{"id":4575,"date":"2012-06-20T12:09:18","date_gmt":"2012-06-20T17:09:18","guid":{"rendered":"http:\/\/www.oscarhumbertogomez.com\/?p=4575"},"modified":"2025-02-03T17:33:27","modified_gmt":"2025-02-03T22:33:27","slug":"un-minuto-de-protesta-por-oscar-humberto-gomez-gomez","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/oscarhumbertogomez.com\/?p=4575","title":{"rendered":"Un minuto de protesta.  Por \u00d3scar Humberto G\u00f3mez G\u00f3mez"},"content":{"rendered":"<div id=\"attachment_4605\" style=\"width: 510px\" class=\"wp-caption aligncenter\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" aria-describedby=\"caption-attachment-4605\" class=\"size-full wp-image-4605\" title=\"Estudiante asesinado por un celular\" src=\"https:\/\/lapiedrafilosofal.com\/wp-content\/uploads\/2012\/06\/JUAN-GUILLERMO-G\u00d3MEZ-OSPINA-II.jpg\" alt=\"\" width=\"500\" height=\"675\" srcset=\"https:\/\/oscarhumbertogomez.com\/wp-content\/uploads\/2012\/06\/JUAN-GUILLERMO-G\u00d3MEZ-OSPINA-II.jpg 500w, https:\/\/oscarhumbertogomez.com\/wp-content\/uploads\/2012\/06\/JUAN-GUILLERMO-G\u00d3MEZ-OSPINA-II-222x300.jpg 222w\" sizes=\"auto, (max-width: 500px) 100vw, 500px\" \/><p id=\"caption-attachment-4605\" class=\"wp-caption-text\">JUAN GUILLERMO G\u00d3MEZ OSPINA<\/p><\/div>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Emilia Luc\u00eda se asom\u00f3 sonriente a la puerta de mi oficina y me pregunt\u00f3 desde all\u00ed si yo la recordaba. Por supuesto que s\u00ed la ubiqu\u00e9 de inmediato en mi memoria. En el brev\u00edsimo lapso en que hablamos, me coment\u00f3 de sus hijos -como lo hacen todos los padres que se sienten orgullosos de ellos- y yo -que tambi\u00e9n me siento orgulloso de los m\u00edos- le sintetic\u00e9 en qu\u00e9 andaban. Coincidimos en que hab\u00edamos terminado con hijos estudiando en Bogot\u00e1.<\/p>\n<p>Hoy, en medio de la indignaci\u00f3n y el asombro, descubro cu\u00e1nto se parecen a m\u00ed quienes forman mi c\u00edrculo de amigos, de allegados, de conocidos. Y es que tenemos un com\u00fan denominador: todos, en una forma o en otra, mantenemos una estrecha relaci\u00f3n con los libros. Alrededor de los libros -y por ese camino alrededor del estudio- se nos han ido todos estos a\u00f1os de nuestras vidas, siempre inculc\u00e1ndoles a nuestros hijos el mismo inter\u00e9s por la superaci\u00f3n personal en torno al libro, a la lectura y a la investigaci\u00f3n bibliogr\u00e1fica que nos anim\u00f3 la existencia. Y esa similitud de intereses, esa coincidencia en que la mejor herencia que les podemos dejar a nuestros hijos es el conocimiento, acaso siguiendo inconscientemente la pr\u00e9dica de Desiderata, &#8220;<em>Ama siempre tu profesi\u00f3n por humilde que sea; ella es un tesoro en el fortuito cambiar de los tiempos&#8221;<\/em>, ha hecho que siempre coincidamos en escenarios donde, de una forma o de otra, se cultiva el amor por los libros. No fue casual, entonces, que a mi esposa la haya conocido en el lanzamiento de un libro, ni que mi libro de historia me haya tra\u00eddo nuevos y valiosos amigos, ni que mi casa sea frecuentada por j\u00f3venes estudiantes, los amigos de mis hijos. Jam\u00e1s podr\u00eda ser amigo m\u00edo aquel zafio de quien Orlando Cancelado cuenta que se ufanaba de que ni \u00e9l ni sus hijos para salir adelante en la vida hab\u00edan necesitado de los libros.<\/p>\n<p>Por ello, cuando la tragedia toca a una persona cuya relaci\u00f3n con el estudio era estrecha, se acent\u00faa, inevitablemente, aquella sensaci\u00f3n de desamparo que nos agobia cuando la tragedia toca, simple y llanamente, a un ser humano. Porque ya no es solamente ese sentimiento gen\u00e9rico de solidaridad que, por fortuna, nos hace sentir cada d\u00eda miembros de la especie e identificados con el formidable pensador que acu\u00f1\u00f3 la frase de que &#8220;<em>Soy un ser humano; por ello, nada de lo que le pase a la humanidad me puede ser indiferente<\/em>&#8220;. Ya no son solamente los albores de la inteligencia emocional que empezaban a vislumbrarse en el memorable ep\u00edgrafe &#8220;<em>No preguntes por qui\u00e9n doblan las campanas; est\u00e1n doblando por ti<\/em>&#8220;. Es que, en este caso, la afrenta es todav\u00eda m\u00e1s pr\u00f3xima, porque se matan los sue\u00f1os, se asesina el porvenir, se destruye la ilusi\u00f3n, se acaba con todo el m\u00e1gico mundo que se ha construido alrededor de los libros.<\/p>\n<p>Juan Guillermo G\u00f3mez Ospina era, apenas, un muchacho de 25 a\u00f1os y ya contaba con una formaci\u00f3n acad\u00e9mica s\u00f3lida y, por consiguiente, con un ma\u00f1ana promisorio. Hab\u00eda obtenido su t\u00edtulo de Abogado en la prestigiosa escuela de leyes del Externado de Colombia y hab\u00eda sido galardonado con una beca para cursar sus estudios de Postgrado en la reputada Universidad de Harvard, en los Estados Unidos de Am\u00e9rica. Por provenir de la familia de la que fue tronco don Rafael Ospina Londo\u00f1o no es dif\u00edcil adivinar su inclinaci\u00f3n al esfuerzo personal y al trabajo honrado, y por estar vinculado consangu\u00edneamente a V\u00edctor Manuel no es complicado intuir, con alto grado de certidumbre, su aproximaci\u00f3n a la m\u00fasica.<\/p>\n<p>Hace algunos meses, Emilia Luc\u00eda, la hermana menor de los Ospina, se par\u00f3 frente a la puerta de mi oficina e interrumpi\u00f3 mi dictado pregunt\u00e1ndome, con una sonrisa, si me acordaba de ella. No me dio tiempo de responderle: se identific\u00f3 y al segundo siguiente ya me estaba platicando, sin dejar de sonre\u00edr, acerca de sus hijos, y yo le estaba platicando de los m\u00edos, todo en un di\u00e1logo apurado, de apenas un par de minutos, al cabo de los cuales me entreg\u00f3 su tarjeta personal, sobre la cual me escribi\u00f3 apresuradamente sus n\u00fameros de celular a mano. No volv\u00ed a verla, ni a hablar con ella desde aquel d\u00eda.<\/p>\n<p>Ayer abr\u00ed la prensa por Internet y me enter\u00e9 de que hab\u00edan asesinado, el domingo en la madrugada, a un joven de 25 a\u00f1os por robarle su tel\u00e9fono celular. Una especie de cerco empez\u00f3 a cerrarse sobre mis sentimientos cuando le\u00ed que la v\u00edctima era de Bucaramanga, mi ciudad natal. Se cerr\u00f3 m\u00e1s cuando le\u00ed que el crimen hab\u00eda sucedido en el barrio Los Rosales, a donde siempre voy cuando me encuentro en la capital por cuanto all\u00ed reside uno de los hermanos de mi esposa. Se cerr\u00f3 m\u00e1s cuando le\u00ed que el apellido del occiso era G\u00f3mez, como el m\u00edo. Se cerr\u00f3 m\u00e1s cuando le\u00ed que era abogado, como yo. Ya para entonces, y con solo ese haz de coincidencias, hab\u00eda decidido publicar en mi portal una nota de protesta.<\/p>\n<p>Lo que no me imagin\u00e9 nunca fue el hecho de que el cerco iba a resultar m\u00e1s estrecho todav\u00eda: la v\u00edctima, el joven abogado de 25 a\u00f1os Juan Guillermo G\u00f3mez Ospina, habr\u00eda de resultar siendo miembro de una respetable familia con ra\u00edces antioque\u00f1as a cuyo seno llegu\u00e9 hace muchos a\u00f1os al principiar mi carrera universitaria. Este estrechamiento empez\u00f3 a suceder cuando mi hijo mayor, quien me oy\u00f3 despotricar en voz alta contra la inseguridad en Bogot\u00e1, baj\u00f3 a decirme que el joven asesinado hab\u00eda sido su compa\u00f1ero de estudios en el Colegio San Pedro Claver; incluso el segundo apellido, Ospina, me lo dio \u00e9l, porque la prensa, para ese momento, \u00fanicamente mencionaba el primero.<\/p>\n<p>Despu\u00e9s, mi madre me hizo saber que Juan Guillermo result\u00f3 ser sobrino de Luisa Fernanda, quien fue mi compa\u00f1era de estudios en la Universidad Aut\u00f3noma de Bucaramanga durante el lapso en que incursion\u00f3 en las lides del Derecho antes de decidirse por la Educaci\u00f3n Preescolar. Gracias a ella, llegu\u00e9 a conocer a esta familia, de eso hace treinta y siete a\u00f1os.<\/p>\n<p>Finalmente, arrib\u00e9 a la conclusi\u00f3n inevitable: Juan Guillermo, el joven abogado asesinado por un celular, era hijo de Emilia Luc\u00eda; precisamente, uno de aquellos hijos de los que ella me habl\u00f3 con tanto orgullo, en la fugacidad de un par de minutos, parada en la puerta de mi oficina.<\/p>\n<p>Realmente, no s\u00e9 qu\u00e9 decir frente a algo tan extremadamente absurdo. Tan solo atino a enviar a su padre, el Dr. Andr\u00e9s G\u00f3mez G\u00f3mez (m\u00e1s coincidencias: yo soy G\u00f3mez G\u00f3mez y uno de mis hijos se llama Sergio Andr\u00e9s), a Emilia Luc\u00eda, por supuesto, y a toda la familia, consangu\u00ednea y pol\u00edtica, de Juan Guillermo, mi saludo de condolencia y mi voz de solidaridad en estos momentos de dolor, indignaci\u00f3n, desconcierto e incertidumbre, que apenas comienzan.<\/p>\n<p>Pedir justicia en este pa\u00eds no puede dejar de generar una vaga sensaci\u00f3n de anticipado desencanto. De todos modos, lo menos que podemos hacer es pedirla.<\/p>\n<p>Pedirla, cuando menos como miembros de la sociedad. &nbsp;Hace unos a\u00f1os, el Consejo de Estado sent\u00f3 una jurisprudencia seg\u00fan la cual cuando el Estado deja irregularmente libres a los culpables de un crimen, sus familiares no tienen derecho alguno a ser indemnizados por el da\u00f1o moral que tama\u00f1a afrenta les causa, porque eso ser\u00eda patrocinar la &#8220;venganza&#8221;. A la parte civil dentro de los procesos penales lleg\u00f3 a quit\u00e1rseles la posibilidad de impugnar decisiones sobre dosificaci\u00f3n de la pena que favorecieran al responsable, pues eso implicar\u00eda admitir la &#8220;venganza&#8221;.<\/p>\n<p>Ojal\u00e1 los que pontifican acerca de que clamar por justicia es pedir &#8220;venganza&#8221; (hablando, desde luego, sobre la situaci\u00f3n ajena), y que en tal sentido legislan o sientan doctrina, experimentaran el dolor que hoy deben estar sintiendo Emilia Luc\u00eda, su dign\u00edsimo esposo y su atribulada familia ante esta canallada y ante la imagen imborrable de su joven ser querido yaciendo boca abajo sobre el fr\u00edo asfalto de una oscura y g\u00e9lida calle bogotana.<\/p>\n<p>As\u00ed quiz\u00e1s entender\u00edan que cuando los ciudadanos de bien clamamos por un derecho penal menos alcahueta, no es porque nos anime el esp\u00edritu de la venganza, sino porque, sencillamente, quienes pagamos impuestos y trabajamos con honradez creemos tener derecho a que, alg\u00fan d\u00eda, podamos circular por las calles sin temor a que nos maten, como este cuarteto de rufianes mataron a Juan Guillermo de una cobarde pu\u00f1alada.<\/p>\n<p>Una pu\u00f1alada cobarde que volvi\u00f3 a cortar &#8211; por en\u00e9sima vez en esta sociedad enferma- no s\u00f3lo la juventud y la inteligencia, sino, de paso, la alegr\u00eda, el porvenir y la esperanza.<br \/>\n&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>&nbsp; Emilia Luc\u00eda se asom\u00f3 sonriente a la puerta de mi oficina y me pregunt\u00f3 desde all\u00ed si yo la recordaba. 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