
EL GENERAL SIMÓN BOLÍVAR ALCANZÓ A HACER REALIDAD SU SUEÑO DE UNA GRAN NACIÓN AL LOGRAR UNIR EN UNA SOLA REPÚBLICA A LAS ACTUALES VENEZUELA, COLOMBIA Y ECUADOR. LA GRAN COLOMBIA DURÓ ENTRE LOS AÑOS 1821 Y 1830.
El sistema democrático colombiano ofrece este domingo únicamente dos opciones para que los ciudadanos votemos por quien queramos con el fin de proveer por mayoría el cargo de presidente de la República.
Al menos en teoría, todo ciudadano tiene derecho a votar por quien quiera. Pero, en mi caso particular, consideré que antes de decidir por quién debía llevar a cabo una rigurosa investigación personal sobre los dos candidatos y analizar con ponderación los pros y los contras de sus planteamientos.
Pues bien: adelantada esa investigación, a la que me movió también mi antigua inclinación hacia la historia, he definido el sentido que tendrá mi voto este domingo.

GENERAL FRANCISCO DE PAULA SANTANDER, EL HOMBRE DE LAS LEYES // Acevedo Bernal.
Preciso ante todo que, tal y como lo saben las personas más cercanas, y como además lo he dejado en claro siempre que se ha pretendido involucrarme en ella, a mí realmente no me ha interesado la política colombiana actual; mi acercamiento intelectual ha sido siempre hacia las ciencias políticas y hacia la historia, tanto nacional como internacional. Inevitablemente, ello me ha conducido, por supuesto, al estudio de prominentes figuras de la política colombiana y del mundo.
Y es que tengo profundas reservas éticas sobre la manera como se hace la política en mi país en los tiempos de hoy en día, sobre las verdaderas intenciones de quienes la ejercen y sobre el genuino interés de nuestros políticos por la solución de los grandes problemas nacionales.
Hecha esta advertencia previa, he de subrayar que la decisión final que he tomado ha obedecido a unas consideraciones que sólo corresponden a mi fuero estrictamente interno, el cual sólo tiene como jueces a Dios y a mi conciencia.

GENERAL ANTONIO NARIÑO, VICEPRESIDENTE DE LA REPÚBLICA DE LA GRAN COLOMBIA, EN SU DOBLE FACETA DE MILITAR Y DE INTELECTUAL.
Esas consideraciones han sido, entre otras, las siguientes:
PRIMERA: El profundo respeto que siento hacia el Supremo Hacedor y la gran molestia que me produjo el que se utilizara su sagrado nombre para hacer política.
Tengo el íntimo convencimiento de que quienes, buscando la satisfacción de sus intereses propios, se prestan para jugar con el nombre de Dios sufrirán consecuencias muy graves. Y por la lectura de algunos pasajes bíblicos, me asalta el temor de que no sólo las sufrirán ellos, sino también sus descendientes. En lo que a mí respecta, debo confesar que a eso le tengo mucho temor y por eso procuro apartarme siempre de quienes así proceden. La utilización de los templos y de la investidura pastoral para conducir a la feligresía a votar por un candidato me ha parecido una conducta temeraria y para mí repugnante.
SEGUNDA: Mi irreductible obediencia al hermoso mandato cristiano de amor hacia mi prójimo.
«Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros. En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros» (Jn 13,34-35).
Este “mandamiento nuevo” dejado por Jesucristo a nosotros, sus seguidores, me obliga a no servir de caja de resonancia a consignas que promuevan el odio y la violencia en contra de quienes piensan distinto.
TERCERA: Mi plena convicción de que el odio y la violencia ya mostraron sus desastrosas consecuencias, no sólo en este país, sino en el mundo. (En Colombia: la guerra de los Mil Días, la época de La Violencia entre liberales y conservadores, etc. En el mundo: la Primera Guerra Mundial, la Guerra Civil Española, la Segunda Guerra Mundial, y, en general, todas las atroces guerras que han ensangrentado y siguen ensangrentando nuestro planeta).
CUARTA: Mi condición de feligrés de la Iglesia católica, apostólica y romana, que me obliga a seguir la doctrina social de la Iglesia y las enseñanzas de los papas, plasmadas en sus encíclicas, cartas apostólicas y homilías. Por supuesto, también debo atender las orientaciones de la Conferencia Episcopal Colombiana.
QUINTA: El haber fundamentado mi vida profesional y la formación de mi familia en la práctica de valores éticos que para mí son insustituibles.
SEXTA: El haber llevado a cabo, dada mi vocación hacia la historia y apoyándome en todas las fuentes con las que me fue posible contar, una rigurosa investigación personal acerca de los dos candidatos, indagación que me permitió llegar a mis propias conclusiones íntimas, entre ellas la total ausencia de verdad en las graves acusaciones públicas hechas en contra de un candidato con el fin de sembrar en la opinión pública la imagen de que es alguien proclive a la violencia.
SÉPTIMA: Mi ferviente deseo de que bajo ningún gobierno sea perseguido algún sector de mis compatriotas solamente por pensar distinto.
OCTAVA: Mi antigua e incorregible tendencia a ponerme siempre de parte de aquellos contra quienes se forman gavillas mediáticas y que no cuentan con los mismos medios publicitarios para contrarrestar los ataques en su contra y exponer con total amplitud sus puntos de vista. Al respecto, considero que cuando se lleva a cabo una contienda electoral dentro de una sociedad democrática, los periódicos deben poner a disposición de todas las tendencias sus páginas y columnas con total generosidad, cosa que aquí no sucedió. Observé, por ejemplo, que mientras el diario El Tiempo en un mismo día les dedicaba todas sus páginas editoriales a columnistas que escribían a favor de una propuesta política afín al periódico, no publicaba absolutamente ninguna columna de opinión a favor de la propuesta contraria. Eso generó mi percepción personal de que había una total desigualdad informativa y de opinión, lo que dentro de mí terminó por inclinar la balanza en favor de quien percibí como la parte más débil.
NOVENA: Las inaceptables burlas y los inconcebibles aplausos con que fueron recibidas noticias muy tristes para personas y familias colombianas residentes en el exterior. La terrible persecución desatada contra los migrantes pobres arrestados en los Estados Unidos no mereció el más mínimo comentario piadoso de uno de los candidatos. En mi sentir, la pobreza no puede seguir siendo un estigma, ni un pretexto para la violencia y la humillación oficial en contra de nadie. Considero que debió haber existido en quien estaba aspirando a ser el representante constitucional de toda la nación colombiana un mínimo de solidaridad, al menos por misericordia, hacia estas familias. Mirar a las personas con desdén desde la altura social que da el dinero contrasta de bulto con la admirable virtud de la sencillez, esencial en la doctrina cristiana y, en lo que a mí respecta, un verdadero adorno de la personalidad que engalana a los grandes hombres y a las grandes mujeres, y que, para ser sincero, a mí siempre me ha conquistado.
DÉCIMA: El no compartir la visión de uno de los candidatos en torno a la protección de nuestros páramos, de nuestras fuentes hídricas, y en general de nuestro medio ambiente.
UNDÉCIMA: El no estar de acuerdo con uno de los candidatos sobre puntos fundamentales que tienen que ver con el respeto a nuestra soberanía nacional, con la salvaguarda de nuestros recursos naturales y con nuestro derecho a contar con un servicio público de salud acorde con los adelantos de la ciencia y que refleje el carácter retributivo de los impuestos que pagamos a diario todos los colombianos hasta por tomarnos una gaseosa en una tienda.
DUODÉCIMA: La esperanza que abrigo de que en mi país natal, donde he vivido toda mi vida, siempre se garantice el derecho a la libertad de expresión, pilar fundamental de la democracia, de modo que todos los colombianos podamos exteriorizar libremente nuestras ideas, sin miedo a nada, ni a nadie.
Área metropolitana de Bucaramanga, jueves 18 de junio de 2026