
I
El primer sitio turístico que tú encuentras en Reikiavik, la fascinante capital de la lejana Islandia, no es ningún paisaje islandés —de esos que lo hacen pensar a uno si acaso el paraíso no tendría como escenario esas maravillosas tierras—, ni tampoco sus singulares edificaciones, ni las imágenes espléndidas de su bellísimo entorno natural, ni los patos típicos de la región que asombrosamente nadan en sus gélidos estanques surcados por gigantescos témpanos de hielo; ni sus coloridas y preciosas auroras boreales, sino un carrito de perros calientes.
Sí, un pintoresco y archifamoso carrito de “hot dogs” —como dicen los gringos— en el que se observa escrito en idioma islandés “Baejarins beztu pylser”, que en español significa “Los mejores perritos calientes de la ciudad” (Pylser = perritos calientes (salchichas); beztu = los mejores, y baejarins = de la ciudad).
Este emblemático sitio de Reikiavik cumplirá el año entrante “apenas” noventa años.
II

Bueno, pero vamos a la historia. Ya no a la del carrito de perros calientes representativo de Reikiavik, sino a la de la propia Islandia.
III

Es probable que Erik, un personaje de inevitable mención cuando se hable del devenir histórico de Islandia (y sobre todo del de Groenlandia, digámoslo de una vez), tuviera el pelo rojizo y que por ese detalle físico le hayan puesto el sobrenombre de Erik el Rojo con el cual pasó a la posteridad.
Lo cierto es que al papá de Erik el Rojo lo desterraron de Noruega por ser un hombre conflictivo y haber sido juzgado y condenado por la muerte violenta de varias personas. Ello hizo que fuera a parar con su familia a Islandia. Allí en Islandia creció Erik el Rojo, pero a él también lo desterraron de Islandia porque heredó de su padre ese mismo temperamento violento y fue igualmente juzgado y condenado por varias muertes violentas que causó. Fue así como Erik el Rojo terminó navegando hasta llegar a Groenlandia. Allí en Groenlandia habría de vivir, de morir y de ser sepultado. Erik el Rojo era vikingo.
IV

En los orígenes de ambas islas lo que nos cuentan es que mientras a Islandia la bautizan con ese nombre, que significa “Tierra de hielo”, a Groenlandia le ponen ese otro nombre, que significa “Tierra verde“, sin imaginarse que la cosa iba a resultar al revés, y que, mientras Islandia iba a ser poblada, particularmente en la región donde se encuentra enclavada Reikiavík (“Reykjavik en islandés), es decir, la capital del país, y que iba a contar con un verdor de fantasía, los pobladores de Groenlandia tendrían que abandonar esta otra isla por su clima inhóspito y porque las terribles heladas mataron el ganado, dieron al traste con los cultivos e hicieron imposible la normalidad de la vida. Así que la que debió ser llamada “Tierra verde“ fue llamada “Tierra de hielo“ y la que debió llamarse “Tierra de hielo“ terminó llamándose “Tierra verde“. Todo, pues, les salió al revés a quienes bautizaron a esas dos grandes islas.
V

En la Segunda Guerra Mundial, Islandia se declaró neutral. Sin embargo, a pesar de esa neutralidad, dada su ubicación estratégica en el mar los Aliados hicieron presencia en el territorio islandés. Lo hizo primero Inglaterra y después Estados Unidos. Y lo hicieron, a pesar de las protestas elevadas por los islandeses.
VI

En Reikiavík, la capital de Islandia, bien se puede hablar —particularmente en época de verano— de las ocho de la tarde, o de las nueve de la tarde, pues el sol prosigue impertérrito más allá de aquella hora de los atardeceres colombianos en la que se va perdiendo allá tras los horizontes marinos, o allá detrás de los cerros occidentales en las ciudades que, como mi natal Bucaramanga, son bendecidas con ese espectáculo soberbio de la madre naturaleza.
VII

Tanto Groenlandia como Islandia terminaron perteneciendo a Dinamarca. Sin embargo, mientras que Groenlandia aún hoy en día continúa siendo territorio danés, Islandia es, desde la década de los años 40, cuando declaró su independencia, una nación libre y soberana.
VIII

Una aeronave de colores celeste y blanco perteneciente a la aerolínea danesa KLM (Ka Ele Eme), que yo suelo ufanarme en mencionar como “Key El Em” (para darme ánimo a mí mismo y hacerme creer que aún recuerdo algunos minúsculos rudimentos del escaso inglés que aprendí durante mi bachillerato) decola del aeropuerto El Dorado, de Bogotá, atraviesa casi medio país, y aterriza en Cartagena, para dejar y recoger pasajeros. Una hora después, y sin que siquiera se permita a los ocupantes descender a estirar las piernas, emprende el vuelo trasatlántico hacia Ámsterdam, la capital de Países Bajos, el espléndido país europeo al que todo el mundo conoce como Holanda.
Bogotá, y por supuesto Bucaramanga, están a siete horas de diferencia de Ámsterdam, estando nuestro horario atrás y el del territorio amsterdamés adelante.
Del aeropuerto de Ámsterdam al de Islandia hay aproximadamente dos horas y media de vuelo. Cuando viene el aterrizaje, Islandia te recibe con unos mágicos arreboles en los que se entremezclan el color de la grana y el del oro. No es este un paisaje extraño a Bucaramanga, pues también los cerros de occidente de nuestra santandereana ciudad nativa se enrojecen durante los atardeceres, cuando el sol se va ocultando detrás de sus riscos con esos cromos inimitables con los que la mano prodigiosa de Dios dibujó los mágicos paisajes naturales que los pintores tratan de reproducir en sus lienzos con el soporte de sus caballetes, sus pinceles, sus acuarelas y su talento.
IX

A pesar del verano, el frío en Reikaivik es tan intenso y es tan intensa la nubosidad, que un viajero despistado no tendría claro en cuál estación se encuentra, si en invierno o en estío.
X

En Reikiavik hay dos templos, uno elevado, la catedral, y otro menos elevado, el templo protestante, que trata de hacerle competencia al primero, no sólo en cuanto a encanto arquitectónico, sino sobre todo en el efecto atrayente de su propio magnetismo religioso y en la consiguiente conquista de la feligresía.
XI

Dicen que Islandia está llena de escritores. Y debe ser cierto, porque lo primero que al viajante amante de la poesía —y en general de la literatura— le provoca (por supuesto después de deleitarse con sus paradisíacos escenarios) es quedarse dentro de su habitación y ponerse a escribir, si no en verso, al menos en prosa, para dibujar con palabras la maravilla sin par de aquellos paisajes preciosos que han hecho de Islandia ya no la tierra del hielo, sino la tierra de las maravillas divinas.
XII

Corre la voz por todo Reikiavik —y desde luego por toda Islandia— de que habrá un eclipse total de sol y que los islandeses, y por supuesto los visitantes de la isla, tendrán la oportunidad, quizás única y feliz, de ver en directo ese fenómeno meteorológico.
Me surge de inmediato la preocupación por las viejas advertencias de la sabiduría popular sobre el grave peligro que se cierne sobre nuestro maravilloso, pero frágil don de la vista si los seres humanos pretendemos observar un eclipse total de sol creyendo que es suficiente cubrirnos los ojos con nuestras gafas habituales de sol. Las perentorias advertencias las hace la NASA. Según ella, deben utilizarse gafas muy especiales. Aunque también advierte que el fenómeno natural puede observarse apelando a medios físicos indirectos. Vuelvo a evocar entonces la sabiduría popular, la de nuestras abuelas, que cuando yo era un niño decían que un eclipse nunca debía mirarse de manera directa porque uno podía quedar ciego, y sugerían, con un sentido común elemental, y sin contar con ninguna preparación académica en física, particularmente en óptica, ni mucho menos en las ciencias médicas, especialmente en oftalmología, que acudiéramos más bien a un platón con agua, con lo cual lo que estaban enseñando era que empleáramos medios físicos indirectos. Esto lo rememoro con esa especial nostalgia que inevitablemente me han traído consigo los años, los cuales me han permitido últimamente irme sumiendo en las honduras del sueño nocturno mientras recuerdo cuando era joven y todas ellas vivían y yo las escuchaba narrar sus propias remembranzas y, por supuesto, hacer sus comentarios cargados de esa singular sabiduría que suele darles a algunos la experiencia.
XIII

Ahora se ha esparcido por toda la playa reikiavikense la sensación de desencanto, frustración y pesimismo porque al parecer no se va a poder ver el eclipse. Van a terminar esforzándose para nada quienes se desplazaron hasta la playa, dispuestos a acampar bajo sus tiendas de campaña, o quedándose a dormir dentro de su carro para eludir el alto costo de un hospedaje. Hospedaje que, desde luego, otros han seguido como la opción más atractiva.
De nada ha servido —comienza a decirse— el haber comprado con antelación las gafas indicadas por la NASA, pero peor aún, el haber atravesado de lado a lado el océano Atlántico para viajar desde América hasta Ámsterdam a bordo de un avión celeste con blanco, y después hacerlo, otra vez a través del océano, desde Ámsterdam a Reikiavík. Mejor dicho: quienes querían ver en vivo y en directo el eclipse total de sol se van a quedar viendo no un eclipse, sino un chispero. Pero no: con el paso del tiempo comienza a renacer poco a poco el optimismo, se reverdece poco a poco la esperanza, retorna poco a poco la alegría, vuelve poco a poco la emoción que trae consigo la inminente posibilidad de ser testigos de un hecho tan especial para los aficionados a la astronomía —y para quienes no lo son— como lo es aquel fenómeno que hizo famoso al filósofo presocrático Tales de Mileto, hasta que finalmente corre la voz, la entusiasta voz de que va a comenzar el eclipse, sí, sí, va a iniciar el eclipse, sí, sí, va a principiar el eclipse; se preparan entonces las cámaras y los celulares, y, por supuesto, los ojos detrás de las gafas recomendadas por la NASA, hasta que, ¡qué alegría! ahí está, sí, ahí está ante los ojos de los incrédulos, el eclipse total de sol, el eclipse que finalmente sí se está viendo desde una playa de Islandia, la de su capital, Reikiavík.
Así que no se ha perdido el viaje.
Bueno, aunque cuando se trate de Islandia debería pensarse, más bien, que con eclipse o sin eclipse jamás el viaje se pierde.
(CONTINUARÁ)
FOTOGRAFÍAS: Óscar Fernando Gómez y Silvia Alejandra Torres
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ÓSCAR HUMBERTO GÓMEZ GÓMEZ: Miembro del Colegio Nacional de Periodistas (CNP). Miembro de Número de la Academia de Historia de Santander. Miembro de la Sociedad de Autores y Compositores de Colombia (SAYCO). Miembro del ilustre y desaparecido Colegio de Abogados de Santander.