Recordando los años 60: LOS INDIOS TABAJARAS. Por Óscar Humberto Gómez Gómez

 

En la mediagua donde vivíamos en 1966, ubicada al oriente de mi ciudad nativa, conocí un disco de 78 revoluciones por minuto. Por la cara A venía la canción “¿Por qué eres así?”. Por el lado B traía “La casita”. Sus intérpretes eran LOS INDIOS TABAJARAS.

En las tardes sabatinas nuestro programa familiar era “poner discos”. Entre ellos, rara vez faltaba éste.

Era una época en que la ordinariez aún no se había apoderado de la radio. Tampoco la exclusividad: una emisora dedicada todo el santo día al mismo género musical.

Pueda ser que esa radio diversa, acompañadora, respetuosa de todos los géneros musicales y de todos los artistas, con locutores que se esmeraban por un manejo pulcro y elegante del idioma español, vuelva algún día.  Quizás ya jamás vuelva.  De todos modos, la llevaremos siempre en la memoria y en el corazón.

 

 

LOS INDIOS TABAJARAS eran realmente indios. Indios brasileños, para ser más exactos. Eran, además, hermanos.  Dicen que se toparon cualquier día, en plena selva, una guitarra.  La historia -no sé si será leyenda- relata que terminaron curioseando el instrumento y descubriendo sus secretos, hasta que lo aprendieron a tocar. Se habla de que, posteriormente, perfeccionaron sus conocimientos en la academia.

Sea como fuere, lo cierto es que Mussapere y Herundy, hijos de un cacique, nacidos en las profundas selvas de Ceará, norte de Brasil, forman hoy parte de nuestros buenos recuerdos.

Hemos querido compartir con ustedes este par de joyas musicales, éxitos de los años 60, la década inolvidable de la ruptura y la esperanza.

 


 

Aquí están (si YouTube no nos ha bajado el video) LOS INDIOS TABAJARAS interpretando una de sus más bellas canciones: la titulada “¿Por qué eres así?”, bolero con el que despertamos a más de una joven cercana a nuestros afectos en aquellos tiempos en los que el fin de semana recorríamos de noche las calles bumanguesas guitarra en mano y obligábamos a prender las luces a los ya dormidos ocupantes de más de una casa amiga, con nuestra carga de alegría y sentimiento.

Hemos vuelto a escucharla con emoción. De paso, nos hemos transportado de nuevo a los años 60, a nuestra mediagua de solar y patio inmenso, la casa donde conocí la badea y donde aprendí a montar en bicicleta.

Un abrazo. Y, de nuevo, un millón de gracias por el don invaluable de su amistad.

 

 

¡Gracias por compartirla!
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