
Para 1970, después de haber vivido casi cuatro años años en el extremo oriental del barrio Álvarez Restrepo, me encontraba viviendo en nuestra nueva casa, ubicada sobre el andén occidental de la carrera 11 con calles 42 y 43, centro histórico de mi natal Bucaramanga, entre los también históricos parques Romero y García Rovira, el primero bautizado así en honor al sacerdote Francisco Romero, cura párroco de Bucaramanga, y el segundo nombrado así como homenaje al general Custodio García Rovira, presidente de nuestro país durante la Primera República y mártir de la Independencia. Aún era alumno del Instituto Tecnológico Santandereano, el antiguo Instituto Técnico Superior Dámaso Zapata, donde cursaba mi bachillerato desde 1967.

Hallándonos ya instalados en aquella casa grande y antigua, en la que mi madre me había asignado una habitación compartida con mi hermano Jorge Hernando, una mañana cualquiera mi familia y yo fuimos gratamente sorprendidos con una música tropical claramente interpretada en vivo y que provenía de la casa vecina a la nuestra lindando por el costado sur. En ese entonces las paredes de las casas eran muros de un gran grosor y construidos en adobe. Las casas contiguas compartían el mismo muro divisorio y la generosa extensión de las viviendas permitía que tuviesen tres patios y un solar; sus techos eran de teja y había canales a lo largo de los bordes de los tejados y unos canales verticales por donde las aguas lluvias descendían hacia el patio. Cuando comenzó a escucharse la voz del vocalista, mi hermano Jorge Hernando nos contó de inmediato que se trataba de Benny Márquez, el cantante de Los Golden Boys, aquella orquesta famosa que dirigía el guitarrista, cantante y compositor antioqueño Pedro Jairo Garcés, que mi familia y yo escuchábamos desde nuestra casa del Álvarez Restrepo cuando se presentaba, casi siempre en septiembre, con ocasión de la feria de Bucaramanga, o en la época decembrina, y que nos deleitaba con “La chichera”, de Carlos Baquerizo, un compositor de lo que hoy en día se llaman cumbias peruanas. Vine a saber entonces que este artista —Benny Marquez— le estaba cantando ahora a una orquesta, hasta ese momento para mí desconocida, que ensayaba a la otra puerta de nuestra casa.

Poco después habría de saber que esta excelente orquesta se llamaba “Los Brillantes” y que era una de las agrupaciones musicales de aires tropicales más destacadas de Bucaramanga. Más tarde me enteré de que la agrupación “Los Brillantes” había sido fundada y era dirigida por el joven guitarrista Alfonso Hernández, a quien yo recordaba por la obvia razón de que había sido mi profesor de música en la mejor escuela del mundo y sus alrededores, la Concentración José Camacho Carreño. Más tarde vine a saber que el integrante de esa orquesta que vivía en la casa vecina se llamaba Jorge Herrera. Posteriormente supe que en esa familia, además de Jorge, había otro reconocido músico, pero este intérprete del acordeón vallenato, que se llamaba Rozo, Rozo Herrera. También habría de saber que el baterista de la agrupación se llamaba Raldo Rueda. Lo cierto es que a partir de esa feliz y mágica mañana comenzamos a ser sorprendidos periódicamente con la llegada a nuestros oídos de las hermosas y festivas notas musicales procedentes de la casa vecina y las cuales me imaginaba que entraban a la nuestra volando desde el patio central de aquella casa al nuestro, un enorme patio con piso en cemento al borde del cual, a lado y lado, quien ingresara al inmueble veía la pequeña hilera de puertas verdes de las diversas habitaciones que resaltaban sobre el blanco de sus muros y en una de las cuales, en medio de libros y de afiches colgados en la pared, yo dormía sobre una cama sencilla en la que me acostaba no tanto a dormir, sino más bien a dejar volar la imaginación en pos de tratar de alcanzar mis sueños imposibles en un futuro mejor.

La primera vez que vi en persona a mi vecino músico integrante de “Los Brillantes” fue en la Plaza de Mercado Central. Sucedió una mañana en la que, como solíamos hacerlo, mi hermano Jorge Hernando y yo habíamos ido a comernos un picado de frutas. Por lo general te lo servían, en cualquiera de los puestos, en un plato redondo, pero si tú pagabas un poco más te lo entregaban en una bandeja. El picado de frutas más común de la plaza se componía de trozos de papaya, piña, banano y patilla, pero tú podías solicitar que le agregaron naranja, caso en el cual, ante tus ojos expectantes esta fruta era cortada en círculos que formaban simétricas rebanadas. Esa mañana el artista vecino llegó luciendo una camisa de colores vivos y unos pantalones bota campana, prendas masculinas que en ese entonces producía la fábrica bumanguesa Ropa El Roble y que se conocían como “Kleypants”. Lo recuerdo de tez muy blanca, de cabello mono, gordito —sin llegar a ser obeso—, sonriente, afable y educado. No iba solo, sino acompañado por otros jóvenes, de quienes deduje enseguida que se trataba de otros músicos de su orquesta. Me sorprendió que nos hubiese saludado con una sonrisa, pero más me desconcertó que nos hubiese dado la mano. Fue la primera vez en mi vida que un artista me dio la mano. El segundo que habría de hacerlo lo haría años más tarde en el Hotel Tay, ubicado sobre el andén norte de la calle 33 entre las carreras 16 y 17, un sábado de septiembre, en pleno desarrollo de la bulliciosa feria de Bucaramanga. Un mesero de ese hotel de nombre Víctor Rodríguez era inquilino de mi mamá y gracias a él pude ingresar al interior del Tay ese anochecer sabatino sin ser huésped, ni tener dinero con qué asomarme a la recepción para tratar de serlo, y fue también gracias a él que pude llegar —en su compañía, por supuesto— hasta el sofá donde este artista se hallaba sentado, de espaldas a nosotros, con los brazos extendidos a lado y lado, luciendo una camisa azul celeste remangada —a la que una vez que nos paramos frente a él le pude observar que tenía los botones superiores desabotonados— y una sonrisa que yo percibí cargada igual de amabilidad que de alegría. Aquel joven artista era el cantante de la orquesta Los Hispanos Rodolfo Aicardi. Esta agrupación iba a tocar esa noche en un sitio emblemático de la feria que se llamaba “Caseta Matecaña”. Para esa memorable noche septembrina, yo aún vivía en la casa contigua a la del joven bajista Jorge Herrera, pero ya para entonces este no tocaba su instrumento en la orquesta que dirigía el guitarrista Alfonso Hernández.

En efecto, llegó 1974 y yo, después de no haber estudiado el año inmediatamente anterior, porque luego de culminar mi quinto de bachillerato técnico me había retirado del Tecnológico, pero no había conseguido en el Colegio de Santander el cupo al que aspiraba para poder cursar mi sexto y graduarme como bachiller clásico, había ingresado finalmente a este plantel, al que de una vez alguien me enseñó que debía llamar, simple y llanamente, “el Glorioso Colegio Santander”. Fue ahí, como alumno del curso Sexto A, cuando me enteré de que mi vecino músico, el joven bajista Jorge Herrera, aquel mismo joven de camisas de colores y pantalones bota campana con el que nos habíamos encontrado en la plaza de mercado a donde íbamos a comer picado de frutas, había saltado de la agrupación local “Los Brillantes” a una de las orquestas más famosas del momento en el universo de la música tropical colombiana y latinoamericana: nada más ni nada menos que “Los 8 de Colombia”.

Empero, dos años antes de conocer esa feliz noticia, otra noticia —esta ya no feliz, sino lúgubre— me había llevado a que mi voz fuese difundida a lo largo del día a través de las ondas hertzianas de la emisora Radio Bucarica, radiodifusora perteneciente al Circuito Todelar de Colombia, y a que mi nombre apareciera en letras de molde en la primera página de un viejo diario conservador que aún circulaba en mi ciudad nativa y que se llamaba El Deber, dirigido por Jorge Gutiérrez Reyes, donde iniciaría mi aproximación al periodismo. Esa funesta noticia fue la de que durante una fiesta de matrimonio —el de Melquiades Carrizosa y Eleonora Pulido— que se celebraba en una finca llamada “Los Trinitarios”, de propiedad de un señor de nombre Carlos Alberto Zuloaga Soto y ubicada entre Bucaramanga y Floridablanca, se había suicidado la artista Rosita Uribe, esposa del cantautor y vecino de nuestro barrio Pablus Gallinazo. Y es que, sabedor de aquella infausta noticia, me dio por escribir, en ritmo de balada, una canción que titulé “Adiós a Rosita”, y por proponerle a mi compañero de colegio Jaime Orlando Villarreal Celis, de quien sabía que tocaba la guitarra, que me acompañara para yo grabarla en un casete y llevarla a una emisora.
A raíz de esa sorpresiva incursión en la radio local, una mañana habría de encontrarme cantando y grabando mi canción con el acompañamiento de algunos de los integrantes de la agrupación “Los Brillantes”. entre ellos su sonriente bajista Jorge Herrera, su serio guitarrista y director Alfonso Hernández, y su festivo y locuaz baterista Raldo Rueda.
(CONTINUARÁ)

ILUSTRACIÓN: El maestro Jorge Herrera en los años en que era el joven bajista de “Los Brillantes”, de Bucaramanga.
ÓSCAR HUMBERTO GÓMEZ GÓMEZ: Miembro del Colegio Nacional de Periodistas (CNP). Miembro de Número de la Academia de Historia de Santander. Miembro de la Sociedad de Autores y Compositores de Colombia (SAYCO). Miembro del ilustre y desaparecido Colegio de Abogados de Santander.