UMPALÁ. Por Óscar Humberto Gómez Gómez

 

Nunca volví a saber nada del locutor Rafael Longas Zapata, el señor que era inquilino de mi mamá y de quien lo único que recuerdo es que trabajaba como locutor de una emisora que, según yo creía, despertaba al mundo saludándolo desde un municipio que yo imaginaba ubicado por allá lejos, cerca de las columnas de Hércules, pero del cual mucho después vine a saber que quedaba aquí no más, en Santander.

 

 

De su hermano Milciades me enteré, en cambio, que vivía en Honduras y se había convertido en compositor de canciones melancólicas que calaron en el alma popular, como una que le hizo a la sempiterna figura de la madre. Nosotros, incluso, alcanzamos a dársela de serenata a nuestras mamás, en aquellos tiempos en que nos parábamos frente a las puertas ajenas y teníamos el descaro de despertar a nuestros infortunados amigos, a nuestras pacientes novias o jóvenes en plan de conquista, a nuestros desconcertados profesores y, por supuesto, a nuestras pobres familias resignadas, cuando ya los infelices favorecidos con el musical asalto nocturno habían alcanzado la fase REM del sueño.

 

 

Hamilton se llamaba el muchacho que cantaba aquel vals enternecido y dulzarrón de Longas Zapata, del otro: “En esta noche de tu fiesta,, madrecita…vengo a obsequiarte una canción sentimental…una canción que te diga mi cariño…que llegue hasta tu reja mi eterno amor filial… Yo sé que estás despierta, en vela por tus hijos…mirando en la distancia la infancia que se fue…añorando caricias de niños en la cuna…con la inmensa ternura de todo tu querer…La luna que acompaña mi dulce serenata…con sus rayos de plata me acerca más a ti…y en cada palabrita de esta canción gitana…me acerco a tu ventana con todo mi sentir”. Y cuando prendían las luces, y abrían la puerta, y penetrábamos al interior de las casas de nuestras indefensas víctimas, armados de las guitarras y las maracas, caminando bajo los bombillos trasnochados que algún soñoliento anfitrión iba encendiendo a nuestro paso, y mientras comenzaba a desfilar la bandeja con las copas de vino dulce barato, yo volvía a rememorar a aquel otro Longas Zapata, a Rafael, el inquilino de mi mamá, quien desde la emisora donde laboraba como locutor mañanero, abría su programa diario diciendo, con una voz gruesa e impostada, que estaba transmitiendo “Desde Umpalá…“.

Corrían los años sesenta y yo era un muchacho de diez años de edad en trance de culminar la primaria.

 

 

Hoy aquel diminuto y mágico municipio de Umpalá ya ni siquiera es municipio. El trazado, construcción y apertura de la carretera a la capital de la república por otro lado distinto, hizo que dejara de ser paso obligado de los viajantes y que, por ello, el progreso que poco a poco empezaba a perfilarse en su porvenir, fuera languideciendo y muriendo sin esperanzas hasta que el otrora pueblo indígena, el “lugar a donde solo llegan los dioses“, según decían que significaba aquel vocablo en lengua aborigen,  el pueblo con río al que tanto dio a conocer Rafael Longas Zapata sentado al frente de un micrófono y de unos cuantos discos de acetato, comenzó a verse abandonado poco a poco por sus hijos, quienes optaron por buscar mejores horizontes en otra parte, de modo que las campanas que citaban a misa fueron escuchadas cada vez por menos gente, hasta que, al fin, el municipio santandereano de Umpalá dejó de ser municipio santandereano y pasó a adquirir la categoría de pueblo fantasma.

 

 

UMPALÁ / Fotografía de Orlando Ardila.

 

UMPALÁ / Fotografía de Orlando Ardila.

 

 

Fue así como en el año 1976 la Asamblea Departamental de Santander creó el nuevo municipio de Santa Bárbara, y Umpalá pasó, entonces, a ser corregimiento del municipio de Piedecuesta.

 

UMPALÁ

 

Eduardo Sierra Barreneche en su libro Santander, tierra con pasado, presente y futuro retrata lo acaecido en los siguientes términos: “Ese replanteamiento administrativo dio lugar a que se acelerara un fenómeno que no se observa con mucha frecuencia y que tiene que ver con la muerte de un pueblo. En efecto, Umpalá fue por más de doscientos años el esplendor de su propia mediodía como paso obligado entre las provincias de Soto y Garcia Rovira, y entre Bucaramanga y Bogotá; allí pernoctaban los arrieros y sus recuas en tropel cargadas de las más disímiles mercancías y productos; servía también de posada a los numerosos viajeros de toda condición social y profesional, de tal suerte que era un permanente hervidero de gente y de progreso. Cuando los caminos reales fueron reemplazados por las carreteras, Umpalá quedó aislada y empezó a morirse; luego, al quitarle el título de municipio, que era la última ilusión que le quedaba, se murió definitivamente. Dicen que en las noches de luna se ven, de vez en cuando, los fantasmas recorriendo con nostalgia sus calles solas, la plaza cubierta de maleza y el caracolí sin hojas; dicen que entran a la iglesia de púlpito en el suelo y van a algunas casas de muros carcomidos, sin puertas ni ventanas”.

Talvez nos acerque a lo que debieron sentir quienes retornaron algún día a lo que antes fue el bullicioso pueblo de Umpalá y solo se encontraron con los recuerdos de aquellos tiempos y los vestigios de lo que se fue para siempre, uno de los más antológicos pasillos de la música andina colombiana.

 

 

O acaso sirva para complementar la rememoración de los tiempos de entonces ahuyentando las aproximaciones de la melancolía, aquella canción festiva que el malogrado Pedro Jairo Garcés compuso y grabó con su agrupación Los Golden Boys, rindiendo con ella un simpático homenaje a los hombres que, como Rafael Longas Zapata desde Umpalá, literalmente se enloquecían dentro de una cabina de radio, todo por llevarles a sus oyentes, multitudinarios o escasos, un ápice de alegría y de esperanza.

 

 

¡Gracias por compartirla!
Publicado en Blog | 19 comentarios