
Sí, Pilar: la siguiente vez que te vuelvo a ver es aquella inolvidable noche en que me encuentro caminando por los pasillos de la Clínica Quirúrgica, la misma que en los años 70 recuerdo ubicada frente al costado oriental del lejano parque de los Niños, pero que ahora ocupa la cercana esquina suroeste de la carrera 36 con la calle 42 en esta tierra de las cigarras, en esta ciudad aún apacible y todavía olorosa a sarrapio fragante y a café tostado donde treinta y dos años atrás vengo al mundo, no en las manos habilidosas de ninguna partera, como todavía lo hacen los niños pobres de mi generación, sino a bordo de la ingrávida y maravillosa nave de los sueños, según lo que me han confesado las hadas dulces y hermosas que de vez en cuando me visitan durante aquellos fantásticos atardeceres de arreboles en los que la Poesía, que todavía se resiste a morir en el olvido, me posibilita regresar a un pasado mágico que los demás no están en capacidad de ver ni de entender porque se encuentran atrapados por completo en los agitados menesteres de sus asuntos cotidianos. Paradójicamente, ya no recuerdo con exactitud por qué me encuentro en esa clínica aquella memorable noche. Me veo, sí, solitario, tranquilo, seguro de mí mismo, incluso elegante, vestido con un traje nuevo y oscuro que seguramente se confunde con la oscuridad del entorno, excepto, por supuesto, en los tramos del recorrido embaldosado donde hay una buena iluminación incandescente brillando desde el techo. En un momento cualquiera paso frente a una de las habitaciones ubicadas a mi derecha y observo, sin interés alguno en hacerlo, que la puerta está abierta. Casi que mecánicamente vuelvo a mirar de manera rápida hacia adentro mientras continúo mis pasos y es cuando de inmediato creo reconocerte; entonces detengo la marcha, retrocedo, me paro en el pasillo frente a la puerta y observo con más detenimiento a aquella joven vestida con piyama que yace acostada sobre una cama impecable y bien tendida mientras ojea un libro. Eres tú, por supuesto. Justo en los momentos en que me aproximo hacia la puerta para quedar exactamente debajo del dintel tú levantas la vista y te quedas mirándome entre sonriente y sorprendida. Antes de que tú hables, lo hago yo:
—¡Pilar! —exclamo—, ¿y eso? ¿tú qué haces aquí!
—¡Óscar Humberto!—, exclamas tú esbozando una sonrisa que ilumina la blancura de tu rostro—. ¡Qué agradable sorpresa!

No me atrevo a sobrepasar el umbral e ingresar a la habitación sin antes pedirte permiso.
—¿Puedo seguir?—, te pregunto.
—Claro que sí, Óscar Humberto—, me contestas sin dejar de sonreír—. Sigue con toda confianza.
Y entonces me aproximo hasta una prudente distancia del borde de tu cama.
Tú me explicas espontáneamente que te han hospitalizado porque has sufrido un ataque de vértigo.
—¿Y eso qué es!—, te interrogo intrigado.
Tú me respondes que uno siente súbitamente que el mundo empieza a darle vueltas y agregas que a eso se le llama síndrome vertiginoso y que se genera en el oído.
—¿En el oído?— te pregunto desconcertado —; ¿o sea que te está atendiendo un otorrinolaringólogo?
Tú me contestas que sí.
—¿Y quién te está atendiendo?—, te pregunto.
—El doctor Arturo Morales Rey—, me contestas.
El nombre del facultativo ya me es familiar.
—Ah, sí — te digo—, yo a él lo consulté una vez.
—Pero no por cuestiones del oido —agrego mientras tú, sin dejar de sonreír, has levantado una de tus cejas denotando sorpresa ante la coincidencia—, sino de mis cornetes.
—Es un médico muy prestigioso —remato—. Estás en buenas manos.
—Él es amigo de mi familia desde hace muchos años—, me cuentas.

Platicamos un poco y entonces considero que no debo extender mi inesperada presencia.
—Bueno, Pilar —te digo sonriendo—, me voy antes de que una enfermera venga a decirme que ya está muy larga la visita y me saque de una oreja.
—Nooo, Óscar Humberto —me corriges riendo—, yo no tengo restricción alguna para recibir visitas; al contrario, me agrada mucho que hayas venido a visitarme así sea por pura casualidad. Y no te preocupes, que nadie te va a sacar de una oreja, yo te defiendo.
—Gracias, Pilar —te digo con una amplia sonrisa.
Así que continuamos platicando.

—Óscar Humberto —me dices en algún momento—, muchas gracias de nuevo por la conferencia; nos calificaron muy bien por la actividad; fue una suerte haberte conseguido, ojalá que no sea la última vez.
—Ah, no, por supuesto que no, Pilar —te digo sin saber por qué lo digo, ni en qué sentido lo digo.
Y entonces tú pasas a exteriorizarme el deseo que terminará acercándonos durante el que será un bonito segmento de nuestras vidas:
—Cuando ya me sienta bien —me dices— me gustaría ir con mis compañeras a tu oficina a llevarte un presente de gratitud que te compramos.
Pero enseguida me preguntas como si hubieras incurrido en una indiscreción:
—¿Te lo podemos llevar a tu oficina, ¿verdad?
—Pues de antemano muchas gracias, Pilar —te respondo—, pero no era necesario que se molestaran.
—No ha sido ninguna molestia, Óscar Humberto—, me rectificas—. Es una bobada que queremos darte con todo cariño.
—Ah, bueno —te digo—, si ustedes insisten… De todas maneras para mí será un honor que me visiten de nuevo.
—Gracias, Óscar Humberto— me dices sonriendo.
—Aunque… —se me ocurre decirte— yo podría más bien recogerlo.
—Ah, bueno, perfecto — me dices—; si gustas, puedes ir por él a donde vivo aquí en Bucaramanga.
—Y antes me haces la visita— agregas riéndote.
A mí me llama la atención que subrayes eso de “donde vivo aquí en Bucaramanga”.
—Disculpa —te pregunto entonces—; cómo es eso de “donde vivo aquí en Bucaramanga”: ¿es que no tienes tu casa aquí?
—No, Óscar Humberto —me respondes—; yo no soy de aquí, soy del Cesar; estoy viviendo aquí en un apartamento con mis dos hermanos, pero únicamente por lo del estudio, porque mi familia nos mandó a estudiar aquí en Bucaramanga.
—Ah, ya, entiendo— te digo.
A continuación te dispones a dictarme la dirección y me preguntas que si tengo dónde anotarla, pero me doy cuenta de que, como me suele ocurrir, no cargo un lapicero, ni nada, ni siquiera un papelucho en blanco, donde pueda escribir.
—No, qué pena —te digo realmente apenado—, no tengo dónde apuntarla, ni con qué.
—En casa de herrero, azadón de palo— complemento haciendo un gesto de resignación.
—No te preocupes —, me dices riéndote—; yo te la voy a anotar.
Y entonces tomas en tus manos un blog de colores que se halla, entre otros objetos, sobre la mesita de noche, y agarras un lapicero de evidente toque femenino que igualmente se encuentra allí. Luego de anotarme la dirección, retiras la hojita del blog y me la entregas. Yo leo mentalmente lo que acabas de escribir en ella.
—Gracias, Pilar —te digo haciendo un gesto de amabilidad mientras la mantengo en la mano.
Después de conversar algunos minutos más nos despedimos. Yo me inclino para abrazarte, darte un beso en la mejilla y desearte una pronta recuperación. Tú me das las gracias por la visita. Para ese momento ya tengo claro que solamente permanecerás en la clínica hasta la mañana siguiente.
—Por allá te caigo—, te digo mientras muevo suavemente la hojita en el aire antes de guardarla en el bolsillo del saco y empezar a abandonar la habitación.
—Serás bienvenido— me dices con el esplendor de tu sonrisa sin maquillaje con el que habré de recordarte siempre.

Y te caigo, Pilar. Te caigo una noche de sábado en la que llego, con la hojita de tu blog en la mano, hasta el frontis del edificio Las Acacias. Me llama la atención que está ubicado unos metros más allá de la esquina en la cual la calle 55 se cruza con la avenida González Valencia, aquella esquina donde se yergue la elegante residencia de la familia Galvis Ramírez. La misma casa esquinera hacia la cual, una infortunada noche de diciembre, la niña Silvia Galvis corre angustiada en busca de auxilio mientras, prendido por el fuego de un fósforo de luces, se le comienza a incendiar el vestido blanco que está estrenando.
Sí: el edificio Las Acacias en cuyas gradas de entrada nos hallamos sentados conversando tú y yo la noche en que me cuentas el episodio del carro volador, el mismo que siendo apenas una niña te hace perder la fe en la veracidad de las personas mayores.
Sí: el edificio Las Acacias en cuyas gradas de entrada nos hallamos sentados conversando tú y yo la noche en que, bien lejos de imaginar la cascada cinematográfica que sobrevendrá y volverá mi sueño añicos, te hago la confidencia de que estoy escribiendo un cuento en el que relato la aparición de un dinosaurio en los riscos del norte de Bucaramanga, a un lado de la carretera que conduce al barrio Kennedy, y te doy en exclusiva la chiva de que se trata de un enorme reptil que nadie se explica cómo diablos llegó a aparecer allí; un animalazo absurdamente sobreviviente de los tiempos del jurásico que las autoridades locales deciden, luego de concertar con las nacionales, y estas con los gobiernos del mundo, y con las entidades científicas del país y del planeta, que lo exhibirán en un majestuoso e histórico desfile que se llevará a cabo a lo largo de toda la carrera 15 y hasta el extremo sur de la ciudad, y que contará con la participación de los previsibles carros de bomberos, de las inevitables autoridades civiles, eclesiásticas y militares, y de los ineludibles lagartos que a punta de intrigas y sobornos buscarán lograr que los dejen tomar parte en la caravana lo más cerca posible del asombroso personaje. Aquellas gradas donde tú me dices, moviendo la cabeza de lado a lado mientras sonríes, “muy imaginativo, Óscar Humberto“, y yo te sonrío también, pero con esa picardía del niño que acaba de hacer una pequeña travesura y en vez de recibir un reproche siente que le están celebrando su inocente pilatuna.
Sí: el edificio Las Acacias en cuyas gradas nos encontramos sentados conversando tú y yo aquella inolvidable noche en la que con toda la luz de tu alegría juvenil me presentas a tu mamá, quien se encuentra de visita, y cuando ella también se sienta en las gradas a conversar animadamente con nosotros me doy cuenta de que posee la misma sencillez que tanto me agrada de ti y una calidez humana similar a la tuya.

(CONTINUARÁ)
ILUSTRACIÓN: Pedro Jesús Vargas (“Pietro”)
ÓSCAR HUMBERTO GÓMEZ GÓMEZ: Miembro del Colegio Nacional de Periodistas (CNP). Miembro de Número de la Academia de Historia de Santander. Miembro de la Sociedad de Autores y Compositores de Colombia (SAYCO). Miembro del ilustre y desaparecido Colegio de Abogados de Santander.