VICENTE ARENAS MANTILLA Y EL GENERAL FARÍAS. (I) Por Óscar Humberto Gómez Gómez, Miembro de Número de la Academia de Historia de Santander.

ÓSCAR HUMBERTO GÓMEZ GÓMEZ [Fotografía: Fernando Rueda Villamizar]

 

Primero lo primero, así que hablaré inicialmente del escritor Vicente Arenas Mantilla.

 

Son escasos los datos biográficos de este estupendo cronista y poeta nacido en la Villa de San Carlos del Pie de la Cuesta en el año 1912 y quien comenzó a publicar sus escritos en el diario conservador El Deber, el matutino que el penalista Manuel Serrano Blanco, de Zapatoca, y el escritor Juan Cristóbal Martínez, de Girón, fundaron en 1923.

En las páginas de El Deber nació y creció su fama, el prestigio de su pluma amena y aguda, y el valioso testimonio que dejó para la posteridad sobre lo que fueron aquella Piedecuesta y aquella Bucaramanga que él conoció y por cuyas calles se paseaba con la donosura propia de los hombres sencillos y brillantes.

 

Tuve el honor de alcanzar a conocerlo. Lo veo bajando por la calle 43, metros abajo de la carrera 15 —o avenida El Libertador—, por el mismo andén del costado sur de aquella casa esquinera y amoblada con exquisitez republicana donde vivía el Coronel Morales, un militar retirado cuyo nombre nunca supe, pero de quien sí recuerdo que siempre vestía con tirantes porque ataviado con ellos nos abría la puerta a mi mamá y a mí, para pedirnos, con esa galantería de los caballeros de entonces, que pasáramos a la sala, un espacio de baldosas relucientes y vestido con alfombra, cuadros al óleo, lámparas de techo y muebles estilo Luis XV.

Lo veo que se acerca, con paso rápido, luciendo flux y sombrero, portando en su mano derecha un paraguas negro y enorme para la estatura del niño que lo ve venir y debajo del brazo el periódico doblado, que yo imagino que no será otro que El Deber. Entonces se detiene y le ofrece a mi mamá un folleto de los varios que porta en el bolsillo del saco, luego de saludarla a la usanza de entonces, con una ligera genuflexión, y demorándose los segundos suficientes para que jamás olvide yo su nariz defectuosa por la enfermedad que, según me dirán después, padece. Mi mamá se lo compra, aunque no soy capaz de recordar cuántos centavos le pagó por la diminuta obra, tan pequeña en formato como en número de páginas. Debieron ser pocos, pienso ahora, porque ya es sabido cuánto ha costado siempre en este país la poesía. Los dos se despiden y él se aleja. Yo vuelvo a mirarlo y, como lo suponía, al llegar a la esquina de abajo, a la noroeste de aquella cuadra, dobla hacia la derecha. No cabe duda: se dirige hacia las instalaciones del diario para el cual escribe. Yo retomo el camino detrás de mi mamá y voy hojeando el folleto. Me llama la atención su carátula: es un dibujo, supongo que hecho a lápiz, de un hombre de bigote y barba incipiente, sombrero de copa, levita, reloj de leontina y un paraguas semejante al que llevaba el escritor que acaba de perderse de mi vista. En la carátula se lee el título de la obra y el nombre de su autor: “ROMANCE DEL GENERAL FARÍAS” por Vicente Arenas Mantilla.

 

Jamás volveré a verlo. Con el paso del tiempo, nunca habré de leer un elogio hacia su tarea como cronista, ni mucho menos a la que desarrolló como poeta, a pesar de que en ambas facetas ha debido ser reconocido por sus coterráneos; al contrario, el único historiador que lo mencionará lo hará solamente para restarle méritos. Por su parte, un día cualquiera, y sin que le importe a nadie, El Deber cerrará sus ediciones, cada vez más difíciles de levantar letra por letra y con tipos cada vez más deformados por el uso. Nunca sabré, de otro lado, en qué momento aquel folleto sencillo se refundió entre papeles inútiles y olvido. Solamente perdurará, en la magia de la memoria de aquel niño, la imagen del escritor pobre y de su librito también pobre, y ese recuerdo será el que haga que, muchos años después, escritor y romance revivan en esta entrada de blog, como testimonio de admiración, aprecio y respeto hacia ambos: hacia el escritor y hacia el personaje ignoto y remoto, ninguno de los cuales le dice nada, ni le importa nada, a esta sociedad actual, preocupada por todo, menos por el sortilegio incomparable de leer.

 

Vicente Arenas Mantilla publicará sus únicos dos libros con la Imprenta del Departamento, la dependencia de la Gobernación de Santander que dirigirá el talentoso humorista Félix Villabona, el mismo que habrá de escribir los libretos para el programa diario de las mañanas que se llamará “La simpática escuelita que dirige doña Rita”; la misma dependencia oficial que un día cualquiera desaparecerá, así como desaparecerá la Banda Departamental y como desaparecerá la Biblioteca Departamental, porque por estos lares para nada que huela a cultura hay presupuesto.

 

En 1992 morirá, pobre y olvidado —esto sobraba decirlo—, en una de las tantas casas abajo de la Gobernación donde se alquilan piezas.

 

Sus dos libros se titulan “Crónicas y romances” y “Estampas de mi tierra“. El primero consta de 528 páginas, no de las 91 de las que se compone la edición publicada por la UIS como parte de una colección bautizada “Biblioteca mínima”. El segundo consta de 317, además de las correspondientes al índice, que en el ejemplar que conseguí —y para cuya lectura necesité del apoyo logístico de guantes de látex y tapabocas— está incompleto, como rotas están varias de sus amarillentas páginas.

 

En homenaje a su memoria, permítaseme insertar el siguiente romance de mi autoría:

 

ROMANCE A UN ESCRITOR OLVIDADO

 

 

Allá en los años cincuenta,
que hoy son historia perdida,
y en suelo santandereano,
aquí, en esta tierra mía,
donde escasea el elogio
y, en cambio, abunda la envidia,
hubo un cronista y poeta
que en Piedecuesta vivía.

Se vino a Bucaramanga
a publicar lo que hacía,
en El Deber encontrando
un hogar para su lira,
y aquí murió, pobre y solo,
después de dar alegría,
con pluma amena y galana,
con crónica y poesía.

Lo enviaron a los archivos
y ya se olvidó su lírica,
cuando ha debido su huella
perpetuar, agradecida,
la gente santandereana,
por esa herencia tan linda
que el bardo de quien les hablo
le regaló en tantas líneas.

Hoy he querido de nuevo
recordarlo en su partida,
pero también en sus obras,
los hijos que dio a la vida,
y recuperar su gloria,
su memoria, y que se diga:
¡Gracias eternas, maestro
Vicente Arenas Mantilla!

 

¡Gracias por compartirla!
Esta entrada fue publicada en Periodismo, Poesía. Guarda el enlace permanente.

3 respuestas a VICENTE ARENAS MANTILLA Y EL GENERAL FARÍAS. (I) Por Óscar Humberto Gómez Gómez, Miembro de Número de la Academia de Historia de Santander.

  1. Gladys Villarreal Ramos dijo:

    Dr. Oscar H.:

    Hermosa la poesía.

  2. Germán Cárdenas dijo:

    Muy interesante lectura, mi querido paciente y amigo.

    Un abrazo.

    Germán Cárdenas Arenas, M.D.

  3. Alcides Antonio Jáuregui Bautista dijo:

    Justo homenaje a este ilustre santandereano. Felicitaciones por tan importante recordatorio. Aprovecho para saludar a mi amigo Kekar, ahora tan difícil de encontrar, para saludarle y brindar como lo hacíamos con tanto afecto y alegría.
    Hace 20 días visité a Carlos Martínez Rojas, gran caballero, ejemplar ciudadano, locutor, periodista y hombre natural de Pamplona, de privilegiada memoria, a quien hice, a sus 93 años de edad, una entrevista, y relata su vida infantil, su ingreso a la radio y su masonería, entre otras cosas.

    Cordial saludo desde la llanura colombiana.

    Alcides Antonio

    Noticiero del llano
    Villavicencio, Meta

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *