{"id":38485,"date":"2021-05-02T15:24:32","date_gmt":"2021-05-02T20:24:32","guid":{"rendered":"https:\/\/lapiedrafilosofal.com\/?p=38485"},"modified":"2026-03-21T11:00:39","modified_gmt":"2026-03-21T16:00:39","slug":"tierra-de-cigarras-novela-2000-capitulo-xliv-oscar-humberto-gomez-gomez","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/oscarhumbertogomez.com\/?p=38485","title":{"rendered":"Tierra de cigarras (Novela. 2000. Cap\u00edtulo XLIV).  \u00d3scar Humberto G\u00f3mez G\u00f3mez"},"content":{"rendered":"<p><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"aligncenter size-large wp-image-55634\" src=\"https:\/\/oscarhumbertogomez.com\/wp-content\/uploads\/2024\/11\/dreamstime_xxl_65812319.jpg-704x1024.jpeg\" alt=\"\" width=\"640\" height=\"931\" srcset=\"https:\/\/oscarhumbertogomez.com\/wp-content\/uploads\/2024\/11\/dreamstime_xxl_65812319.jpg-704x1024.jpeg 704w, https:\/\/oscarhumbertogomez.com\/wp-content\/uploads\/2024\/11\/dreamstime_xxl_65812319.jpg-206x300.jpeg 206w, https:\/\/oscarhumbertogomez.com\/wp-content\/uploads\/2024\/11\/dreamstime_xxl_65812319.jpg-768x1117.jpeg 768w, https:\/\/oscarhumbertogomez.com\/wp-content\/uploads\/2024\/11\/dreamstime_xxl_65812319.jpg-1056x1536.jpeg 1056w, https:\/\/oscarhumbertogomez.com\/wp-content\/uploads\/2024\/11\/dreamstime_xxl_65812319.jpg-1408x2048.jpeg 1408w, https:\/\/oscarhumbertogomez.com\/wp-content\/uploads\/2024\/11\/dreamstime_xxl_65812319.jpg-scaled.jpeg 1760w\" sizes=\"auto, (max-width: 640px) 100vw, 640px\" \/><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>El d\u00eda de su partida hacia el encuentro con su destino inexorable, Julieta \u00c1lvarez amaneci\u00f3 convencida de que sus sue\u00f1os recurrentes, que la hicieron despertar a la medianoche, invadida por el sobresalto, no eran irrealidad, sino los primeros barruntos de su porvenir de l\u00e1grimas.<\/p>\n<p>So\u00f1\u00f3 que se estaba muriendo, tendida en una cama extra\u00f1a, entre s\u00e1banas blancas, y paredes blancas, y trajes blancos, y hasta tuvo la virtualidad visual suficiente, mientras navegaba entre las brumas azarosas de su ma\u00f1ana indescifrable, para ver a sus padres ausentes que desde lo alto le daban la mano y la invitaban, con una sonrisa de dulzura, a que se asiera de ella, y poder sacarla as\u00ed de aquel laberinto sin salida en que se hallaba inmersa.<\/p>\n<p>Pas\u00f3 junto a su otra peque\u00f1a m\u00e1quina, la maquinilla en la que \u00faltimamente ya no fileteaba m\u00e1s que sus tristezas, pero ni siquiera la mir\u00f3, sumida como estaba en tratar de adivinar qui\u00e9n era la otra persona que aparec\u00eda y desaparec\u00eda en sus m\u00e1s recientes sue\u00f1os. En cambio, s\u00ed le alcanzaron los \u00faltimos reductos de alegr\u00eda que todav\u00eda le quedaban para tararear una brev\u00edsima canci\u00f3n de cuna y acompa\u00f1\u00f3 su canto imperceptible con unos cuantos tamborileos suaves de sus dedos diestros sobre el madero donde se soportaba el negro y brilloso cabezote de su m\u00e1quina Singer, herramienta de trabajo e instrumento de distracci\u00f3n del tedio frente al que sol\u00eda sentarse durante horas y horas para coser lo mismo vestidos femeninos que esperanzas. Empero, esta vez no se detuvo a detallar, como a lo largo de los a\u00f1os lo hizo tantas veces, ni el volante, que le hac\u00eda posible a la aguja su ascender y su descender sin pausa, ni el portahilos de aguja \u00fanica, siempre a cargo de la rutinaria tarea de sujetarle los hilos, ni el asa de transporte, que le facilitaba a su m\u00e1quina el desplazamiento; ni tampoco repar\u00f3 en la gu\u00eda-hilos, ni en la tira-hilos, las mismas con las que tambi\u00e9n enhebraba en la aguja sus quimeras, ni la atrajo el tensionador de hilo, ni el selector de puntadas, ni la aguja, aquella aguja siempre dispuesta con la que cosi\u00f3 durante horas y horas su ma\u00f1ana incierto, ni repar\u00f3 en la prensatelas, aquella que no solo le sujetaba la tela, sino tambi\u00e9n su car\u00e1cter fuerte a punto de derrumbarse, ni observ\u00f3 con m\u00ednima atenci\u00f3n la placa de aguja, que tantas veces le sirvi\u00f3 de gu\u00eda tambi\u00e9n para avanzar en sus proyectos, ni nada, absolutamente nada le signific\u00f3 esta vez la palanca de retroceso, con la que d\u00eda tras d\u00eda remataba tanto cada una de sus costuras como cada una de sus sonrisas.<\/p>\n<p>Al mirarse en el espejo, no pudo descifrar con claridad cu\u00e1l era exactamente la premonici\u00f3n que todav\u00eda la angustiaba, pues ya hab\u00eda desechado los deseos de morirse joven y hasta alcanz\u00f3, una tarde de domingo, a imaginarse anciana, descansando acostada sobre el c\u00e9sped, en un desconocido bosque de sarrapios.<\/p>\n<p>\u2013\u00bfQu\u00e9 te pasa, Julieta?\u00ac \u2013les pregunt\u00f3 a sus ojos h\u00famedos. Pero s\u00f3lo le respondi\u00f3 la transparencia moment\u00e1nea y sin alma del espejo, que enseguida retorn\u00f3 a su reflexi\u00f3n de siempre y le permiti\u00f3 mirarse las l\u00e1grimas con sus propias pupilas.<\/p>\n<p>Tuvo, sin embargo, \u00e1nimo suficiente para retocarse, y, en segundos, la magia de su belleza jovial inund\u00f3 su rostro por momentos resistente a la sonrisa, y, entonces, volvi\u00f3 a ser Julieta \u00c1lvarez, ella misma, ella que si estaba deprimida pod\u00eda llorar hasta la sensibilizaci\u00f3n de los unguis, pero cuando se encontraba feliz era capaz de romper la neblina con la luz refulgente y contagiosa de su sonrisa de fiesta.<\/p>\n<p>Se encontraba sola en su alcoba cuando sinti\u00f3 la primera contracci\u00f3n. Por eso la asaltaron los p\u00e1lpitos de sus hesitaciones difusas, las mismas que sol\u00edan hacerle temer que nadie estar\u00eda cerca de ella en los momentos postreros. As\u00ed que parapet\u00f3 la fragilidad de sus debilidades tras la armadura de acero de su fortaleza a toda prueba, aquella fortaleza femenina que muchas veces le hab\u00eda devuelto la luz a su hogar en horas de tinieblas, y, ah\u00ed s\u00ed, emprendi\u00f3 el camino que ya no desandar\u00eda.<\/p>\n<p>Se despidi\u00f3 sin prisa de su casa, de su mantel blanco con encajes y del cuadro color plata de la \u00daltima Cena siempre colgado en el mismo muro al fondo del comedor enorme, de su cocina limpia y ordenada donde tantas veces prepar\u00f3 la natilla y los bu\u00f1uelos con los que hizo m\u00e1s amables las novenas de aguinaldos en los diciembres idos, de las ventanas siempre abiertas por ella desde temprano para que los aires del oriente refrescaran las habitaciones, de las paredes, y de los techos, y de los rincones cargados de recuerdos, y le advirti\u00f3 a su ni\u00f1a rubia que ni ella ni sus hermanos podr\u00edan ser bruscos con el nuevo beb\u00e9 que muy pronto ir\u00eda a traerles de regalo, dej\u00f3 sobre el negro cabezal de la m\u00e1quina de coser, que se qued\u00f3 mir\u00e1ndola en silencio, el cartab\u00f3n amarillo de rayas negras, y abri\u00f3 el postigo y lo atraves\u00f3 con donaire, con la misma elegancia con que atraves\u00f3 mil veces, rumbo a la plazuela del mercado, la calle inolvidable de las palmeras que se mec\u00edan aunque no soplaran las brisas.<\/p>\n<p>Su ni\u00f1a observ\u00f3 cuando se cerr\u00f3 el postigo, pero quiso seguir viendo la imagen de la madre que se iba y, entonces, se dirigi\u00f3 veloz hacia la puerta, atraves\u00f3 el zagu\u00e1n y se par\u00f3 en el piso del umbral mirando hacia la calle. Estaba vestida por coincidencia con el traje blanco de flores en ramilletes y mariposas juguetonas emergido hac\u00eda poco tiempo de la m\u00e1quina de coser materna. Desde ah\u00ed alcanz\u00f3 a atisbarla cuando sub\u00eda, por la puerta trasera del lado opuesto, a bordo de un autom\u00f3vil elegante, anchuroso y de color lila que acababa de detenerse al frente de su casa.<\/p>\n<p>Julieta \u00c1lvarez se acomod\u00f3 en el puesto de atr\u00e1s, con su garbo de dama, y fue su coraz\u00f3n de madre el que le llam\u00f3 la atenci\u00f3n sobre la presencia de la ni\u00f1a solitaria parada sobre sus piececitos descalzos en el piso del umbral de la puerta; entonces volte\u00f3 a mirarla y, al comprobar su presencia, trat\u00f3 de esbozarle desde lejos la mejor de sus sonrisas, pero en ese momento volvieron a asaltarla y a incomodarla sin piedad los sobresaltos de la incertidumbre, se sinti\u00f3 triste, y lo que brot\u00f3 a su faz trigue\u00f1a fue tan solo el gesto peculiar que el doctor de Urgencias jam\u00e1s olvidar\u00eda. La ni\u00f1a rubia se qued\u00f3 mirando el coche lila mientras \u00e9ste comenzaba a rodar lentamente hacia el norte en busca de la calle de las palmeras, inocente por completo frente a los duros avatares que le preparaba la vida, y lo \u00faltimo que vio fue cuando la hacedora de sus d\u00edas volvi\u00f3 de nuevo a mirarla a trav\u00e9s del panor\u00e1mico trasero, y los ojos maternos se clavaron en sus ojos, y la mano diestra de la madre que ya jam\u00e1s retornar\u00eda se desped\u00eda de ella para siempre.<\/p>\n<p>______________<\/p>\n<p>El viejo Hospital del Estado se hallaba ubicado frente al mismo parque \u00e1rido, envejecido y melanc\u00f3lico donde una g\u00e9lida madrugada el ni\u00f1o ganador del concurso de canto de la escuela se hab\u00eda encontrado por vez primera cara a cara con la muerte, con el cuerpo del suicida desgonzado sobre el esca\u00f1o y el rev\u00f3lver negro con el que se hab\u00eda disparado ca\u00eddo a su lado en el piso yerto de la madrugada.<\/p>\n<p>El hospital era un inmenso caser\u00f3n, con un frente que ocupaba la cuadra entera y en el cual se destacaba la presencia de la capilla, aquella capilla c\u00e1lida y acogedora en la que los domingos celebraba misa para los m\u00e9dicos, las enfermeras y los enfermos un joven cura extranjero de lentes tan transparentes como su alma, de hablar enredado debido al precario dominio de la lengua local, y de quien luego vino a descubrirse que dorm\u00eda en el suelo, porque primero regal\u00f3 su almohada, pretextando dolores en el cuello, y despu\u00e9s el colch\u00f3n, invoc\u00e1ndolos en la espalda, y, finalmente, la cama, momento en que se supo que lo que sufr\u00eda en realidad eran dolores en el alma, preocupaci\u00f3n sin fondo por la suerte de los pobres, a quienes termin\u00f3 regal\u00e1ndoles la vida, sin que nadie se lo agradeciera y, en cambio, llev\u00e1ndose consigo los endurecidos reproches de la inmensa mayor\u00eda.<\/p>\n<p>Ten\u00eda el hospital varias puertas de acceso, pero era la m\u00e1s utilizada una angosta y peque\u00f1a situada en el extremo oriental, en l\u00edmites con el cementerio, por la cual se acced\u00eda al Departamento de Urgencias. Al frente de esta puerta se deten\u00edan las ambulancias que descend\u00edan raudas hacia el centro de asistencia p\u00fablica, haciendo ulular sus sirenas, mientras llevaban a bordo seres humanos ba\u00f1ados en sangre y enfrascados en una guerra a muerte por la vida.<\/p>\n<p>Cuando o\u00edan las sirenas a lo lejos, o a lo sumo cuando avistaban los veloces veh\u00edculos que aparec\u00edan por la esquina nororiental del parque y se lanzaban a descender en infernal carrera por la calle que pasaba frente al cementerio, en ansiosa b\u00fasqueda de la puertecita que daba ingreso a las posibilidades de supervivencia, los muchachos vecinos de aquel lac\u00f3nico terrapl\u00e9n con rostro de dehesa agonizante comenzaban a escuchar por doquier los gritos inevitables de \u201c\u00a1un herido!, \u00a1un herido!\u201d, y, pose\u00eddos de una curiosidad que fue siempre inagotable, emprend\u00edan veloz carrera hacia la portezuela de Urgencias, atravesando con ansiedad desbocada el susodicho parque, en forma diagonal para ganar tiempo y terreno, y en apenas unos instantes se deten\u00edan jadeantes frente a la parte posterior de la ambulancia, justo en el momento en que la puertecilla de ese lado del veh\u00edculo ca\u00eda y quedaba sostenida de unas cadenas a la estructura del automotor, y los auxiliares, con rapidez y eficiencia, halaban la camilla hacia el exterior. Entonces, aparec\u00eda ante sus ojos expectantes el herido del d\u00eda, y ve\u00edan c\u00f3mo la camilla era entrada, a empellones si resultaba necesario, entre gritos desesperados de \u201c\u00a1ap\u00e1rtense!, \u00a1ap\u00e1rtense!, \u00a1h\u00e1ganse a un lado!\u201d, y l\u00e1grimas y estertores, y ayes de los lesionados y de sus seres queridos, quienes, por lo general, llegaban en forma simult\u00e1nea, como tripulantes o pasajeros de otros veh\u00edculos que ven\u00edan escoltando a la camioneta hospitalaria.<\/p>\n<p>Julieta \u00c1lvarez no ten\u00eda por qu\u00e9 ingresar por ese lugar, pues para las se\u00f1oras encintas que arribaban a dar a luz exist\u00eda la puerta del Departamento de Maternidad. Por una chapetonada del piloto, sin embargo, el coche se detuvo cerca de la portezuela del Departamento de  Urgencias, y justo en el instante en que arribaban, no una, sino seis ambulancias al tiempo, en un bochinche espantoso, trayendo a bordo las v\u00edctimas de un accidente que acababa de suceder en un tenebroso tramo de carretera cercano a la ciudad llamado Pescadero, terror de los viajantes, enclavado en la magnificencia sobrecogedora del Ca\u00f1\u00f3n del Chicamocha, entorno agreste, salpicado de gargantas, desfiladeros y abismos de espeluzno, pero poseedor de una imponencia grandiosa que s\u00f3lo mucho despu\u00e9s empezar\u00eda a valorarse como atracci\u00f3n tur\u00edstica.<\/p>\n<p>Julieta \u00c1lvarez se qued\u00f3 dentro del coche, en un pacto t\u00e1cito con el conductor, a la espera de que se iniciara y se cumpliera la recepci\u00f3n del personal damnificado que tra\u00edan las ambulancias.<\/p>\n<p>\u2013Eh, avemar\u00eda \u2013coment\u00f3 en voz baja\u2013. Para uno morirse, no hay urgencia.<\/p>\n<p>As\u00ed que piloto y pasajera decidieron aguardar el dram\u00e1tico transcurrir de la zozobra.<\/p>\n<p>El ni\u00f1o ganador del concurso escolar de canto de su escuela, el mismo ni\u00f1o descubridor de los responsos ininteligibles del cura de sotana blanca que en la entrada del cementerio se los vend\u00eda cantados o rezados a los dolientes de los viajeros sin equipaje que se hab\u00edan marchado en busca de lo eterno, el mismo descubridor casual del faquir pobre, de su lamentable espect\u00e1culo y de la infinitud entristecedora de su alma desolada, en fin, el mismo ni\u00f1o que, a cambio de una moneda de cinco centavos, les contaba cuentos inveros\u00edmiles a los cr\u00e9dulos chicos de su entorno, aquel mismo ni\u00f1o se ech\u00f3 a correr veloz, al igual que lo hicieron los muchachos que en esos momentos compon\u00edan su auditorio, hacia el viejo Hospital del Estado, con la m\u00e1xima velocidad que le permit\u00edan, no s\u00f3lo sus condiciones atl\u00e9ticas poco competitivas, sino la incomodidad de sus ra\u00eddas cotizas, tan pronto como empez\u00f3 a llegar hasta sus o\u00eddos infantiles el ulular  sostenido de las seis ambulancias angustiadas por llegar pronto a su destino.<\/p>\n<p>El peque\u00f1o contador de relatos oy\u00f3 acercarse los aullidos desordenados de las sirenas justamente cuando m\u00e1s emocionante se proyectaba el cuento que les estaba narrando a los dem\u00e1s muchachos de la cuadra, una m\u00e1s de esas aventuras que acostumbraba inventarse, aventuras de todo tipo dentro de las cuales hac\u00eda actuar en llave a Superm\u00e1n el hombre de acero, a Santo el enmascarado de plata y al Charrito de Oro, este \u00faltimo un h\u00e9roe de corta edad que ni el mismo relator entend\u00eda c\u00f3mo era posible que convenciera con sus supuestas haza\u00f1as a aquel grupo de chicos tontos, si se trataba de un mocoso enclenque, p\u00e1lido como una vela de sebo,  cuyo cuerpo nadaba dentro de un espacioso traje de charro mexicano del cual lo que m\u00e1s destacaba era el sombrero gigantesco, porque le hac\u00eda ver m\u00e1s precario el tama\u00f1o min\u00fasculo de su cabeza, y a quien le sobraba tela en las botas de los pantalones, los que, por f\u00edsica falta de modista, le arrastraban por el suelo, personaje aquel que, seg\u00fan se le\u00eda en los c\u00f3mics que alquilaba do\u00f1a Celia, dizque impon\u00eda la ley en el lejano oeste con su semblante lastimero y su pistolita de verg\u00fcenza.<\/p>\n<p>Por eso, y porque aun despu\u00e9s de partir las ambulancias de regreso, por una extra\u00f1a coincidencia de la vida no abandon\u00f3 enseguida la puerta de Urgencias, el relator infantil todav\u00eda se encontraba parado frente al min\u00fasculo port\u00f3n que daba acceso a la esperanza. Se hallaba solitario, pues sus amigos hab\u00edan vuelto a correr de inmediato hacia el esca\u00f1o donde con su voz les proyectaba sus originales pel\u00edculas sin imagen, desde luego con el fin de asegurarse la mejor ubicaci\u00f3n, el puesto m\u00e1s cercano al narrador, quien por l\u00f3gicas razones ya ten\u00eda privilegiado el suyo. Se encontraba, pues, ah\u00ed, solo, de pie frente a la puerta peque\u00f1a y angosta del servicio de Urgencias, justo en el momento en que se abri\u00f3 la portezuela trasera del auto lila que minutos antes se hab\u00eda detenido, para permitirle, por fin, a la pasajera que tra\u00eda a bordo el abandono del veh\u00edculo.<\/p>\n<p>Tan pronto la vio descender del coche, el ni\u00f1o record\u00f3 la escena de a\u00f1os atr\u00e1s, rememor\u00f3 a aquella mujer joven y bonita, trigue\u00f1a y esbelta, de cabellos rizados y ojos profundamente oscuros, a la que, en medio de una expectante multitud agolpada frente a su casa, le hab\u00eda informado que acababan de descubrir al hombre sin sentidos y le hab\u00eda preguntado c\u00f3mo deb\u00eda llamarse la persona que, como aquel infeliz, careciera de todos ellos, y hasta hab\u00eda puesto en sus manos el peri\u00f3dico del d\u00eda que publicaba la sensacional noticia. No le cupo duda alguna. Jam\u00e1s habr\u00eda de caberle duda alguna: era ella.<\/p>\n<p>Incluso, record\u00f3 perfectamente la voz, aquella voz femenina que, con un particular acento de otra tierra, le hab\u00eda dado esa vez al gent\u00edo los anhelados datos sobre la anosmia, la ageusia y la anafia.<\/p>\n<p>S\u00ed: aquella voz del otro d\u00eda era, por supuesto, la misma voz que ahora, y de nuevo en su presencia, le acababa de hacer saber al portero del viejo hospital del Estado hacia d\u00f3nde se dirig\u00eda.<\/p>\n<p>La misma voz que, adem\u00e1s, le respondi\u00f3 enseguida al guardia uniformado la pregunta inevitable acerca de su identificaci\u00f3n.<\/p>\n<p>Fue a este a quien le dio su nombre y su apellido mientras pon\u00eda en sus manos un peque\u00f1o documento en forma de librillo:<\/p>\n<p>\u2013Soy Julieta \u00c1lvarez.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"aligncenter size-large wp-image-55634\" src=\"https:\/\/oscarhumbertogomez.com\/wp-content\/uploads\/2024\/11\/dreamstime_xxl_65812319.jpg-704x1024.jpeg\" alt=\"\" width=\"640\" height=\"931\" srcset=\"https:\/\/oscarhumbertogomez.com\/wp-content\/uploads\/2024\/11\/dreamstime_xxl_65812319.jpg-704x1024.jpeg 704w, https:\/\/oscarhumbertogomez.com\/wp-content\/uploads\/2024\/11\/dreamstime_xxl_65812319.jpg-206x300.jpeg 206w, https:\/\/oscarhumbertogomez.com\/wp-content\/uploads\/2024\/11\/dreamstime_xxl_65812319.jpg-768x1117.jpeg 768w, https:\/\/oscarhumbertogomez.com\/wp-content\/uploads\/2024\/11\/dreamstime_xxl_65812319.jpg-1056x1536.jpeg 1056w, https:\/\/oscarhumbertogomez.com\/wp-content\/uploads\/2024\/11\/dreamstime_xxl_65812319.jpg-1408x2048.jpeg 1408w, https:\/\/oscarhumbertogomez.com\/wp-content\/uploads\/2024\/11\/dreamstime_xxl_65812319.jpg-scaled.jpeg 1760w\" sizes=\"auto, (max-width: 640px) 100vw, 640px\" \/><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><iframe loading=\"lazy\" width=\"560\" height=\"315\" 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