Este país solo saldrá de su atraso cultural el día en que aquí se entienda que una cosa es ser sencillo y otra cosa es ser vulgar. Y cuando se entienda que, como le espetó el jumento a su dueño en la célebre fábula de Iriarte, si el pueblo come paja es porque solo se le ha dado paja: démosle grano a ver si se lo come.
Y es que hoy, cuando el doctor Álvaro Castaño Castillo ha fallecido en Bogotá, lo primero que se nota es que su emisora HJCK ya no se encuentra en el dial, sino que hay que buscarla en Internet —de ello hace ya más de una década—, mientras, en cambio, sí aturde por doquier la estridencia de una maraña de radiodifusoras emitiendo una música de tercera, que cada día más conquista al lumpen y ahuyenta a quienes no nos resignamos al imperio del mal gusto.
Pero el título de esta nota solo habla de la radio, no porque a ella se haya limitado la vida fecunda del maestro Castaño Castillo, sino para evitar que nos quedara muy largo.
Porque el ilustre colombiano que ha partido —como dicen los masones— al Oriente Eterno, también trabajó por la cultura en la televisión. Y por el medio ambiente, claro, en un momento en que nadie lo hacía y se le tenía por tema bodrio. Gracias a él pudimos imaginarnos la vida animal de las más inalcanzables latitudes a través de Naturalia, programa presentado por su dignísima esposa, doña Gloria Valencia de Castaño.
En mi nombre, don Álvaro, y en el de la “inmensa minoría” que siempre constituyó la audiencia de la HJCK, un millón de gracias por todo y que el Gran Arquitecto del Universo posibilite el que usted nos siga iluminando el camino hacia una Nación donde la cultura logre vencer, por fin, a la ordinariez que nos asfixia.
Mesa de las Tempestades, miércoles 10 de agosto de 2016
