
DON ROBERTO PABLO JANIOT FRENTE A SU ACREDITADO RESTAURANTE “LA CARRETA” DE BUCARAMANGA. Fotografía: Vanguardia Liberal
Alcancé, por fortuna, a decirle lo que otros debían haberle dicho hacía rato: que era santandereano.
Se lo dije a fines del año pasado, una noche decembrina, en presencia de su hijo Roberto —a quien me presentó—, del ingeniero Jairo Macías y de don Miguel Kisic, en una improvisada tertulia de pie alrededor de una de las mesas del restaurante La Carreta —uno de los símbolos representativos de Bucaramanga— cuando, no sé por qué, me dio por abrazarlo y expresarle que me alegraba mucho lo bien que se veía.
Don Miguel Kisic, con ese buen humor que solo le descubren quienes se le acercan más allá de su rostro serio, les relató a sus iniciales contertulios que dizque por allá en el 2002 yo cobraba no sé cuántos millones por presentarme con “El campesino embejucao” y que, debido a ello, con don Roberto habían pensado vender el restaurante para poderme pagar una presentación. Después de la exagerada anécdota, y de las consabidas carcajadas, y de mi apresurada rectificación, y antes de que nos despidiéramos, alcancé a decirle a don Miguel que en los próximos días lo iba a buscar porque quería hablar con él en privado para que me asesorara en una idea que me estaba rondando en la cabeza. Don Miguel, siempre cordial y sin soltarme el brazo derecho, me dijo que con mucho gusto, que estaba a la orden. Entonces me despedí de él, del sonriente don Roberto, de su amable hijo y del ingeniero Macías, y me fui a reunir con mi esposa, que me esperaba metros adelante.
Nunca, desgraciadamente, hablamos con don Miguel sobre la idea, que no era sino la de que formáramos un grupo de ciudadanos que hiciera lo que la alcaldía de Bucaramanga ha debido hacer hace rato: un homenaje a Roberto Pablo Janiot, bumangués por adopción, seguidor leal del cada vez más desdibujado equipo de la ciudad, incansable creador de empresa y dador de trabajo, dueño de una jovialidad que ni las implacables agresiones de la vejez fueron capaces de extinguir, uno de los últimos exponentes de la caballerosidad a la antigua, de esa que nos enseñó desde nuestros años mozos el diplomático venezolano Manuel Carreño en su famosa Urbanidad y que rigió la conducta personal de nuestras gentes antes de que la ordinariez y la patanería se apoderaran de esta sociedad permeable a la lumpenización de las costumbres.
Lamento que la idea se me haya quedado en el tintero. La verdad sea dicha, esta insoportable falta de tiempo con que nos asfixia el ejercicio de la abogacía nos impide concretar muchas cosas que quisiéramos ver convertidas en realidad. Una de ellas era la de ver pasar a don Roberto Pablo Janiot a recibir la condecoración que se ganó limpiamente con su vida y con su ejemplo, con su llegada a Bucaramanga en los años cincuenta como refuerzo extranjero para nuestro hoy marchito Atlético, con su alto desempeño en aquel memorable equipo de fútbol que estuvo a punto de darnos la que hasta hoy sería nuestra única estrella, con su vinculación definitiva a nuestra ciudad a través de la que él consideró siempre su máxima realización como hombre de negocios: ese restaurante —siempre distinguido— en el cual los bumangueses aprendimos a comer fuera de casa en torno a una mesa bien dispuesta, bien adornada y bien servida, mientras con nuestros oídos atentos contribuíamos a tratar de perpetuar en la memoria colectiva la nostálgica y cada vez más entristecida inmortalidad de los boleros.
Hace ya muchos años —porque tres décadas nos parecen mucho tiempo, aunque el poeta y guitarrista Alfredo Le Pera haya escrito que “veinte años no es nada”, en aquella frase intemporal que musicalizó, cantó, grabó y volvió patrimonio de América Latina el inolvidable Carlos Gardel— yo me iba, solitario, cargado de esperanzas en mi mañana profesional, a sentarme en una mesa del emblemático restaurante a comerme un arequipe con queso y a escuchar a Yolanda Castro. Eran años en los que todavía, inmerso en largas soledades, yo entrenaba en las difíciles canchas del ejercicio profesional con la ilusión indeclinable que albergué desde niño de que, con permiso o sin permiso de la adversidad, sería capaz algún día de marcarle con la cabeza un espectacular golazo a la vida.
Desde entonces conozco a sus meseros —al frente de los cuales siempre he visto al atento, dinámico y culto Luis Mantilla—, y alcanzo a percibir los agites de la cocina, la laboriosidad de sus parrilleros, el compromiso de todos los trabajadores del negocio en la lucha cotidiana que allí se libra por lograr la exquisitez — aquella exigente exquisitez que los clientes aguardan desde sus sillas—, la tarea de la caja, de los encargados del bar, de las personas al frente de la pulcritud con que debe exhibirse el restaurante a la vista de sus visitantes. Desde entonces, además, fui confirmando el aprendizaje hogareño y escolar de que una vida exitosa y digna sí es posible construirla alrededor del trabajo honesto —el único trabajo posible—, sobre todo cuando se hace lo que uno disfruta, porque cuando se hace lo que uno disfruta la fortuna pareciera venir por añadidura.
Así se lo enseñó a esta tierra uno de los hijos que más la amó, un hijo que extrañamente no nació en ella, pero que —en una especie de compensación espiritual— en ella vino a morirse, cuando su corazón, grande y siempre dispuesto para la calidez y el trabajo, y para el amor hacia sus seres queridos, dejó de latir talvez porque se cansó de estar lejos de Argentina, o no soportó más esa disyuntiva diaria —prolongada a lo largo de tantos y tantos años— sobre a cuál selección hacerle barra, si a la de su tierra natal o a la de su tierra adoptiva, o que a su entrañable hija Ángela Patricia solo la viera todos los días en la pantalla del televisor, o que ya no supiera con exactitud si le conmovían más su vieja alma los tangos y las milongas de Hugo del Carril o los bambucos y los pasillos de José A. Morales.
El Campanario, la Tranquera, La Tortuga, La Tortuguita, Pastángelo, La Pampa, Kalhúa y, en fin, todos los proyectos de este hombre dinámico y soñador quedan desde hoy formando parte de la historia de Bucaramanga. También, las cosas sencillas, como sus tardes de naipes con ese extraordinario futbolista, y todavía mejor señor, y todavía mejor santandereano, que es don José Américo Montanini.
Y se queda, por supuesto, formando parte del devenir histórico de esta tierra la figura de Roberto Pablo Janiot, de don Roberto, el hombre que, siempre sonriente, llegaba hasta mi mesa —más tarde compartida con Nylse Blackburn, al igual que mi existencia— a darme la mano y a preguntarme cómo estaba todo, y a quien quizás le llamó la atención que yo fuera el único de sus comensales que se ponía de pie para responderle el saludo. ¡La Urbanidad de Carreño, che, la Urbanidad de Carreño!
Pero no solo la Urbanidad de Carreño: también, el aprecio, la admiración y el respeto que siempre sentí por usted, don Roberto.
Buen tiempo y buena mar en el viaje inexorable que ha emprendido, señor Janiot.
Que nuestro Dios, que finalmente es el mismo de Colombia y de Argentina, lo reciba en su gloria.
Y no se preocupe: todo está bien. Siempre estuvo bien, don Roberto.