EL DEBER, EL ÚNICO DIARIO DEL MUNDO QUE TODAVÍA EN LOS AÑOS 80 SE LEVANTABA LETRA POR LETRA. Por Óscar Humberto Gómez Gómez

TIPOGRAFÍA

 

[Estas líneas, que forman parte de nuestro libro inédito ENTRE LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN Y LA CENSURA. Columnas de prensa, crónicas, informes especiales y memorias de un periodista provinciano y anónimo, las traemos a propósito de la honrosa decisión adoptada por el Colegio Nacional de Periodistas de otorgarle al director de este portal la credencial de periodista].

 

EL DEBER, el único diario del mundo que todavía en los años 80 se seguía levantando letra por letra.

Por Óscar Humberto Gómez Gómez

(Fragmentos)

 

(…)

 

Para que pudiera publicarse, por ejemplo, la noticia de que “El gobernador anunció cambios en la Secretaría de Educación”, la cajista a cargo de ese texto en el taller tenía que sacar de las correspondientes cajas la letra “E”, la letra “l”, la letra “g”, la letra “o”, la letra “b”, la letra “e”, la letra “r”, etcétera, hasta formar la frase. Las cajistas armaban los textos a gran velocidad. Las cosas, empero, solían complicarse porque alguna letra se acababa y, entonces, se tenía que acudir a la misma letra pero en mayúscula, o minúscula, o en cursiva, o en negrilla, según el caso, de modo que el texto terminaba publicado con diferentes modelos de letras. Más complicado, sin embargo, era cuando se acababa una letra en todas sus presentaciones, porque en ese caso había que reelaborar sobre la marcha el texto acudiendo a los sinónimos o reescribiendo la correspondiente frase. Algunas veces ello se hacía con éxito, otras no tanto. No faltaba la ocasión en que había que prescindir, definitivamente, de una nota por falta de letras. De entre las cajistas recuerdo a Gabriela Gómez S. porque de ella se enamoró mi compañero de estudios German Óscar Osorio Muñoz, hoy -curiosamente- dedicado a la tipografía.

 

(…)

 

Milciades Mantilla, el jefe de redacción de El Deber, no siempre firmaba con su nombre. A menudo solía hacerlo como MILMAN.

Cuando lo conocí, tuve de inmediato la impresión de que no sólo era conservador, sino que además era godo. Y no sólo godo, sino también sectario.
Lo más sorprendente, en ese momento, para un joven de diecisiete años acostumbrado a alternar con personas que sólo podían entender el mundo como una cosa que debía ser cambiada de inmediato, era que este nuevo personaje que llegaba a su vida no ocultaba la inmensa satisfacción que le producía ser refractario al cambio.
Hoy, al evocarlo, al imaginar los que fueron sus últimos días, días de enfermedad y de aproximación a la muerte, días que hubo de vivir sin su cuerpo completo debido a la amputación de una de sus piernas, y más tarde su tumba solitaria y sin flores, como la de casi todos los periodistas “cargaladrillos” de este país (que siempre han sido los mejores, pero los menos nombrados en la páginas de la farándula), siento que ya no me importan en absoluto sus ideas y lo rememoro, en todo caso, como un periodista serio, abnegado e íntegro, que veía en su vetusta máquina negra de escribir no a una herramienta de trabajo, sino a una cómplice necesaria de sus travesuras como comunicador. Travesuras que él parecía celebrar abriendo ligeramente la boca, esbozando una sonrisa socarrona y tocando con la punta de la lengua el labio superior mientras la miraba, al tiempo que iba consignando sobre la hoja de papel toda su carga de artillería derechista.
Algunas de aquellas travesuras no las firmaba con su nombre, pero tampoco con su pseudónimo, sino con el de un personaje que Cantinflas había inmortalizado: El Gendarme Desconocido.

 

MÁQUINA ANTIGUA DE TIPOGRAFÍA

 

Bajo este otro nombre cinematográfico, precisamente, Mantilla publicó una extensa andanada contra el cantautor argentino Piero, justamente en los momentos en que el artista se encontraba en su apogeo gracias a una canción cuya letra todo el mundo -incluido él- le atribuía, pues el público ignoraba que, en realidad, era del poeta y periodista argentino José Tcherkaski: Mi viejo. “Piero no ayuda ni a su papá” tituló su informe aquel “gendarme desconocido”, que para mí no era tan desconocido.  Y lo subtituló: “Crónica de un periodista que no traga entero”.
Más tarde, sin dejar de chuzar a toda prisa las teclas de su silenciosa compinche (silenciosa excepto por el monótono sonido del tecleo que generaban los dedos del comunicador al caer sobre sus tipos) habría de irse lanza en ristre contra otro cantautor de aquella época, éste ya no argentino, sino colombiano, santandereano más exactamente, y más concretamente piedecuestano. Se llamaba Gonzalo Navas Cadena, pero también usaba pseudónimo: el de Pablus Gallinazo. De éste, del máximo exponente de la canción protesta en Colombia en aquel momento, mascullaba, con inocultable antipatía, que “ese tal Gallinazus” había sido, según él, el causante de la muerte de su esposa, la artista cundinamarquesa Rosita Uribe, quien había estremecido el mundo artístico nacional cuando en la madrugada del viernes 13 de octubre de 1972, en las postrimerías de una fiesta de matrimonio, había ingerido unas pastillas de lo que unos dijeron que era cianuro y otros arsénico. MILMAN no explicó jamás el fundamento de tan terrible, implacable y persistente acusación. No es difícil imaginar, empero, lo mal que caían en un espíritu tan profundamente reaccionario como el suyo las canciones de aquel cantor que exaltaba a la guerrilla y a quien algunos padres de familia culpaban de ser el responsable de que uno que otro joven idealista se hubiese largado un día de su casa para enrolarse en las entonces todavía soñadoras tropas de la revolución.

 

 

Supe de su fallecimiento (noviembre/ 1995), y de las condiciones tristes en que murió, mucho después de que partiera hacia el Oriente Eterno, como suele decir el abogado, periodista y quijote chucureño Leonardo Enciso de los amigos que va perdiendo o de las personas buenas que se le van yendo al más allá. Lo registré, por supuesto, en mi libro Historia de Bucaramanga, pero sin poder extenderme algo más en detalles, como hubiese querido, pues los ignoraba. Descubrí, en efecto, lo poco que sabía de Milciades Mantilla. Pero también descubrí que, a la distancia de los años, había aprendido a apreciarlo, a perdonarle su irreductible espíritu reaccionario y a admirar, más bien, su entrega total a ese periodismo provinciano, elemental, silencioso, humilde, quijotesco y tozudo que se hacía en  El Deber.

 

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Don Edmundo Granados Galvis, el subdirector, en cambio, sí reía a menudo y también a menudo echaba chistes, casi siempre flojos, procurando que los demás, igualmente, lo hicieran. Es más: por la curiosa configuración de algunos de sus dientes parecía que se estuviera riendo de manera permanente. Alguien creyó encontrar semejanza entre su rostro y ese maíz con el que se prepara uno de los platos favoritos de nuestra cocina típica. Sin que se supiera en qué momento, sus colegas -y muy pronto sus lectores, y más tarde Bucaramanga toda- terminaron llamándolo cariñosamente Grano ‘e Mute.
Durante muchos años y hasta su muerte, fue el decano de los periodistas de Santander.

 

(…).

 

 

Don Guillermo Rueda Rueda, el dinámico redactor judicial, no tenía que decir que era pobre y mucho menos demostrarlo, porque la pobreza se le notaba a leguas en las fibras de sus trajes. Nunca más desde aquellos días volví a verlo, pero si tuviera que dibujarlo me bastaría pintar a un hombre menudo caminando a prisa con una grabadora en la mano y una libreta de apuntes mal introducida dentro del bolsillo del saco.

 

(…)

 

Entre los que alcancé a escribir para ese periódico, uno de los informes especiales que más recuerdo fue el de “Barranquilla: la meca de la canción protesta” (agosto/1972), a propósito del Festival del Coco, que se venía celebrando anualmente en la isla de San Andrés, pero ese año sus organizadores habían decidido trasladar a la capital atlanticense. Fueron varias entregas, de página entera, ilustradas con grandes fotografías de algunos de los artistas participantes. El periódico tenía que mandar a elaborar los clisés en una empresa de fotograbados cercana. Todo se hacía en blanco y negro. Un reiterado error en la publicación del informe, de aquellos que en el medio se conocen como burlas de “las diablitas”, obligó al director, Jorge Gutiérrez Reyes, a ordenar que se repitiera, pese a lo cual la repetición hubo que hacerla de nuevo, sin que por ello se lograra rectificar el obstinado gazapo. Hoy en día, conocedor de otras anécdotas parecidas, no sólo en El Deber, sino también en Diario del Oriente, en El Frente y en Vanguardia Liberal, atribuyo esa reiteración “inexplicable” de aquel yerro, no a “las diablitas”, ni tampoco a que la letra “e” se hubiese acabado en las cajas dispensadoras, sino a la poca seriedad de alguien del taller que lo introdujo a propósito.

 

 

Y es que inicialmente apareció publicado: “Barranquilla, la maca de la canción protesta“. Muy molesto, le hice el obvio reclamo a don Jorge. Éste, de inmediato, ordenó la rectificación del error. La rectificación consistía en volver a publicar el informe. Desgraciadamente, en la “rectificación” lo que salió, entonces, fue: “Barranquilla, la mica de la canción protesta“, sin que, por consiguiente, y después de dos informes idénticos, se lograra hacerle saber al lector que Barranquilla se perfilaba por esos días para ser lo que para los musulmanes es aquella ciudad sagrada de Arabia. Opté por no insistir más y dejar las cosas de ese tamaño. Aun así, el comentario general en mi colegio, donde debido a mi vinculación a ese medio se leía ávidamente El Deber, fue el de que dicho informe especial le había dado “un nuevo aire”, “un aire de juventud”, a aquel matutino que mis compañeros -y en general los jóvenes de entonces- percibíamos como un periódico pobre, añejo y lejano al que solamente leían los ancianos que, sentados en las bancas de los parques, disfrutaban el descanso que les proporcionaba una modesta pensión de jubilación y el poder ver pasar el ocaso de sus vidas sin los sobresaltos generados por el reloj despertador, las tarjetas de control y el ceño adusto de los jefes.

Algo similar sucedió con mi columna de página editorial, la que el director ubicó en sitio privilegiado bajo el título institucional “Tribuna libre”.

 

(…)

 

Debo advertir, sin embargo, que no sólo pasé por El Deber como columnista y autor de informes especiales. Desde varios años atrás, había elaborado una historieta, eso que después -gracias a mi profesor de derecho penal Jorge González Aranda- supe que llamaban cómic, y Gutiérrez Reyes decidió publicarla. Se suponía que cada día saldría una entrega. Cada entrega la compondrían tres cuadros, cada uno con sus correspondientes bocadillos. La historieta se llamaba El Rudo y El Coyote, y hoy, recordándola a través de los años, la percibo como una creación que nació condenada a no tener futuro alguno. Como, en efecto, no lo tuvo. Por física falta de recursos, el diario no pudo publicar sino los primeros capítulos y quienes habían comenzado a seguir la secuencia se quedaron -al igual que la tira misma- congelados en uno cuyos tres cuadros decían: Cuadro 1: “¡Señor, señor!”. “¿Qué sucede, soldado?”. Cuadro 2: “¡Señor, señor: los esclavos se han amotinado!”. Cuadro 3: “¡Maldición! ¡Pronto: a los caballos!”.

 

 

Durante varios días se repitió el mismo capítulo hasta que, finalmente, las quejas telefónicas de los lectores me condujeron a pedirle a Gutiérrez Reyes su intervención. Pero la “intervención” del director, un director acosado por la más asfixiante falta de recursos, se limitó a algo todavía peor: a que se empezaran a repetir capítulos anteriores. Y peor aún: a que se comenzaran a repetir en el más absoluto desorden. La historieta, pues, terminó en el caos, pues a veces parecía ir hacia atrás, otras veces hacia adelante y otras, sencillamente se estancaba.
La siguiente vez que acudí al director fue para encarecerle que, más bien, la historieta fuera retirada.
En efecto, El Rudo y El Coyote, y con ellos sus compañeros de aventura, expulsados de las páginas de El Deber por culpa de la pobreza, terminaron en el olvido.
Bueno, a decir verdad, terminaron en un lugar mucho más lamentable que ese. Empero, todavía hoy, cuarenta años después de aquel trágico final, no me atrevo a contar cuál fue, en realidad, la suerte postrera corrida por la única de mis historietas que llegó a ser publicada alguna vez en un periódico.

 

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