Crónicas del ayer // PILAR ANGARITA. Capítulo V. Por Óscar Humberto Gómez Gómez

 

El tiempo transcurre de manera inexorable y va dejando en el cuerpo, en la mente y en el corazón de quienes hubimos de compartir la misma época las huellas de su paso a lo largo de nuestras vidas. El poeta chileno Pablo Neruda lo resume de manera magistral y certera en el poema 20 de “Veinte poemas de amor y una canción desesperada”: “Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”. Me basta observar mi imagen en el espejo mientras por enésima vez me afeito para comprobarlo: no tengo el mismo rostro, ni el mismo cabello intensamente negro del que decían que parecía un azabache, ni la misma mirada juvenil cargada de esperanzas. Tampoco es la misma mi mente. Como dice el proverbio árabe, “la vejez comienza cuando los recuerdos empiezan a pesar más que los sueños”. De aquel joven abogado que te hablaba de la majestad de la justicia, de la dignidad de la abogacía, de que si Dios le diera la oportunidad de volver a la tierra volvería a ser abogado, ya no queda nada, Pilar. Nada, excepto (como de todo) el recuerdo, la remembranza nostálgica de cuando lo decía. Ahora, frente al espejo, con la cara llena de espuma Gillette, con la máquina de afeitar desechable paseándose a ras sobre las zonas de mi cara donde se ha asomado la incipiente barba que alcanzó a crecer durante la noche, vuelvo a descubrir otra vez que el tiempo ha avanzado por mi vida con los mismos ímpetus con que lo hizo en la vida de mis amigos de juventud a los que sigo viendo de vez en cuando, en la de los amigos a quienes volví a ver después de muchos años, y seguramente en la de aquellos otros amigos a los que no volví a ver nunca más, de algunos de los cuales me he enterado, casi siempre mucho tiempo después, que ya jamás me los habré de encontrar en cualquier esquina en la que coincidamos a la espera de que nos cambie la luz del semáforo, o en cualquier centro comercial a donde vayamos a hacer alguna compra o a comernos un cono de helado, o en cualquier mesa de restaurante a donde vayamos a almorzar fuera de casa.

 

 

Acerca de la amistad se han dejado para la historia frases memorables que a mí me gusta repetir en las ocasionales oportunidades en que hago uso de la palabra durante alguna celebración en honor a un amigo. También las uso como epígrafe antes de entrar a abordar algún tema o de escribir una crónica que tenga que ver con algún acontecimiento especial de mi vida. Me gusta la de Benjamín Franklin: “Un hermano puede no ser un amigo, pero un amigo siempre será un hermano”. O la de Francisco Bacon: “Sin la amistad el mundo es un desierto”. O la de Pedro Calderón de la Barca: “Es parentesco sin sangre una amistad verdadera”. O la de Mohammed Alí: “Si no has aprendido el significado de la amistad, realmente no has aprendido nada”. O la Ralph Waldo Emerson: “Un amigo es una persona con la que se puede pensar en voz alta”. O, en fin, la de Aristóteles: “Si los ciudadanos practicaran entre ellos la amistad, no tendrían necesidad de la Justicia”.
En cuanto a las mujeres que me han honrado con su amistad, hace mucho tomé una decisión personal: que ninguna de ellas es mayor que yo y que a mis ojos jamás envejecerán y siempre serán hermosas porque con ellas se harán realidad en mí las palabras que el Lobo le dice al Principito en la preciosa obra de ese genio de la literatura que fue y será eternamente el gran escritor, pintor y aviador francés Antoine de Saint- Exuperry: “Sólo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible a los ojos”.

 

 

Pero, y ¿qué fue de ti, Pilar? ¿Qué fue de tu alegría desbordante?, ¿qué de tu liderazgo natural? ¿qué de tu sonrisa amable y tu hablar apresurado, ese hablar siempre vivaz que parecía como si quisieras velozmente iluminar todo a tu alrededor con la contagiosa energía de tus actividades colegiales y la radiante luz de tus proyectos juveniles?
Inevitablemente mi memoria retrocede hasta aquella llamada telefónica que años más tarde recibo de tu hermana. Sí: quien me llama por teléfono mucho después de que las gradas de Las Acacias han ingresado al cofrecito forrado en terciopelo que guardo herméticamente dentro de mi corazón y donde mantengo a salvo de los estragos del tiempo la hermosura sin par de mis buenos recuerdos; sí: lo hace esa hermana de pelo rojizo con la que prácticamente no llego a cruzar palabra alguna allá en las gradas de Las Acacias durante el breve tiempo que dura nuestra amistad. Mi secretaria me ha dicho que me necesita… (y da el nombre de ella) y enseguida precisa que “es la hermana de su amiga Pilar Angarita”. Desde la perspectiva que entonces tengo de la amistad, es como si me estuvieras llamando tú misma a través de tu hermana. Yo he descolgado el aparato telefónico y la he saludado. La percibo muy gentil, con una dulzura que me desconcierta. Pienso que quizás ha cambiado con los años. O talvez no es que haya cambiado, sino que siempre fue dulce, pero yo no tuve la perspicacia de descubrirlo. A lo mejor, como suele ocurrir con muchas personas, no es que no sea dulce, sino que es tímida y da una falsa impresión de dureza. Ella me dice que el motivo de su llamada es que un amigo de tu familia, un viejo amigo del Cesar, necesita consultarme algo grave que le ha sucedido en su finca ganadera y quiere saber si es viable una demanda en contra del Estado, pero yo, antes de responderle cualquier cosa, le pregunto por ti y entonces indirectamente me entero de la trágica noticia. Me llama la atención que ella no haya empezado por contármela. Es inevitable: a partir de ahí la conversación telefónica se extiende y se centra, no en lo que le ha sucedido al amigo de tu familia con su ganado, sino en lo que le ha sucedido a ella misma, a su entorno familiar y, por supuesto, a ti. Convenimos en que, más bien, vendrá a mi oficina personalmente junto con el amigo de la familia que requiere de mis orientaciones. Y ese día llega muy pronto, como era lógico que llegara, pues la cito para el día siguiente. No porque me interese el caso de su amigo, sino porque quiero saber más cosas de ti, quiero saber cómo te encuentras después de algo tan espantoso.

 

 

Ahora tu hermana se halla sentada frente a mi escritorio como tú lo estuviste tantos años atrás cuando eras una jovencita estudiante de undécimo grado del Colegio de la Presentación y me fuiste a pedir, al frente de un grupo de tus condiscípulas, que les diera a ti y a las alumnas de undécimo una conferencia sobre los géneros literarios. Descubro que tu hermana es muy bonita, culta y educada. Es increíble que no me hubiese dado cuenta de ello antes. Cuando sus ojos se le humedecen mientras me va describiendo lo sucedido, ante la mirada seria y atenta de su acompañante, me parece aún más hermosa y dulce. Tenía que ser hermana tuya para serlo. Ella me sigue narrando los antecedentes del inconcebible suceso mientras yo no le aparto la mirada de sus bellos y entristecidos ojos. Cuando llega a los momentos oscuros del crimen, del horroroso crimen, del crimen cobarde que hombres sin entrañas consuman contra una mujer indefensa que ha respondido al llamado que le acaban de hacer tocando a la puerta de su casa abriéndola con total confianza, el relato se interrumpe con su llanto y ni el acompañante ni yo atinamos a expresar algo que de alguna manera sirva para paliar ese dolor revivido; a mí solo se me ocurre levantarme de mi silla para acercarme a ella, abrazarla y decirle una frase que casi de inmediato me molesta porque la he escuchado decir muchas veces, tantas que ya me parece una frase de cajón y no la expresión de un sentimiento sincero de solidaridad:
—Lo siento mucho, de verdad —le digo—. Lo siento muchísimo. ¡Qué vaina! ¡Definitivamente este país está acabado!

 

 

(CONTINUARÁ)

 

ILUSTRACIÓN: “Señora”. Juan Quiroga (“Kiroga”).

 

ÓSCAR HUMBERTO GÓMEZ GÓMEZ. Miembro del Colegio Nacional de Periodistas (CNP). Miembro de Número de la Academia de Historia de Santander. Miembro de la Sociedad de Autores y Compositores de Colombia (SAYCO). Miembro del ilustre y desaparecido Colegio de Abogados de Santander.

 

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