
Hablando de expropiación,
un dictador le decía
a su pueblo, que lo oía,
en gran manifestación:
“¡Yo tengo un gran corazón!”,
(y en el pecho se ponía
la mano que agradecía
por la ruidosa ovación).
Un niño que lo escuchaba,
al ver lo que se elogiaba,
a gritos le preguntó:
“¿Y de lo suyo, Excelencia,
también ha dado a conciencia?”.
Y el dictador… ¡se marchó!
Hay por ahí mucho bueno
que solo obsequia lo ajeno.