Ramiro Colmenares, su acordeón y su sonrisa (II). Por Óscar Humberto Gómez Gómez

 

El que a los hermanos Cayetano Rugeles Mantilla y Norberto Rugeles Mantilla se les hubiese ocurrido montar la heladería “Tentación “, que fue como la bautizaron, había de ser, conforme lo sugerí en el capítulo pasado, lo que me permitiría conocer personalmente a quien ya sería para ese momento una figura artística en fulgurante progreso.

 

 

No tengo claro si para entonces Ramiro aún vivía con sus padres y sus hermanos, o si ya había formado su propio hogar, aunque luego de repasar las imágenes difusas de mi memoria preferiría optar por esto último. Lo cierto es que aquel pequeño apartamento donde nos recibió, en pantaloneta, con unos zapatos sin medias y una camiseta estampada con alguna propaganda no recuerdo de qué, se hallaba ubicado en la entonces todavía naciente Urbanización Bucarica, un sector mucho más pequeño que el actual y mucho menos poblado, a donde se habían trasladado amistades a las que yo conocía de años atrás, como las Meneses, y a donde tuve que empezar a ir, a bordo de mi viejo Chevrolet 55 azul celeste, para llevar hasta su hogar a una de ellas, a Mireya, la joven nortesantandereana que años atrás había despertado mis sentimientos y quien para ese momento, luego de haber residido en Venezuela, había regresado a Bucaramanga y después de vivir un tiempo junto a los suyos en la casa esquinera de siempre, cercana a la mía, allá en el histórico barrio García Rovira, había emigrado junto a sus hermanas a la nueva urbanización florideña, misma que ya se perfilaba como un centro aglutinador de la gente cuya vida transcurría, autopista de por medio, entre la Señora de las Cigarras y la vecina Capital Nacional de las Obleas.

 

 

En mi imaginario de joven profesional de veinte y tantos años, Bucarica era el barrio donde vivía el artista Ramiro Colmenares y donde yo lo había conocido en la plenitud de su naciente éxito, su estatura menuda, su cuerpo delgado, su sonrisa amigable y su sencillez manifiesta.

Empero, gracias a haber dado comienzo a mis constantes idas al aún joven barrio, conocería a otras personas que también marcarían años más tarde mis recuerdos.

Una de ellas sería don Luis Felipe Parra.

 

 

Don Luis Felipe Parra, un hombre mayor que yo, jovial y amable, de brillante cabello negro peinado hacia atrás, contextura medianamente robusta, estatura ligeramente menor que la mía y a quien recuerdo esbozando siempre una sonrisa sin separar los labios, había inaugurado en un recodo de la calle principal una pequeña hamburguesería cuyos productos, regados con el rojo exuberante de la salsa de tomate y el amarillo resplandeciente de la mostaza, me parecían realmente deliciosos, aunque debo aclarar que su delicia no empezaba a percibirla tan solo cuando hacían el feliz contacto con mi boca, pues, al igual que sucede con toda comida exquisita, la de don Luis Felipe comenzaba a seducirme gracias al embrujo de su atrayente presencia visual y la conquista que su olor cautivador hacía de mi olfato.

 

 

A raíz de mi continua presencia nocturna en el barrio y frente a su iluminada y concurrida caseta callejera, con don Luis Felipe Parra terminamos entablando una amistad que siempre giró en torno a las conversaciones acerca de temas amables y ligeros, sin intoxicar jamás la naciente relación de amigos con esos asuntos que como la política, la religión y el fútbol impiden que nazcan amistades o terminan destruyendo o cuando menos deteriorando las ya existentes, en ocasiones para siempre.

De vez en cuando llegaba hasta allí Ramiro, con su atuendo sin pretensiones, la espontaneidad de su alegría y el saludo igualmente espontáneo que regala quien no está interesado en que se le rinda tributo de admiración alguno como consecuencia de su fama.

 

 

El que viviera allí alguien que en el imaginario popular ya era una estrella de la discografía colombiana le daba al sector, al menos en mi sentir de joven abogado que iniciaba su ejercicio profesional pletórico de sueños y esperanzas, una distinción que, por desgracia, con el paso de los años y bajo la influencia destructiva de una opinión sesgada y casi siempre basada en los prejuicios que genera la diferencia de poder económico, habría de comenzar a venirse abajo, como se vinieron abajo finalmente mis idas al barrio y aquellas tardes y noches cálidas en las que alrededor de una cerveza helada y unas cuantas guitarras, mis amigos y yo rememoramos, en alguno de los recién estrenados apartamentos, viejas canciones colombianas, mexicanas, chilenas, argentinas y españolas, para afianzar nuestros lazos de afecto en torno a la hermosa sencillez de lo elemental y simple.

 

 

No supe en qué momento Ramiro se fue del barrio, pero supongo que su progreso artístico creciente le trajo también, como consecuencia lógica, un progreso igualmente ascendente en sus arcas que le permitió llegar a vivir mejor, evidencia de lo cual lo constituyó el hecho de que lo último que supe de él fue que se encontraba viviendo en la Mesa de Ruitoque y en las óptimas condiciones que, por lo demás, bien se merecía gracias a su talento, su don de gentes, su simpatía paradigmática y el cariño indeclinable por su tierra, rasgo este último de su personalidad que fue el que quizás más me llamó la atención de él durante el tiempo en que tuve el honor de conocerlo.

 

 

Y es que Ramiro pasó muy pronto de ser el joven integrante del apenas naciente grupo Los Embajadores Vallenatos, junto al también joven cantante Robinson Damián; de ser el sonriente y habilidoso intérprete, con el fuelle, los botones y los bajos de su acordeón festivo, de canciones como “La Juntera” y “El Plomo”, a convertirse en el famoso músico copiosamente contratado, junto a su famoso cantante y a los demás miembros de su talentosa agrupación musical; en uno de los artistas santandereanos más profusamente presentes en los medios de comunicación radial; en el artista exclusivo de la gran casa disquera que lo vinculó a su elenco y donde él brilló con luz propia como meritorio intérprete del instrumento alemán que después de la guitarra española habría de terminar convirtiéndose en símbolo instrumental del vallenato.

 

(CONTINUARÁ)

 

 

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