
ÓSCAR HUMBERTO GÓMEZ GÓMEZ. Fotografía de Nylse Blackburn
En un país donde los Ocho de Colombia eran diez y El Caballero Gaucho no conoció jamás Argentina; donde los pueblos más pobres son aquellos en los que hay más riqueza (o si no vuelvan la vista hacia el caucho, hacia el petróleo, hacia las esmeraldas, hacia el carbón o hacia el oro); donde la Constitución – que es lo más estable que tiene cualquier nación – la cambian todos los días; donde a la gente que paga impuestos y vive dentro de la ley el Estado no la escucha, mientras que al que no los ha pagado nunca y jamás ha vivido dentro de la ley sí, pero luego sale a pedir -el Estado, claro- que la gente se haga escuchar dentro de la ley y que, por supuesto, pague puntualmente sus impuestos; donde ya no es Dios quien decide hasta dónde llega el don supremo de la vida, sino que lo decide quien contrata a un sicario, mientras el Estado se hace el pingo, a pesar de que la Constitución le ordena, como primerísima función suya, que proteja la vida de las personas; donde como en el Instituto de Seguros Sociales había corrupción e ineficiencia lo cerraron, y como en Cajanal había corrupción e ineficiencia la cerraron, y como en la Caja Agraria había corrupción e ineficiencia la cerraron, y como en Colpuertos había corrupción e ineficiencia lo cerraron, y como en el DAS había corrupción e ineficiencia lo cerraron, cuando las que tenían que cerrar eran la corrupción y la ineficiencia, pero ambas no solo gozan de cabal salud, sino que están cada vez más rozagantes; en fin, donde todo continúa como en El extraño mundo de Subuso, porque todos nos empecinamos en ver las cosas, no como son en realidad, sino como nos las muestran nuestras propias gafas, ahora resulta que un hospital universitario va a terminar con que ni es hospital, ni es universitario.
En efecto, el Hospital Universitario de Santander es un importante centro científico del pueblo santandereano, que, como centro científico que es, obviamente debe ser manejado por científicos. Sí: por científicos, por hombres y mujeres de ciencia, del mismo modo en que, pongamos por caso, a la Iglesia Católica la manejan los curas, no los veterinarios, y a la Justicia la manejan los abogados, no los astrónomos.
Pues bien: cuando hablamos de científicos, nos estamos refiriendo -en el caso de un hospital- a médicos.
Y no se diga que los médicos solo saben de ortopedia, y de oftalmología, y de neurología, y de cardiología, y de dermatología, y de neumología, y de otorrinolaringología, y de patología, pero que nada saben de administrar hospitales, porque quienes así razonan desconocen -o se hacen los que desconocen- que una de las especializaciones que ofrece la Medicina es la Administración Hospitalaria. Sí: la Administración Hospitalaria, para más señas la especialidad de la doctora Lisa Cuddy (protagonizada por la actriz Lisa Edelstein) en la serie Doctor House.
Mejor dicho: a un hospital lo deben administrar médicos especializados en Administración Hospitalaria.
¿Que eso es obvio? Sí, de acuerdo: es obvio. Pero tenemos que decirlo, porque en este país lo obvio no es obvio.
También es obvio que los departamentos científicos del hospital deben ser manejados por médicos. Sí, por médicos del resto de especialidades o subespecialidades, o sea, por pediatras, fisiatras, radiólogos, alergólogos, geriatras, oncólogos, epidemiólogos, podólogos, nefrólogos, hematólogos, neonatólogos, gineco-obstetras, gastroenterólogos, internistas, coloproctólogos, salubristas, psiquiatras, reumatólogos, cirujanos generales, cirujanos estéticos y reconstructivos, toxicólogos, anestesiólogos y, en fin, el largo etcétera que usted mismo puede ayudarme a complementar. Sin olvidar -claro está- a los médicos generales, que siguen siendo el fundamento principal de la medicina.
Pero como este es el país donde en las universidades se cursa la carrera de Derecho Internacional y Diplomacia, pero de embajadores mandan al locutor Édgar Perea, o al entrevistador Yo José Gabriel, o al político Carlos Moreno de Caro, mientras los graduados de esa carrera atienden bares o manejan taxi, ahora resulta que, según el gobernador del departamento de Santander, es decir, según el joven político costeño Richard Aguilar, hijo del turístico municipio de Tolú, ubicado en el lejano departamento de Sucre, el Hospital Universitario de Santander puede prescindir sin problema de los científicos -que no son sino unos generadores de problemas- y la Escuela de Medicina de la Facultad de Salud de la Universidad Industrial de Santander (UIS) no puede manejar el Hospital Universitario de Santander porque no tiene el “músculo financiero” que se requiere para hacerlo.
Lo dice, como si, de un lado, los científicos debieran dedicarse no a la ciencia, sino a la politiquería, y como si el tal “músculo” financiero y los demás músculos no los pudiera sacar la UIS (sacar músculos, quiero decir), no haciendo ejercicios isométricos en el gimnasio, sino recibiendo las inyecciones presupuestales correspondientes, es decir, las que se merece por ser la primera institución de educación superior del oriente colombiano y una de las más importantes de Colombia y de América Latina (o, al menos, por haberlo sido).
Inyecciones presupuestales que deben ser el destino de los elevados impuestos que pagamos los contribuyentes, pues nosotros no pagamos la agobiadora carga impositiva con que nos grava el Estado para que nuestro dinero (que -dicho sea de paso- no nos está sobrando y bien nos caería que no nos lo cobraran) vaya a engrosar las cuentas bancarias de todos los Nules que en el mundo han sido.
Así que, como dice la olvidada sabiduría popular, “Zapatero a tus zapatos”: los médicos a los hospitales y los políticos a la política.
No al contrario, señor gobernador.
No al contrario ¡por Dios! porque si es al contrario ahí sí que nos lleva la que nos trajo.