
No es un amigo sincero,
no te fíes de su sonrisa,
puede ponerte —y de prisa—
al borde del desespero.
Jamás tú busques su alero,
y parte de una premisa:
no lo verás nunca en misa,
pues Dios le grita: “¡usurero!”.
Su corazón es de acero,
su fin es solo el dinero,
ningún préstamo improvisa.
Si no quieres que una brisa
te deje un día sin camisa,
¡aléjate del banquero!