ELECCIONES DOMINICALES. Por Óscar Humberto Gómez Gómez

GENERAL FRANCISCO DE PAULA SANTANDER, EL HOMBRE DE LAS LEYES // Acevedo Bernal.

 

El sistema democrático colombiano ofrece este domingo dos opciones —solamente dos— para que los ciudadanos votemos por quien queramos con el fin de proveer por mayoría el cargo de presidente de la República.

Que es como decir que entre solamente dos opciones, este domingo decidiremos quién será investido de la dignidad que en los albores de esta nación enaltecieron patriotas ilustres como el general Simón Bolívar o el general Francisco de Paula Santander.

Que es como decir que entre tan solo dos opciones, este domingo se escogerá quién será el nuevo inquilino de la casa donde en aquellos albores vivía otro de nuestros más connotados patriotas, el general Antonio Nariño.

Si —por la razón que sea— ninguna de las dos opciones le gusta a uno, le toca votar por la que menos le disguste, o engrosar las históricamente gruesas estadísticas del abstencionismo.

Todo ciudadano tiene derecho a votar por quien quiera. Bueno, eso dice la teoría, porque la práctica lo que ha demostrado es que tal cosa no la puede hacer aquella pobrería ignorante a la que le toca votar por quien le indique el político que le tiene empleada a la familia dentro de la frondosa burocracia y en cuyas poderosas manos, por consiguiente, está el que pueda seguir pagando los recibos de los servicios públicos y poniendo un plato de comida encima de la mesa. (A veces, incluso, la han llevado con la seductora compañía de una pistola, tal y como lo han reconocido por ahí ciertos políticos en ciertas audiencias de cuyo nombre, como diría Cervantes en el Quijote, no quiero acordarme).

En mi caso particular, y dado que no milito ni en la agrupación política de un candidato ni en el movimiento político del otro, ni me gustó este gobierno, ni mucho menos me han gustado los anteriores, ni estoy buscando puesto, ni ando lagarteando contratos, consideré que antes de decidir por quién votar, o si definitivamente no votaría por nadie, debía llevar a cabo una exhaustiva investigación personal sobre cada uno de los dos aspirantes y, además, analizar con ponderación los pros y los contras de sus planteamientos.

(Cosas que, por cierto, deberían hacer todos los colombianos antes de ir a hacer fila frente a las urnas).

Pues bien: adelantada esa exhaustiva investigación (a la que, por cierto, me movió también mi antigua e incorregible inclinación hacia la historia), lo único que he definido por ahora es el sentido que NO tendrá mi voto este domingo, si es que me animo, claro está, a bañarme, a ponerme una pinta dominguera y a pegarme el viaje desde mi casa hasta el lejano punto de votación donde me tocará depositar mi tarjetón.

Un tarjetón que, dicho sea de paso, a juzgar por el insistente bombardeo de mensajes que mis amigos me han venido enviando a mi WhatsApp (bombardeo que contrasta con la escasez epistolar que han demostrado durante el resto del año), decidirá en solitario quién ganará las elecciones.

 

EL GENERAL SIMÓN BOLÍVAR ALCANZÓ A HACER REALIDAD SU SUEÑO DE UNA GRAN NACIÓN AL LOGRAR UNIR EN UNA SOLA REPÚBLICA A LAS ACTUALES VENEZUELA, COLOMBIA Y ECUADOR. LA GRAN COLOMBIA DURÓ ENTRE LOS AÑOS 1821 Y 1830.

 

He de precisar ante todo que, tal y como lo saben las personas que me son más cercanas, y como además lo he dejado en claro públicamente siempre que se ha pretendido involucrarme en ella, a mí, aquí entre nos, realmente no me ha interesado en absoluto la política colombiana de estos tiempos; mi acercamiento intelectual ha sido, más bien, hacia las CIENCIAS POLÍTICAS y hacia la HISTORIA, tanto nacional como internacional. Aunque claro: ha sido inevitable que ello me haya conducido al estudio de prominentes figuras de la política colombiana (Rafael Uribe Uribe, Marco Fidel Suárez, Jorge Eliécer Gaitán, Laureano Gómez, José Camacho Carreño…) y del mundo (Abraham Lincoln, Gandhi, Martin Luther King…).

Y no me ha interesado la política colombiana de estos tiempos, digo, porque tengo profundas reservas éticas sobre la manera como “se hace política” en mi país hoy en día, sobre las verdaderas intenciones de quienes “la hacen” y sobre el genuino interés de nuestros políticos (o, más bien, sobre el genuino interés de nuestros politiqueros y de nuestros supuestos “apolíticos”, que, “apolíticos” y todo, recogen firmas y se inscriben buscando hacerse elegir en los cargos públicos) por la solución efectiva de los antiguos, grandes y graves problemas nacionales.

Hecha esta advertencia previa, he de subrayar que la primera decisión que he tomado ha obedecido a unas consideraciones que sólo corresponden a mi fuero estrictamente interno, el cual sólo tiene como jueces a Dios —que es la Verdad— y a mi conciencia, que ha sido siempre el faro orientador de mis acciones.

 

GENERAL ANTONIO NARIÑO, VICEPRESIDENTE DE LA REPÚBLICA DE LA GRAN COLOMBIA, EN SU DOBLE FACETA DE MILITAR Y DE INTELECTUAL.

 

A continuación detallo una a una las consideraciones que me han llevado a NO escoger, de entre las dos únicas opciones ofrecidas, aquella con la que definitivamente me siento menos identificado, o, para ser exacto, por la que ya decidí NO votar este domingo.

PRIMERA CONSIDERACIÓN: El profundo respeto que siento hacia el Supremo Hacedor y la gran molestia que me produjo el que se utilizara su sagrado nombre para hacer política.

Y es que tengo el íntimo convencimiento de que quienes, buscando la satisfacción de sus intereses propios, juegan con el nombre de Dios, o se prestan para que otros lo hagan, sufrirán las consecuencias. Es más: por la lectura de algunos pasajes bíblicos, me asalta el temor de que no sólo las sufrirán ellos, sino también sus descendientes. En lo que a mí respecta, debo confesar que a eso yo sí le tengo mucho temor y por eso procuro apartarme siempre de quienes así proceden.

SEGUNDA CONSIDERACIÓN: Mi irreductible acatamiento al hermoso mandato cristiano de amor hacia mi prójimo.

«Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros. En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros» (Jn 13,34-35).

Este “mandamiento nuevo” dejado por Jesucristo a todos nosotros, sus seguidores, me obliga a no servirles de caja de resonancia a consignas que promuevan la exclusión, el odio y la violencia en contra de quienes piensan distinto.

TERCERA CONSIDERACIÓN: Mi plena convicción de que la exclusión, el odio y la violencia ya mostraron sus desastrosas consecuencias, no sólo en este país, sino en el mundo. (En Colombia: la guerra de los Mil Días, la época de La Violencia entre liberales y conservadores, etc. En el mundo: la Primera Guerra Mundial, la Guerra Civil Española, la Segunda Guerra Mundial, y, en general, todas las atroces guerras que han ensangrentado y siguen ensangrentando nuestro planeta).

CUARTA CONSIDERACIÓN: Mi condición de católico, que me obliga a seguir la doctrina social de la Iglesia y las enseñanzas de los papas, plasmadas en sus encíclicas, cartas apostólicas y homilías. Yo no puedo ser católico y al mismo tiempo ser indiferente a la suerte de los humildes. Mucho menos puedo ser católico y al mismo tiempo apoyar a alguien que desprecia a los pobres y solamente habla de su ego y de los grandes intereses económicos extranjeros.

QUINTA CONSIDERACIÓN: El haber fundamentado mi vida profesional y la formación de mi familia tanto en la práctica de valores éticos que para mí siguen siendo insustituibles como en el respeto a las autoridades y a quienes no coinciden conmigo en cuestiones políticas o de cualquier otro orden.

En este orden de ideas, el dirigirse al jefe de Estado, quienquiera que sea, como “bandido”, “drogadicto”, “degenerado”, etc.; o la actitud altanera, desafiante e irrespetuosa frente a providencias judiciales que han debido ser cuestionadas mediante los correspondientes medios de impugnación y no incitando públicamente a su grosero desacato, máxime cuando las órdenes impartidas en ellas iban dirigidas nada más ni nada menos que a un profesional del derecho, que como tal estaba obligado a dar buen ejemplo de respeto a la institucionalidad y de manera especial a la Justicia; o el hecho de ofender al otro candidato llamándolo también “bandido”, lo cual indirectamente implicaba irrespetar a sus millones de seguidores; y, en fin, para no prolongar la lista, el referirse a estos millones de compatriotas como una “plaga” a la que hay que “destripar”, yo definitivamente no puedo validarlo. Y no lo puedo hacer, porque entonces estaría traicionando, además de mis principios cristianos (y para ser más concreto católicos), nociones de cívica y de urbanidad que de niño me enseñaron en la casa y en la escuela, que ya de adulto les enseñé a mis hijos, y que a estas alturas de mi existencia, cuando me encuentro más cerca del final que del comienzo, lejos de abandonar considero que debo afianzar más que nunca.

De la sabiduría popular aprendí que “Lo cortés no quita lo valiente”.

SEXTA CONSIDERACIÓN: El haber llevado a cabo, dada mi vocación hacia la historia y apoyándome en todas las fuentes con las que me fue posible contar, una rigurosa investigación personal acerca de los dos candidatos, indagación que me permitió llegar a mis propias conclusiones íntimas, entre ellas la total ausencia de verdad en las graves acusaciones públicas hechas en contra de uno de ellos como supuesto guerrillero de las FARC, peligroso señalamiento que seguramente se le hizo con el fin de sembrar en la opinión pública la imagen de que es alguien proclive a la violencia.

SÉPTIMA CONSIDERACIÓN: Mi respeto hacia los animales como parte de la gran obra de Dios y mi consiguiente rechazo al maltrato animal y a que la pública confesión que uno de los candidatos hizo de ese maltrato lo haya pretendido convertir en un chiste, pues desde hace mucho, desde que apenas era un joven universitario, sé que existe todo un tratado de Sigmund Freud sobre “El chiste y sus relaciones con el inconsciente”.

OCTAVA CONSIDERACIÓN: Mi ferviente deseo de que bajo ningún gobierno sea perseguido un sector de mis compatriotas solamente por pensar distinto.

NOVENA CONSIDERACIÓN: Mi antigua e incorregible tendencia a ponerme siempre de parte de aquellos contra quienes se forman gavillas mediáticas —o de cualquier orden— y que no cuentan con los mismos medios publicitarios para contrarrestar los ataques en su contra y exponer con total amplitud sus puntos de vista.

Considero que cuando se lleva a cabo una contienda electoral dentro de una sociedad democrática, los periódicos deben poner a disposición de todas las tendencias sus páginas y columnas con total generosidad, cosa que aquí no sucedió. Observé, por ejemplo, que mientras el diario El Tiempo en un mismo día les dedicaba todas sus páginas editoriales a columnistas que escribían a favor de una propuesta política afín al periódico, no publicaba absolutamente ninguna columna de opinión a favor de la propuesta contraria. Algo similar observé en las radiodifusoras y en la televisión. Todo eso generó mi percepción personal de que había una total desigualdad informativa y de opinión, lo que dentro de mí terminó por inclinar la balanza, en ese aspecto, a favor de quien percibí como la parte más débil.

DÉCIMA CONSIDERACIÓN: Las inaceptables burlas y los inconcebibles aplausos con que fueron recibidas noticias muy tristes para personas y familias colombianas residentes en el exterior.

La terrible persecución desatada contra los migrantes pobres arrestados en los Estados Unidos no mereció el más mínimo comentario piadoso de uno de los candidatos.

En mi sentir, la pobreza no puede seguir siendo un estigma, ni un pretexto para la violencia y la humillación oficial en contra de nadie.

Considero que debió haber existido en quien estaba aspirando a ser el representante constitucional de toda la nación colombiana un mínimo de solidaridad, al menos por misericordia, hacia estas familias.

Mirar a las personas con desdén desde la altura social que da el dinero contrasta de bulto con la admirable virtud de la sencillez, esencial en la doctrina cristiana y, en lo que a mí respecta, un verdadero adorno de la personalidad que engalana a los grandes hombres y a las grandes mujeres, y que, para ser sincero, a mí siempre me ha conquistado.

“… porque yo tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; era peregrino y me hospedasteis;

36 estando desnudo me cubristeis, enfermo y me visitasteis, encarcelado y vinisteis a verme y consolarme.

37 A lo cual los justos le responderán, diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos nosotros hambriento y te dimos de comer, sediento y te dimos de beber?;

38 ¿cuándo te hallamos de peregrino y te hospedamos, desnudo y te vestimos?,

39 o ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel, y fuimos a visitarte?

40 Y el rey, en respuesta, les dirá: En verdad os digo: Siempre que lo hicisteis con algunos de estos mis más pequeños hermanos, conmigo lo hicisteis”. (Mt, 25: 35-40)

UNDÉCIMA CONSIDERACIÓN: El no compartir la visión de uno de los candidatos en torno a la protección de nuestros páramos, de nuestras fuentes hídricas, y en general de nuestro medio ambiente. ¡Por favor: ¿a qué persona con mediana sensatez se le ocurre irse en contra de la preservación del agua, que es como decir de la vida? A propósito de este tema, he recordado a ese excelente médico pediatra, y aún mejor señor, que era el doctor Jaime Forero, digno exponente del Partido Conservador, quien escribió, de manera rotunda, una serie de columnas de prensa titulada “Los páramos no se tocan”, escritos que pueden leerse aquí mismo en mi blog.

DUODÉCIMA CONSIDERACIÓN: El no estar de acuerdo con uno de los candidatos sobre puntos fundamentales que tienen que ver con el respeto a nuestra soberanía nacional, con la salvaguarda de nuestros recursos naturales y con nuestro derecho a contar con un servicio público de salud acorde con los adelantos de la ciencia y que refleje el carácter retributivo de los impuestos que pagamos a diario todos los colombianos hasta por tomarnos una gaseosa en una tienda.

DECIMOTERCERA CONSIDERACIÓN: El parecerme absolutamente fuera de lugar la pública aseveración que uno de los candidatos hizo en el sentido de que extraditaría a quien por haber ejercido la jefatura de Estado, y más allá de la simpatía o antipatía que se le tenga (y, de hecho, no es precisamente mucha la que yo le tengo), en todo caso representó la soberanía nacional de Colombia en el contexto de las naciones del mundo y, por ende, adquirió una dignidad que, a mi juicio, impide el que se le trate como a cualquier fulano. Yo recuerdo la respuesta contundentemente negativa que dio el entonces candidato presidencial Andrés Pastrana Arango cuando le formularon la misma pregunta en relación con sus contradictores de ese momento Ernesto Samper Pizano y Horacio Serpa Uribe. Esa, en mi sentir, es la única respuesta posible. Ofrecerle la extradición de un expresidente colombiano a un país extranjero denota una recalcitrante ojeriza y una peligrosa falta de madurez política que, en alguien que va a ser investido de tanto poder, me desconcierta y preocupa porque no tengo claro hasta dónde puede llegar con sus odios y antipatías.

DECIMOCUARTA CONSIDERACIÓN: La esperanza que abrigo de que en mi país natal, donde he vivido toda mi vida, siempre se garantice el derecho a la libertad de expresión, pilar fundamental de la democracia, de modo que todos los colombianos podamos exteriorizar libremente nuestras ideas, sin miedo a nada, ni a nadie.

DECIMOQUINTA CONSIDERACIÓN: El saber que uno de los candidatos sufrió el asesinato de su padre y en lugar de abrazar la violencia como respuesta lo que hizo fue fundar una asociación de víctimas y dedicarse a luchar desde la democracia por sus ideas, lo cual, a mis ojos, revela una madurez que no he visto en otros casos similares que han marcado con el odio y la venganza las vidas de sus protagonistas, tal y como lo demuestra la historia colombiana. Ante una tragedia de tan alto contenido humano, en cambio, un candidato que antes se ufanaba de ser ateo y que “milagrosamente”, cuando contempló la posibilidad de salir a cazar votos para llegar a ser presidente de la República (y así “cumplir el único sueño que le faltaba por lograr en la vida”, según sus propias egocéntricas palabras), comenzó a ir a las iglesias católicas a prender veladoras en público y a los templos protestantes a “exaltar la gloria de Dios”, no pronunció una sola frase que denotara una mínima dulzura, un mínimo de humanidad, un tris de verdadero espíritu cristiano.

DECIMOSEXTA CONSIDERACIÓN: La mentalidad extremadamente militarista del candidato presidencial de quien el señor general (RA) del Ejército Nacional y también candidato presidencial durante la primera vuelta Gustavo Matamoros (hijo del recordado ministro de Defensa Nacional general Gustavo Matamoros D’Costa) puso de presente que ni siquiera prestó el servicio militar.

Suele suceder que personas que ni siquiera estuvieron en el ejército, cuando llegan al poder parecieran disfrutar de la violencia y de la guerra. Acaso esto se explique por el hecho de que las atrocidades de la violencia y de la guerra solamente tienen que afrontarlas los hijos ajenos.

DECIMOSÉPTIMA CONSIDERACIÓN: La denuncia pública que hizo el señor general de la Policía Nacional Juan Carlos Buitrago (quien fuera el director de la Policía Fiscal y Aduanera, POLFA, cargo en el que alcanzó una gran notoriedad pública por su vertical lucha en contra del contrabando) según la cual el mismo candidato al que se refiere el señor general Gustavo Matamoros fue quien obstruyó la captura del más grande contrabandista de Colombia.

DECIMOCTAVA CONSIDERACIÓN: El haber escuchado, a través de diferentes medios de comunicación y de la propia voz de sus protagonistas, denuncias públicas de clientes de uno de los dos candidatos que, dentro de la intimidad de mi conciencia, ponen en serio entredicho la ética profesional con la que ha ejercido su profesión de abogado.

DECIMONOVENA CONSIDERACIÓN: La falta total de claridad acerca de lo sucedido en la inscripción de la candidatura a la presidencia de la República del mismo aspirante.

En efecto, a mí no me ha quedado claro eso de que el aspirante, con bombos y platillos, entregó en la Registraduría Nacional del Estado Civil cinco millones de firmas, pero la propia Registraduría —dirigida por un político afín a él— tuvo que rechazarle nada más ni nada menos que tres millones quinientas mil firmas, por irregularidades que hasta hoy no se han precisado.

VIGÉSIMA CONSIDERACIÓN: El haber tenido conocimiento de que este mismo candidato es de nacionalidad colomboestadounidense (es decir, que aunque nació en Colombia, Estados Unidos le otorgó la nacionalidad), el haber estudiado cuidadosamente este tema a la luz de la Constitución de Colombia y el haber concluido que, definitivamente (y contrario a lo afirmado por la mayoría del Consejo Nacional Electoral, organismo de naturaleza política conformado en su mayoría por representantes de los partidos políticos afines a él) un colombiano por nacimiento que adquiera la nacionalidad de otro país NO puede ser presidente de la República, por las siguientes razones: 1. La Constitución dice que los requisitos para ser presidente son, aparte de ser colombiano por nacimiento y tener más de 35 años, los mismos que para ser senador; 2. La misma Constitución advierte que no podrá ser SENADOR quien tenga la nacionalidad de un país extranjero; 3. La misma Constitución, sin embargo, consagra como EXCEPCIÓN el caso de que el aspirante al Senado, a pesar de tener la nacionalidad de un país extranjero, haya nacido en Colombia; 4. En otras palabras, por vía de EXCEPCIÓN, quien tenga la nacionalidad de un país extranjero sí puede ser SENADOR si nació en Colombia: 5. Todo jurista sabe que la excepción a una regla, y máxime la excepción a una de rango constitucional, tiene interpretación RESTRICTIVA, es decir, no tiene interpretación EXTENSIVA, y, por lo tanto, no se puede extender a otras situaciones no consagradas expresamente en la excepción misma. 6. Por consiguiente, la excepción que posibilita ser SENADOR colombiano a quien tenga nacionalidad extranjera si nació en Colombia, únicamente es aplicable A LOS SENADORES, no al presidente de la República, respecto de quien la Constitución no contempla esa misma excepción. 7. Y es que el hecho de que el presidente de la República de Colombia no pueda ser nacional de otro país es una prohibición apenas obvia, pues no se trata de elegir a uno de los tantos miembros del Senado, sino de elegir nada más ni nada menos que a quien, como jefe de Estado, va a representar los intereses DE LA NACIÓN COLOMBIANA ante los demás países del mundo. El presidente de la República de Colombia no puede ser alguien que esté obligado a servirles a dos señores. Mucho menos, cuando el otro señor, esto es, el señor extranjero, ha demostrado hasta la saciedad su injerencia en los asuntos internos de la República de Colombia, a cuyos presidentes únicamente ha respaldado cuando le han sido afines a sus intereses políticos, económicos o militares.

 

Área metropolitana de Bucaramanga, jueves 18 de junio de 2026

 

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