A Rafael Horacio. Por Óscar Humberto Gómez Gómez

 

La ley 1383 de marzo 16 de 2010 en su artículo 17 parágrafo primero dice:

“Parágrafo 1°. Modificado por el art. 244, Ley 1450 de 2011. Quien actualmente sea titular de una licencia de conducción, que no cumpla con las condiciones técnicas establecidas en el presente artículo y en la reglamentación que para tal efecto expida el Ministerio de Transporte, deberá sustituirla en un término de cuarenta y ocho (48) meses contados a partir de la promulgación de la presente ley, de conformidad con lo previsto por el artículo 15 de la Ley 1005 de 2006. Para tal efecto, deberá presentar paz y salvo por infracciones de tránsito y el certificado indicado en el artículo 19 del presente Código”.

Esta ley fue promulgada el 16 de marzo de 2010 (Diario Oficial No. 47.653).

Dicho artículo fue modificado por el 244 de la ley 1450 de 2011 que dice:

“Artículo 244. Licencias de conducción. El parágrafo 1º del artículo 17 de la Ley 769 de 2002, modificado por el artículo 4º de la Ley 1383 de 2010, quedará así:

“Parágrafo 1°. Quien actualmente sea titular de una licencia de conducción, que no cumpla con las condiciones técnicas establecidas en el presente Artículo y en la reglamentación que para tal efecto expida el Ministerio de Transporte, deberá sustituirla en un término de cuarenta y ocho (48) meses contados a partir de la promulgación de la presente ley, de conformidad con lo previsto por el artículo 15 de la Ley 1005 de 2006. Para tal efecto, deberá presentar paz y salvo por infracciones de tránsito. Por razones de seguridad vial, las personas que tengan licencias con más de 5 años de expedición, deberán realizarse los respectivos exámenes médicos”.

Esta otra ley fue promulgada el 16 de junio de 2011 (Diario Oficial No. 48.102).

 

Si así son las cosas, es decir, si otra tercera ley no dijo algo distinto (y tú, que debes saber bastante sobre normas de tránsito, dado que eres nada menos que el director de la Dirección de Tránsito de Bucaramanga, me harás el favor de aclarármelo), la tormentosa situación de incertidumbre que se ha desencadenado a raíz de que saliste a decir, mi siempre recordado compañero Rafael Horacio, dizque no era cierto lo que publicó Vanguardia Liberal en el sentido de que se había “prorrogado” hasta principios del año entrante, concretamente hasta fines de enero, el “plazo” para cambiar la licencia de conducción, no tenía razón de ser porque todavía ni siquiera hay plazo que “prorrogar”.

Y si ni siquiera era necesaria la publicitada prórroga, porque aún no ha empezado a regir la obligatoriedad de la nueva licencia, no podías, Rafael Horacio, hacer lo que hiciste, o sea, enviar a tus hombres, no a regular el tránsito, que es a lo que deberías enviarlos siempre, y a lo que parece que nunca los envías, sino a montar retenes para pescar incautos y sacarles unos buenos pesos del bolsillo.

Sacárselos en multas, quiero decir.  Aunque son cada vez más fuertes los rumores públicos según los cuales en Bucaramanga y el área metropolitana se ha disparado eso que llamábamos “concusión”, en aquellas épocas doradas en que tú y yo estudiábamos derecho y todavía existía en Colombia derecho penal.

 

 

Tú afirmas que el plazo para cambiar la licencia de conducción venció ya, que venció el pasado 15 de octubre, y que por lo tanto tus hombres están autorizados para salir a pescar a quien vaya manejando sin portar la nueva.  Y si a ese infeliz violador de una norma que, al parecer, todavía no está rigiendo lo interceptan y lo descubren -como les será muy fácil descubrirlo, porque dizque hay seiscientos mil conductores sin la nueva licencia en el área metropolitana- dices que le harán un “parte”, y no pedagógico porque tú no crees en esas majaderías, sino de a de veras.  Y si el interceptado se atreve a reclamar que eso no es justo, seguramente (piensa uno) le harán la gavilla que le hicieron a ese pobre taxista que me llevó el otro día desde la puerta del edificio donde queda mi oficina hasta la puerta de entrada de La Quinta y quien me contó cómo uno de tus hombres le había armado problema por solo revisar de lejos si era su esposa quien le acababa de timbrar al celular. Sí, Rafael Horacio, me contó, y me lo contó delante de mi esposa, quien iba conmigo a bordo, que varios de tus hombres le atravesaron sus motocicletas para respaldar al “alférez” que lo abordó inicialmente. Y me contó que este agente le exigía cien mil pesos para no ponerle “el parte” por “hablar por celular”, cuando él no estaba hablando por celular. Me contó además que por fortuna pudo comunicarse con un hermano suyo que está en el Ejército Nacional y con otro que está en la Policía Nacional y ambos llegaron como rayos a auxiliarlo. Y me contó que incluso él presentó una denuncia penal en la Fiscalía. Me dijo que estaba muy bravo porque en la Fiscalía decían que eso era concusión, pero él sostenía que era extorsión. Los hechos, de acuerdo con su agitado y enardecido relato, en el que consumió todo el trayecto, sucedieron al frente de “Home Center“, o sea, en la calle 45 con 21. (Tú me dirás si todo esto es cierto o es falso, para proceder a rectificar si es lo último, rectificación que haré de inmediato sin necesidad de que me metas una tutela, ya que soy de los que piensa que uno debe cumplir con sus deberes sin necesidad de que se lo ordene un juez).

 

 

O sea, mi apreciado Rafael Horacio, que las dos leyes que al principio he transcrito en lo pertinente dicen una cosa y tú dices otra completamente distinta. El Ministerio de Transporte, por su parte, dice otra: dice el Ministerio de Transporte que las direcciones de tránsito de cada municipio deben buscar fórmulas salomónicas para salir del atolladero ya que centenares de miles de colombianos necesitan su licencia de conducción, pero sucede que ni dentro de las instituciones de tránsito, ni dentro de quienes manejan el RUNT, ni dentro de los centros encargados de los exámenes y de la expedición del certificado de aptitud física, mental y de coordinación motriz, y ni siquiera dentro de quienes toman -o procesan- esas horrorosas fotografías alargadas y deformes que uno ve en los nuevos “pases” (que es lo más indignante, porque uno puede ser feo, pero el Estado tampoco tiene derecho a hacerlo ver peor), en una palabra, dentro del Estado colombiano, “hay cama pa’ tanta gente”.

 

La Inspección de Tránsito de Girón, a diferencia tuya, dice que no va a sancionar a nadie todavía. Las direcciones de Tránsito de Floridablanca y Piedecuesta no dicen nada, pero arman sus retenes en silencio, por si las moscas.

 

Y mientras este mar de contradicciones y ambigüedades en que estamos inmersos los ciudadanos que conducimos vehículo no lo define nadie, tú, estimado Rafael Horacio, mandas a tus subalternos, no a lo obvio, es decir, a regular el tránsito vehicular, que es para lo que existe la institución que diriges, sino a montarnos retenes a nosotros, los indefensos conductores, con claros fines económicos. Fines económicos que tú, que siempre fuiste tan inteligente, seguramente adivinarás sin necesidad de que yo te lo explique.

 

 

O te lo voy a explicar, en todo caso, Rafael Horacio, para que no digas que, a diferencia de nuestra lejana época de universitarios, cuando tú y yo hablábamos en las asambleas estudiantiles fuerte, claro y sin rodeos, ahora hablo por entre las ramas y mandándole razones a Francisco de Paula Santander para que las entienda Simón Bolívar. Lo que digo es que tú no pones a tus hombres, como es tu deber – pues tú eres el comandante en jefe de esa institución – a regular el tráfico (que así también se dice, “tráfico”, aunque cierta persona cuyo nombre no digo aquí para no herir susceptibilidades me corregía diciendo que “tráfico” no se debía decir dizque porque “tráfico” era el de la droga; el de esa, sí, el de la maracachafa y compañía, no el de los medicamentos o fármacos que, por cierto, andan por las nubes), entonces a lo que se dedican es a montar retenes a ver si el infeliz que va para su casa y tiene que pasar, pongamos por caso, frente al puesto de salud del Rosario (o por entre los malos olores de Mac Pollo, allí junto a la contaminada quebrada de Aranzoque, en el caso de la Dirección de Tránsito de Floridablanca) lleva el extintor vencido, o no porta completo el equipo de carretera, o ya se le revinieron en el botiquín las aspirinas. Y lo hacen, no para enaltecer con su presencia en las vías públicas el Código Nacional de Tránsito, que en realidad tú y yo sabemos que no les importa un bledo, porque si les importara estarían ayudando a descongestionar los trancones para contribuir a garantizarnos a los conductores el derecho que ese código nos da de circular dentro del casco urbano hasta a 60 kilómetros por hora, no hasta a 5 kilómetros por hora, ni a circular parados, como nos toca por culpa de los atascos, atascos que -dicho sea de paso- se forman gracias a la significativa contribución que hacen los inoportunos retenes montados por tus hombres -y por los hombres al mando de los otros directores de tránsito- y que generan una reducción de la vía, que implica un carril menos, sino para ver a quién le pueden sacar unos cuantos pesos.

 

Y eso, Rafael Horacio, no es justo.  No es justo que tú no hayas estado en condiciones de expedirnos el nuevo “pase” a los miles de conductores de Bucaramanga que queremos sacarlo, y que queremos sacarlo sin tener que sacrificar toda la jornada de trabajo (porque a nosotros nos toca trabajar, tú sabes, Rafael Horacio, para ganarnos el pan con el sudor de la frente, no con el sudor de la lengua como los políticos), y sin embargo te pongas en esa intransigente actitud de decir que no das más plazos, intransigencia que tú y yo tanto les criticábamos en la universidad a todos los Savonarolas, Carpzovius y Torquemadas que en el mundo han sido, y nos amenaces con que tus hombres nos interceptarán, nos multarán y hasta nos quitarán el pichirilo, solo por no haber podido sacarlo, como si el no haberlo podido sacar dependiera de nosotros y no de la entidad que tú diriges, de sus contratistas, de los escasos empleados que ponen a atender a la multitud que se vuelca en busca de su nuevo “pase”, de los que llegan tarde a trabajar, de los que no llegan, de los que se van temprano, de los encargados del RUNT -a quienes eso hace rato les quedó grande-, de los encargados de tomarle la fotografía a nuestras indefensas caras y, claro está, de los que se encargan de “procesar” esas fotografías y que, finalmente, no hacen otra cosa que alargarlas y deformarlas porque persisten con asombrosa tozudez en hacerlas caber a la brava en recuadros mal calculados, chiquitos, como si Arnold Schwarzenegger tuviera que caber, a juro, en la piel de, pongamos por caso, Nelson Ned.

 

En otras palabras, se te olvida, Rafael Horacio, que existe la “exceptio non adimpleti contractus“, la “excepción del contrato no cumplido”, y que también en el orden social, dentro del “contrato social” que, según Juan Jacobo Rousseau dio origen al Estado, “el incumplido no puede alegar incumplimiento”.

 

O, dicho más claramente, se te olvida que el Estado no puede multar a los conductores de Bucaramanga por no tener el “pase”, si él mismo, o sea, el Estado, no ha sido capaz de implementar una logística eficaz que le permita expedírselo a todos con prontitud.

 

O, para usar otras palabras menos rebuscadas, mi apreciado Rafael Horacio, en esto del nuevo “pase” no puedes pretender implementar la vigencia en Bucaramanga de aquella ley oprobiosa que tú y yo tanto criticábamos cuando soñábamos en la universidad con transformar el mundo: la detestable “Ley del Embudo”.

 

 

En este orden de ideas, o, para mayor exactitud, en este desorden de ideas, querido Rafael Horacio, y a propósito de la estrictez con que me han contado que entiendes la función pública, quiero, así sea extemporáneamente, referirme a un episodio acaecido frente al edificio donde tengo mi oficina:

 

Hace unos pocos meses, frente al Centro Empresarial Chicamocha, tus hombres, Rafael Horacio, llegaron con una descomunal grúa a llevarse una humilde motocicleta de color verde, que tenía una canastica en la parte delantera. Era de un modesto mensajero que la había dejado unos instantes ahí mientras entraba corriendo, sudoroso y jadeante, al edificio para entregar un pedido. Tus hombres, es decir, los representantes de la ley (sí, de la ley, que como dice un personaje de uno de mis cuentos en El último dinosaurio, “solo va donde los pobres a joderlos”) llegaron, con toda su carga de prepotencia, y -a pesar de las súplicas y las lágrimas del pálido y sudoroso muchacho, y de la indignada reclamación de la administradora, que para más señas fue (al igual que yo) compañera tuya en la universidad, y del personal de vigilancia del edificio- treparon la pequeña motocicleta verde en la descomunal grúa y se la llevaron.

La administradora me contó que había hablado contigo y que tú le habías dicho que la ley era para todos.

 

A ver, mi siempre recordado compañero Rafael Horacio: la ley sí es para todos. Pero, precisamente porque es para todos, quienes la expiden y quienes la aplican deben tener en cuenta que no puede ser lo mismo multar con, pongamos de ejemplo, el equivalente al salario mínimo legal, a don Luis Carlos Sarmiento Angulo, o a don Carlos Slim, o a don Bill Gates, que multar con la misma suma de dinero a un pobre pingo mensajero, que precisamente es el salario mínimo legal lo que se gana.

Por eso, mi nunca suficientemente bien ponderado Rafael Horacio, la Corte Constitucional explica que el principio de la igualdad jurídica hay que entenderlo como igualdad, sí, pero entre pares.

 

A propósito de esa concepción endurecida de la ley que dizque ahora pregonas, se me viene a la memoria la última homilía que pronunció el asesinado arzobispo de San Salvador monseñor Óscar Arnulfo Romero en la cual explicaba el pasaje bíblico de la pecadora arrepentida diciendo que ese pasaje lo que significaba era que la ley se hizo para el hombre y no el hombre para la ley.

Sí, me refiero a monseñor Romero, el mismo que fue asesinado en plena celebración de la santa misa porque dizque era comunista, cuando no sólo no lo era, sino que en el Concilio Vaticano II había formado en el ala de la que llamaron entonces “la extrema derecha”, al lado de “comunistas” como monseñor Marcel Lefebvre, y quien tuvo palabras de elogio para el “comunista” José María Escrivá de Balaguer. Para decírtelo más claro, Rafael Horacio, lo mataron, realmente, porque en sus homilías defendía a los pobres.

Pues bien: en aquella última homilía explicaba el sacrificado pastor de almas centroamericano, como te digo, el pasaje bíblico de Jesús y la pecadora. Te lo voy a recordar, mi nunca olvidado Rafael Horacio. Y te lo voy a recordar, porque -infortunadamente- el poder suele hacerles perder a los hombres la memoria. Especialmente, la que les recuerda su sensibilidad humana y su afecto hacia los más frágiles.

Sucedió, Rafael Horacio, que en tiempos de Jesús regía la ley mosaica, que -como tú sabes- era muy dura. La ley mosaica ordenaba que a la mujer sorprendida en adulterio había que lapidarla, es decir, matarla a piedra. Y sucedió que ante Jesús llevaron a una mujer sorprendida in fraganti en adulterio. Y como tú sabes que a Jesús le estaban buscando la caída (así como tus hombres nos la buscan a los conductores en los retenes que montan), le preguntaron si la lapidaban o la dejaban ir. Obviamente, Rafael Horacio, si Jesús optaba por que la lapidaran, los fariseos dirían que aquel predicador que hablaba del perdón había aconsejado vengar el honor del marido traicionado matando a pedradas a su adúltera mujer; pero si, por el contrario, optaba por que la dejaran ir, dirían que un judío estaba incitando a desobedecer nada menos que la ley de Moisés. O sea, que con cara o con sello, irremediablemente Jesús perdería. Y fue entonces cuando Jesús les dijo que aquel que estuviera libre de pecado tirara la primera piedra. Y resulta, Rafael Horacio, que todos empezaron a soltar los guijarros y a marcharse, como decimos en Santander, haciéndose los pingos. Y haciéndose los pingos comenzando por los más viejos, que obviamente -debido al largo tiempo vivido- habían pecado más que los jóvenes.

Aplicando la ley mosaica de ahora (que, aquí entre nos, solo es mosaica para los más pendejos), indudablemente había que quitarle la motocicleta a aquel pobre mensajero, con todo y canasta.

Pero, ¿sabes, Rafael Horacio, cuánto se iba a ganar aquel pobre muchacho por llevar ese encargo? Haz tú mismo la cuenta: si la empresa de mensajería le cobra a uno tres mil pesos por un mandado de esos y si, como tú sabes, la mejor tajada la coge la empresa de mensajería, calculo -no sé tú- que se ganaría por ahí, digamos, mil pesos. ¿O mil quinientos? ¿O dos mil? ¿O -exagerando- se quedaría con todos los tres mil pesos completos?

¿Y sabes de cuánto fue la multa que la entidad que tú diriges le impuso?

No me contestes; contéstale, más bien, a tu conciencia.

Solamente te digo una cosa, Rafael Horacio: en términos generales, las personas de bien, como tú y como yo, deberíamos luchar juntas para que en este país, donde la inmensa mayoría de la población se gana al mes el salario mínimo legal, la ley no estableciera multas de tránsito de un valor tan alto, que al pobre pingo que maneja un Renault 4 o una motocicleta con canasta le toque entregar todo lo que se ganó en una quincena, por haber cometido una infracción de tránsito.

 

 

Rafael Horacio:

 

El recuerdo más vivo que tengo de ti, de cuando ambos estudiábamos Derecho en la universidad, es el de una asamblea estudiantil realizada en la cafetería, en la plenitud de aquel paro que adelantamos en contra del alza en las matrículas, por allá en 1976. Esa noche tú lanzaste un grito. Mejor: un rugido. Y estabas tan cerca de mí, que por un instante pensé, con enorme preocupación, que se te iban a salir los pulmones.

Por fortuna, no se te salieron y pudiste graduarte de abogado, y convertirte en político, y llegar a ser lo que has llegado a ser, entre otras cosas director de Tránsito. Pero aquel grito estentóreo tuyo, aquel rugido desgarrador, sí me dejó aquella noche los tímpanos en estado, digamos, preocupante.

¿Y sabes qué gritaste esa noche? Gritaste: “¡El pueblo unido jamás será vencido!”.

Pues bien: ojalá el hecho de que estés desempeñando el fugaz puesto de director de Tránsito de Bucaramanga, el que hayas desempeñado el fugaz puesto de alcalde encargado de Girón, y el que desempeñes mañana cualquier otro fugaz puesto, no te haga olvidar que, por allá hace casi cuarenta años, tú y yo soñábamos con una sociedad más justa, en la que nadie tuviera que aguantar el hambre, ni llorar en silencio a consecuencia de su pobreza sin esperanzas.

Sí, Rafael Horacio: soñábamos con que nadie tuviera que aguantar el hambre, ni llorar sumido en la desesperanza, como seguramente tuvo que aguantar el hambre y llorar sumido en la desesperanza ese pobre y anónimo mensajero de la motocicleta verde, compatriota tuyo y mío, paisano tuyo y mío, por haberse quedado sin los mil, dos mil o tres mil pesos que se iba a ganar haciendo aquel mandado y, fuera de eso, sin su quincena.

 

Recibe un abrazo y la reiteración de mi amistad.

Óscar Humberto

 

¡Gracias por compartirla!
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