ejemplo, siempre relacionaba la existencia de Dios con la existencia de las flores. Cultivaba todas las que pod\u00eda, en el inmenso solar de su vieja casona, una inmensa casona de paredes de adobe sin cocer que hered\u00f3 de una lejana t\u00eda solitaria, y alguna vez llegaron a reputar que estaba loco porque dizque conversaba con los lirios. No se recordar\u00eda onom\u00e1stico, ni funeral, ni casamiento, ni graduaci\u00f3n, ni nada que hubiese sucedido en la ciudad sin que el ramillete de Fernando Sebasti\u00e1n hubiera llegado a adornar la mesa, o a dar el p\u00e9same, o simplemente a irradiar felicidad por las corolas. Termin\u00f3, pues, reconocido en toda la urbe por su inquebrantable amor a las flores.<\/p>\n<p>Pero Fernando Sebasti\u00e1n no amaba solamente las flores despampanantes de los arreglos florales, flores ricas que adornaban las mesas de los ricos, sino que tambi\u00e9n amaba las miles y miles de flores silvestres, muchas de ellas ignoradas, muchas que ni siquiera ten\u00edan nombre y crec\u00edan con an\u00f3nima humildad entre la maleza, asomando t\u00edmidamente sus p\u00e9talos por entre las espinas. Nunca habr\u00eda de conocerse a alguien que amara las flores m\u00e1s que \u00e9l. Por eso, cuando muri\u00f3 y se esparci\u00f3 por doquier la noticia de su inminente funeral, todos los habitantes de la ciudad empezaron a llegar hasta la funeraria cargando en su mayor\u00eda una corona de flores. Otros, es cierto, arribaron con las manos vac\u00edas, pero porque ya hab\u00edan ordenado antes una corona floral en alguna florer\u00eda y de ah\u00ed que s\u00f3lo ten\u00edan que sentarse a esperar la llegada de los mensajeros, los cada vez m\u00e1s numerosos repartidores que a lo largo de la tarde, y toda la noche, y toda la ma\u00f1ana siguiente, no cesaron de entrar y salir, una vez y otra, de las florer\u00edas rumbo a la funeraria y de la funeraria rumbo a las florer\u00edas, con m\u00e1s y m\u00e1s coronas, hasta que hubo un momento en que ya no qued\u00f3 sitio dentro de la espaciosa casa funeraria donde cupiera una flor m\u00e1s y surgi\u00f3, entonces, la necesidad imperiosa de comenzar a colocar las coronas en la calle. Pero despu\u00e9s la calle fue insuficiente porque segu\u00edan llegando m\u00e1s, y m\u00e1s, y m\u00e1s coronas, con flores cada vez m\u00e1s bellas y ex\u00f3ticas, las cuales a medida que eran acomodadas iban formando un tapiz multicolor que hac\u00eda estremecer de emoci\u00f3n al m\u00e1s indiferente. Muy pronto comenz\u00f3 la congesti\u00f3n de veh\u00edculos, primero alrededor de la inmensa funeraria florecida, luego en las calles aleda\u00f1as, despu\u00e9s en las menos cercanas, y a la postre en todo el barrio, de modo que a las pocas horas el sector entero ya estaba hermosamente alfombrado de flores. Mientras llegaba la hora del entierro, siguieron llegando flores, y flores, y m\u00e1s flores, a pesar de que muchos mensajeros extenuados renunciaron a sus puestos y los que no huyeron aterrados de la ciudad \u2014tomando unos la v\u00eda hacia el mar, y otros la que conduc\u00eda a la capital de la naci\u00f3n, y otros el camino a la frontera\u2014 se refugiaron en sus casas, o literalmente se desmayaron sobre cualquier jardinera, o simplemente se acostaron por ah\u00ed, en alguna parte, a recuperar el aliento con la intenci\u00f3n de seguir repartiendo m\u00e1s tarde las coronas florales que crec\u00edan y crec\u00edan sin parar. Pero algunos de estos no fueron capaces de despertarse y continuaron durmiendo hasta la hora del diluvio.<\/p>\n<p>Fue un cortejo multicolor interminable. Dispusieron sobre cada carro diez, catorce y hasta veinticinco coronas para tratar de descongestionar las v\u00edas, algunos como Julieta \u00c1lvarez decidieron irse caminando con un ramillete en la mano y muchos otros se colgaron las coronas alrededor del cuello como enormes collares hawaianos y emprendieron, tambi\u00e9n a pie, la ruta del cementerio. Pero entonces arreci\u00f3 la maravilla: algunas flores se cansaron de esperar qui\u00e9n las recogiera, as\u00ed que, aprovechando la tremenda confusi\u00f3n de aquel desfile inacabable, ellas mismas comenzaron a desplazarse rumbo al camposanto, primero con cierto disimulo para evitar que las vieran andando, y luego, perdida la timidez, en forma franca caminaron delante de todo el mundo y fueron imitadas, primero por decenas, enseguida por centenares y finalmente por miles y millones de flores que, al avanzar hacia la necr\u00f3polis, le dieron a la vida el espect\u00e1culo multicolor m\u00e1s maravilloso de que se tenga noticia antes y despu\u00e9s del florido diluvio.<\/p>\n<p>Lleg\u00f3, por fin, al cementerio, la enorme multitud de flores caminantes y de personas asombradas, y en apenas unos segundos el camposanto ya no era camposanto, sino un interminable jard\u00edn multicolor que se extend\u00eda por cuadras y cuadras, y que sigui\u00f3 extendi\u00e9ndose por m\u00e1s cuadras y m\u00e1s cuadras hasta llegar a las afueras de la ciudad inmensa y ah\u00ed s\u00ed definitivamente la ciudad se convirti\u00f3 en un gigantesco arreglo floral y su aire contaminado dej\u00f3 de oler a aire contaminado porque todo \u00e9l se impregn\u00f3, desde la tierra hasta el cielo, con el enloquecedor aroma de las flores.<\/p>\n<p>Hab\u00edan programado varias eleg\u00edas, pero al final decidieron proceder a enterrarlo de una vez porque ya no hallaban qu\u00e9 hacer con tanta gente y tantas flores, de modo que bajaron el ata\u00fad, sin siquiera haber recitado una oraci\u00f3n ni entonado una canci\u00f3n de las muchas que ten\u00edan programadas, excepto el rosario que Julieta \u00c1lvarez comenz\u00f3 a rezar en voz baja, apoy\u00e1ndose en su vieja cam\u00e1ndula reconstruida.<\/p>\n<p>La tumba fue sellada con una placa de hierro y cemento, y tapada con tierra, y encima clavaron, como recuerdo postrero, una cruz de tantas. Llegados a este punto, creyeron que ya no hab\u00eda nada m\u00e1s que hacer, excepto comenzar de inmediato las arduas jornadas de barrida, pues calculaban en varios d\u00edas los trabajos que habr\u00eda que desplegar para descubrir de nuevo las calles, las plazas, los parques y las playas.<\/p>\n<p>As\u00ed que dieron la orden de retirarse; la impartieron a gritos varias veces y hasta pidieron que se pasaran la voz unos a otros, pero la multitud se mantuvo ah\u00ed, quieta, como si no escuchara nada, a pesar de que la voz que les ped\u00eda retirarse fue repetida de boca en boca hasta que se supo en todo el extenso cementerio. Muchas de las gentes que se quedaron por fuera del camposanto porque no cupieron dentro de sus linderos no se movieron de sus puestos ya que ni se enteraron de la orden pues hasta ellos no lleg\u00f3 jam\u00e1s la voz retransmitida. Julieta \u00c1lvarez hab\u00eda dado comienzo a las \u00faltimas salutaciones ang\u00e9licas de los misterios dolorosos cuando sobrevino el diluvio. S\u00ed, aquel diluvio de maravilla que habr\u00eda de quedar grabado para siempre en la memoria clandestina de todos los pueblos de la tierra y que casi obligar\u00eda al papa a autorizar una reforma de la Biblia para que quedara constando ante las generaciones futuras, en las escrituras sagradas, que muchos siglos despu\u00e9s del arca de No\u00e9 hab\u00eda habido otro diluvio universal, pero no de agua, sino de flores rojas, y azules, y rosadas, y grises, y verdes, y amarillas.<\/p>\n<p>Al principio nadie repar\u00f3 en las flores que ca\u00edan porque apenas empezaron a caer unas pocas y los espectadores pensaron cualquier cosa o no pensaron nada para explicar por qu\u00e9 ca\u00edan. Pero despu\u00e9s, tal cual sobreviene de improviso un aguacero, se desat\u00f3 el diluvio. S\u00ed, se vino sobre el camposanto aquel diluvio soberbio, torrencial, maravilloso, del que intentar\u00edan dar cuenta las cr\u00f3nicas a pesar de la censura y, entonces, la gente vio caer del cielo, primero miles y miles, y despu\u00e9s millones y millones de flores de todas las clases: comenzaron a caer azucenas y gardenias, gladiolos y pompones, claveles y rosas, margaritas y violetas, astromelias y jacarandas, lirios y jacintos, orqu\u00eddeas y tulipanes, amapolas y cecilias, dalias y crisantemos, anturios y jazmines, begonias y clavellinas, an\u00e9monas y liutos, heliotropos y kantutas, tu-y-yoes y geranios, iracas y agapantos, girasoles y pensamientos, hortensias y magnolias, victorias y camelias, nardos y alel\u00edes, mosquetas y lilas, petunias y malvas reales, aromas y pasionarias, calas y lotos, acacias y siemprevivas, amarantas y trinitarias, nen\u00fafares y rododendros, ceibos y guarias, copihues y sacuajoches, lotos y maquilhues, mirtas y azahares, novios y heliconias, vainillas y musadendas, \u00e1lsines y ar\u00e1ndanos, clem\u00e1tides y arrayanes, almendros y narcisos, nelumbios y pelargonios, acianos y adelfas, azaleas y dragones, buganvillas y campanillas, milamosas y mercuriales, ornit\u00f3lagas y milamores, ox\u00e1lidas y peon\u00edas,  resedas y retamas, y ac\u00f3nitos, y ran\u00fanculos, y adormideras, y el enorme tapiz se fue extendiendo, y extendiendo, y extendiendo, hasta que varias horas despu\u00e9s la tierra no era tierra, sino un inmenso jard\u00edn de flores finas y sencillas, de flores de todos los colores y de todos los aromas, y los gobiernos no hallaban qu\u00e9 hacer ante tanta maravilla.<\/p>\n<p>No hubo necesidad, sin embargo, de destapar las calles, ni las playas, ni los techos de las casas, ni de ninguna colosal jornada de barrida. Porque, de s\u00fabito, las flores, s\u00ed, ellas mismas, empezaron a acomodarse extra\u00f1amente, bellamente, fascinantemente, a entrelazarse como si estuvieran vivas, como si manos invisibles hubieran empezado a hacer con ellas millones y millones de arreglos florales al mismo tiempo, y, entonces, ante los ojos maravillados de los gobiernos y de los pueblos, pero sobre todo de los ej\u00e9rcitos, acostumbrados a pisotear las flores con sus tanques de desgracia, el mundo entero se fue llenando con el soberbio e imborrable espect\u00e1culo coloreado y aromado de millones y millones de guirnaldas que se colgaron en los balcones de las casas, en las torres de las iglesias, y en los edificios p\u00fablicos donde los bur\u00f3cratas, tr\u00e9mulos de asombro, apenas atinaban a balbucear que el presidente deber\u00eda esa misma noche declarar perturbado el orden p\u00fablico y social de la naci\u00f3n y dictar un decreto por medio del cual prohibiera tajantemente y bajo arresto inconmutable las lluvias de flores en toda la rep\u00fablica.<\/p>\n<p>Durante el interminable lapso en que permaneci\u00f3 absorta ante el prodigio, Julieta \u00c1lvarez no experiment\u00f3 temor, sino una indefinible sensaci\u00f3n de alegr\u00eda y desconcierto.<\/p>\n<p>Las flores, pues, de manera caprichosa, con un sentido jam\u00e1s visto de la est\u00e9tica, formaron, ellas mismas, jardines enormes y bell\u00edsimos en las carreteras, en las avenidas, en las redes de los ferrocarriles, a orillas de los r\u00edos, en las playas, en los talleres donde los hombres humildes forjaban la vida a golpes de yunque, y hasta en aquellas plazas de mercadeo donde sol\u00edan acostarse los ni\u00f1os sin padres a morirse de hambre mientras la ciudad entera parec\u00eda volcarse all\u00ed para abarrotar canastas y canastas interminables con la provisi\u00f3n colosal de una semana. Se llen\u00f3 as\u00ed el mundo entero de ramilletes enormes, de jardines ex\u00f3ticos, de guirnaldas jam\u00e1s vistas por los ojos de los hombres, que perfumaron el aire de la tierra con su fragante, delicioso y cautivador aroma. Llovi\u00f3 durante cuarenta d\u00edas y cuarenta noches. Pero no cay\u00f3 una lluvia de agua, sino de flores.<\/p>\n<p>Fue aquel un diluvio en el que, a diferencia del primero, nadie habr\u00eda de morir, excepto los amantes de la guerra, que se murieron de disgusto al ver que la vida les sepultaba sus ca\u00f1ones, y, antes por el contrario, a las pocas horas de haber comenzado aquella maravilla, ocurri\u00f3 la resurrecci\u00f3n de Fernando Sebasti\u00e1n, el retorno triunfal del hombre que m\u00e1s hab\u00eda amado las flores y la vida. Porque la vida decidi\u00f3 aquel d\u00eda que un hombre as\u00ed de amoroso con las flores no pod\u00eda seguir muerto, ah\u00ed, acostado sin hacer nada, no m\u00e1s perdiendo el tiempo por los siglos de los siglos, sino que deb\u00eda levantarse a seguir ense\u00f1ando, a seguir ilustrando con el buen ejemplo c\u00f3mo deb\u00edan los hombres amar la naturaleza. As\u00ed que, en plena lluvia de flores, cuando todav\u00eda nadie se hab\u00eda retirado del cementerio porque la gente estaba extasiada con el espect\u00e1culo maravilloso que gratuitamente les estaba prodigando el cielo, se vio c\u00f3mo las flores que tapaban la tumba de Fernando Sebasti\u00e1n comenzaron, primero a rebullirse como un remolino incomprensible, y luego a desplazarse hacia los lados formando un hermoso recuadro multicolor alrededor de la losa, y se observ\u00f3 c\u00f3mo otras armaron preciosos abanicos florales que se colocaron expectantes alrededor del sepulcro, y era tan fascinante la visi\u00f3n, que parec\u00eda como si Dios hubiera decidido repetir en torno a aquella tumba la maravilla jam\u00e1s repetida de los jardines colgantes de la antigua Babilonia. Enseguida, un torbellino silbador derrib\u00f3 la cruz plantada por los enterradores, dispers\u00f3 la tierra que recubr\u00eda la sepultura y sacudi\u00f3 la pesada placa que la clausuraba. Entonces, sobrevino lo que vino, lo que ni Julieta \u00c1lvarez, arrobada por la fascinaci\u00f3n, ni la multitud, petrificada por el asombro, hubieran podido imaginarse: alguien, desde adentro de la tumba, levant\u00f3 la losa, con una suavidad imposible teniendo en cuenta la enormidad de su peso, y fue ah\u00ed cuando apareci\u00f3, cual L\u00e1zaro moderno, Fernando Sebasti\u00e1n, asomando la cabeza, desconcertado por completo, porque ni siquiera entend\u00eda qu\u00e9 diablos estaba sucediendo, qu\u00e9 era aquella algarab\u00eda que se hab\u00eda formado al asomarse y qu\u00e9 era aquel carnaval celestial que sus ojos at\u00f3nitos y todav\u00eda so\u00f1olientos estaban contemplando. Muchos corrieron asustados porque ya no eran capaces de soportar tantas sorpresas en tan poco tiempo y  menos el ins\u00f3lito portento de la resurrecci\u00f3n de un muerto. Pero la inmensa mayor\u00eda fue capaz de aguantarse el espanto porque nadie quer\u00eda perderse detalle alguno de lo que estaba sucediendo y por ello fueron centenares los testigos de excepci\u00f3n de la forma como Fernando Sebasti\u00e1n regres\u00f3 del mundo de los muertos y se reincorpor\u00f3 al mundo de los vivos en medio del diluvio.<\/p>\n<p>En realidad, todos esperaban una resurrecci\u00f3n triunfal, espectacular, en la que el muerto resucitado levantara los brazos, haciendo con ellos la V de la victoria, y al mismo tiempo repitiera la V de la victoria con los dedos, luego se levantara del suelo, primero algunos cent\u00edmetros de levitaci\u00f3n preliminar y enseguida varios metros de levitaci\u00f3n confirmatoria, y finalmente se elevara hacia los cielos en cuerpo y alma hasta perderse entre las nubes para siempre. Pero r\u00e1pidamente comprendieron que as\u00ed no podr\u00eda ser porque en ese caso habr\u00eda resucitado un muerto para volver a morirse enseguida y eso s\u00ed ser\u00eda, aparte de in\u00fatil, una resurrecci\u00f3n sin gracia. No. Mir\u00e1ndolo bien, la resurrecci\u00f3n no fue nada del otro mundo. Sencillamente, el propio Fernando Sebasti\u00e1n acab\u00f3 de quitar la losa y, asi\u00e9ndose de los bordes de la tumba, se sali\u00f3 solo, y una vez afuera se restreg\u00f3 los ojos so\u00f1olientos y se sacudi\u00f3 el polvo del safari blanco con el cual lo hab\u00edan enterrado, y luego se par\u00f3, ah\u00ed, con las manos en la cintura, a mirar para el cielo, a contemplar c\u00f3mo ca\u00edan y ca\u00edan flores, y todos tuvieron la impresi\u00f3n de que \u00e9l ni cuenta se dio de que hab\u00eda estado muerto. Despu\u00e9s le sonri\u00f3 a Julieta \u00c1lvarez y a la multitud asombrada, levantando y agitando un poco la mano derecha al tiempo que sonre\u00eda, y todos descubrieron, en ese momento, lo simple que es el saludo de un resucitado. No estaba p\u00e1lido, ni sudoroso, ni nada, y ni siquiera se preocup\u00f3 por ir hasta su casa a vestirse porque ya estaba vestido, como qued\u00f3 dicho antes, con un safari blanco, y nuevo adem\u00e1s porque se lo hab\u00edan comprado exclusivamente para su entierro. \u00c9l ni siquiera pregunt\u00f3 d\u00f3nde estaba, o qu\u00e9 hab\u00eda pasado, o desde cu\u00e1ndo estaban lloviendo flores del cielo, ni relacion\u00f3 el jard\u00edn infinito en que se hab\u00eda convertido el cementerio con su muerte o con las pompas f\u00fanebres de su propio funeral. Ni siquiera volvi\u00f3 a mirar la sepultura en la que estuvo enterrado y todos comprendieron, de inmediato, que Fernando Sebasti\u00e1n seguir\u00eda, por siempre y para siempre, tratando a la muerte con la m\u00e1s absoluta displicencia. Lo \u00fanico que le interes\u00f3 aquella tarde de su resurrecci\u00f3n fue el diluvio. Se qued\u00f3 ah\u00ed, parado, mirando hacia el firmamento, contemplando el espect\u00e1culo floral m\u00e1s bello que habr\u00eda de ver en la vida la humanidad entera y perplejo con la hermosura ilimitada de tantas flores, muchas de las cuales \u00e9l no hab\u00eda visto jam\u00e1s, a lo largo de su existencia florida: la flor de lis, la acacia, la amaranta o flor de amor, la flor de la maravilla, la flor de la Trinidad, la cala o flor del embudo, el cant\u00fa o flor del inca, la flor de Santa Luc\u00eda, la flor de nochebuena o estrella federal, la flor del Esp\u00edritu Santo, la flor del cuervo, la flor de la cruz, la flor de pascua, la flor del para\u00edso, la flor del cacao, la flor del coraz\u00f3n, la flor de Jes\u00fas, la flor del Corpus, la flor del volc\u00e1n, la flor de lazo, la flor de mayo, la flor de mosquito, la flor de los santos, la flor negra, el hibiscus, el nen\u00fafar, el rododendro, el ceibo, la kantuta, la victoria regia, la guaria morada, el copihue, la monja blanca, la flor de la sangre, el sacuajoche, el maquilhue, la granadilla, pasionaria o flor de la pasi\u00f3n, la flor de loto, la flor de la siempreviva, la flor de la primavera, la aroma o flor del aromo, la flor de la fucsia, la paulonia, la flor de la glicina, el amancay o liuto, la flor de la catalpa, la cuna venus, la vanda tricolor suavis de la India, la dama de noche, la orqu\u00eddea de Misiones, la cal\u00e9ndula, la azucena anteada, la banderita de San Juan, la flor del amarilis, la alhe\u00f1a, la mosqueta, la banderita de fuego, el alel\u00ed, el nardo, la lila, la malva real, la petunia, la vanda vandopsis, la guzmania orangeade, la neoregelia carolinae, el narciso de las nieves, la flor azul del aciano, la flor p\u00farpura de la adelfa, la flor blanca de la adormidera, la flor amarilla del drag\u00f3n, la flor verdosa del ar\u00e1ndano, la flor del cerezo, la olorosa flor de la reseda, la flor de la azalea, hermosa y sin perfume, la blanca flor del \u00e1lsine, alegr\u00eda de los pajarillos, la flor del array\u00e1n, copo de nieve sobre el follaje siempre verde, la flor carmes\u00ed de la peon\u00eda, la preciosa flor de la verbena, la flor ex\u00f3tica de la verdolaga floreciente, el clavel sevillano, el clavel del aire, la amapola del camino, la flor para mascar y la flor de la canela. Entonces, descubri\u00f3 que todav\u00eda le faltaba conocer m\u00e1s de la mitad del para\u00edso.<\/p>\n<p>Fernando Sebasti\u00e1n sigui\u00f3 parado ah\u00ed, con las manos en la cintura, abstra\u00eddo por completo, y ni siquiera se dio cuenta en qu\u00e9 momento lleg\u00f3 hasta \u00e9l el clero en pleno, y al instante el gobierno en pleno, y enseguida el cuerpo m\u00e9dico en pleno, y al punto el poder judicial en pleno, y m\u00e1s tarde el parlamento en pleno, y todos se pusieron a mirarlo, a detallarlo, a escudri\u00f1arlo como si estuvieran viendo alg\u00fan resucitado, y el m\u00e1s maravillado era el m\u00e9dico legista, que hab\u00eda firmado su acta de defunci\u00f3n y dicho, con seguridad incontestable, que s\u00ed, que no hab\u00eda duda, que Fernando Sebasti\u00e1n estaba muerto, bien muerto, absolutamente muerto, muerto de una muerte irreparable que le daba una incapacidad definitiva de mil siglos y como consecuencia permanente le quedaba la secuela irreversible de que seguir\u00eda muerto por el resto de su vida. Nadie se atrevi\u00f3 a preguntarle nada y todos se retiraron cuchicheando, atontados por el miedo, volviendo de vez en cuando la cabeza para mirarlo de nuevo, hasta que se los trag\u00f3 a todos la multitud interminable del camposanto.<\/p>\n<p>Julieta \u00c1lvarez, quien dur\u00f3 varias horas tratando de abandonar el cementerio abri\u00e9ndose paso por entre la inamovible muchedumbre, arrib\u00f3 a su casa m\u00e1s convencida que nunca en la benevolencia infinita de Dios y en la rectitud intachable de su credo.<\/p>\n<p>A\u00f1os despu\u00e9s, los doctores de la ley y los ex\u00e9getas no encontraban todav\u00eda de qu\u00e9 manera pod\u00edan reformar la Biblia sin reformarla para que cupieran en ella el fant\u00e1stico viaje celestial de los ni\u00f1os y los burros, el episodio asombroso de las flores caminantes, el segundo diluvio universal, y la resurrecci\u00f3n, real y comprobada, de Fernando Sebasti\u00e1n. Al fin, prefirieron dejar estos acontecimientos hist\u00f3ricos por fuera de la historia y escribir mejor un librito de cuentos sin gracia en el que relataron los hechos diciendo que el m\u00e9dico legista se hab\u00eda equivocado, que flores jam\u00e1s hab\u00edan llovido sobre el mundo, que nunca las flores caminaron, y que era una f\u00e1bula de locos sin oficio la historia de los ni\u00f1os y los burros, y mucho despu\u00e9s, en una pira gigantesca construida por los irracionales que ir\u00edan a apoderarse de la urbe ya en decadencia, hicieron quemar todos los peri\u00f3dicos de la \u00e9poca, todas las revistas de la \u00e9poca, todas las memorias de la \u00e9poca, todo vestigio que pudiera hacer saber a las generaciones futuras lo que aconteci\u00f3, y cubrieron para siempre, y como siempre, la historia verdadera con el manto del silencio, y la versi\u00f3n oficial volvi\u00f3 a ser otra vez la versi\u00f3n de la mentira y el enga\u00f1o, la ya conocida versi\u00f3n de los hechos ocultados por los tiempos de los tiempos.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"aligncenter size-large wp-image-55634\" src=\"https:\/\/oscarhumbertogomez.com\/wp-content\/uploads\/2024\/11\/dreamstime_xxl_65812319.jpg-704x1024.jpeg\" alt=\"\" width=\"640\" height=\"931\" srcset=\"https:\/\/oscarhumbertogomez.com\/wp-content\/uploads\/2024\/11\/dreamstime_xxl_65812319.jpg-704x1024.jpeg 704w, https:\/\/oscarhumbertogomez.com\/wp-content\/uploads\/2024\/11\/dreamstime_xxl_65812319.jpg-206x300.jpeg 206w, https:\/\/oscarhumbertogomez.com\/wp-content\/uploads\/2024\/11\/dreamstime_xxl_65812319.jpg-768x1117.jpeg 768w, https:\/\/oscarhumbertogomez.com\/wp-content\/uploads\/2024\/11\/dreamstime_xxl_65812319.jpg-1056x1536.jpeg 1056w, https:\/\/oscarhumbertogomez.com\/wp-content\/uploads\/2024\/11\/dreamstime_xxl_65812319.jpg-1408x2048.jpeg 1408w, https:\/\/oscarhumbertogomez.com\/wp-content\/uploads\/2024\/11\/dreamstime_xxl_65812319.jpg-scaled.jpeg 1760w\" sizes=\"auto, (max-width: 640px) 100vw, 640px\" \/><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><iframe loading=\"lazy\" width=\"560\" height=\"315\" src=\"https:\/\/www.youtube-nocookie.com\/embed\/EwDA-VhtgcI?controls=0\" title=\"YouTube video player\" frameborder=\"0\" allow=\"accelerometer; autoplay; clipboard-write; encrypted-media; gyroscope; picture-in-picture\" allowfullscreen=\"\"><\/iframe><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>&nbsp; S\u00ed: aquella tarde triste y glacial en que muri\u00f3 Fernando Sebasti\u00e1n nadie se imagin\u00f3 lo que estaba a punto de suceder en el mundo. Su asno, diminuto y manso, no hab\u00eda retornado jam\u00e1s de su anunciado periplo por los &hellip; <a href=\"https:\/\/oscarhumbertogomez.com\/?p=38356\">Sigue leyendo <span class=\"meta-nav\">&rarr;<\/span><\/a><\/p>\n<div class='heateorSssClear'><\/div><div  class='heateor_sss_sharing_container heateor_sss_horizontal_sharing' heateor-sss-data-href='https:\/\/oscarhumbertogomez.com\/?p=38356'><div class='heateor_sss_sharing_title' style=\"font-weight:bold\" >\u00a1Gracias por compartirla!<\/div><ul class=\"heateor_sss_sharing_ul\"><li class=\"heateorSssSharingRound\"><i style=\"width:35px;height:35px;border-radius:999px;\" alt=\"Facebook\" Title=\"Facebook\" class=\"heateorSssSharing heateorSssFacebookBackground\" onclick='heateorSssPopup(\"https:\/\/www.facebook.com\/sharer\/sharer.php?u=https%3A%2F%2Foscarhumbertogomez.com%2Findex.php%3Frest_route%3D%252Fwp%252Fv2%252Fposts%252F38356\")'><ss style=\"display:block;border-radius:999px;\" class=\"heateorSssSharingSvg 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