Omar Gómez Rey, la presencia del arte colombiano en Alemania. Por Óscar Humberto Gómez Gómez

 

El sábado 30 de marzo de 1957, hoy hace 65 años, nació el artista colombiano Omar Gómez Rey.

Cuando apenas se desperezaba la década de los años 80 y él andaba por los veinte y tantos años de su edad terrenal, este soñador, dibujante de proyectos de caballetes, lienzos, óleos, pinceles, rostros y paisajes, abandonó su solar nativo, aquella señora Bucaramanga de tradiciones incuestionables para una juventud rebelde y en cuyo barrio El Prado había vivido junto a sus padres, don Francisco Gómez y doña Lucila Rey de Gómez, y al lado de sus jóvenes hermanos y sus hermosas hermanas, el sector residencial todavía tranquilo y bordeado de árboles y zonas verdes en cuyos andenes había jugado al trompo, y elevado cometas hacia los cielos celestes de agosto, y disputado emocionantes partidos de maras multicolores, y viajó, ligero de equipaje y más ligero aún de fondos en los bolsillos, entiendo que primero a Cartagena de Indias, donde las malas lenguas me cuentan que conoció a Gabriel García Márquez, que departió con él y que hasta se tomó fotografías a su lado, para terminar después largándose, océano Atlántico de por medio, a la Europa lejana y desconocida donde pensaba que podría hacer realidad sus sueños, los mismos sueños juveniles que, como suele ocurrir, eran totalmente incomprendidos en su tierra natal, entrañable pero siempre hostil a sus profetas.

Su emigración al Viejo Continente lo condujo a la histórica ciudad de Nuremberg donde se residenció y montó su taller artístico.

Doce años después, en 1994, ya era miembro de la Confederación Internacional de Asociaciones de Artistas de Bruselas, Bélgica (si es que no he traducido mal, cosa que no sería rara) y en 1998 fue recibido como miembro de la Sociedad Internacional de Artistas Visuales de Bonn, Alemania.

 

 

A lo largo de su meritoria carrera artística, el maestro Gómez Rey ha producido obras pictóricas tanto de tamaño inmenso, con las que ha llevado el arte al interior de melancólicos edificios, como de tamaño mínimo, algunas de ellas a manera de un sello de correos y que para ser apreciadas exigían el que se proveyera a los visitantes de la exposición de una lupa. Así mismo, y a diferencia de la gran mayoría de artistas, que se decantan por el arte abstracto o, por el contrario, hacia el arte realista, el talentoso pintor santandereano muy pronto comenzó a exhibir un asombroso dominio de ambas expresiones, de modo que tranquilamente y con similar habilidad pasó de las pinturas abstractas, esas que para yo entenderlas me toca hacer un curso intensivo o que alguien me las explique, a un arte concreto y constructivista, habiendo alcanzado gran renombre en la tierra que lo adoptó como hijo ilustre.

Ha expuesto el destacado maestro colombiano, a lo largo de su presencia artística en Europa, en reputadas galerías como la Galería The Stairs, de Berlín (1984), la Galería Pelé Méle, de Nuremberg, (1987), la Galería Frauenknecht, de Nuremberg (1988), la Galería Norisbank, de Furth (1989), la Galería Höfler, de Nuremberg (1997), la Galería Scholz, de Hersbruck (2002), la Galería Arauco, de Nuremberg (1994, 1998 y 2000), entre otras, y fue invitado a exponer en el histórico Gänsturm, en Hersbruck, donde llevó a cabo una exposición permanente con piezas únicas en aceite entre octubre de 2018 y abril de 2019. En este emblemático lugar del casco antiguo de la ciudad, que a diferencia de lo que sucede en Bucaramanga cuenta con una organización que lo defiende y que se llama “Amigos del Casco Antiguo”, el maestro Gómez Rey expuso miniaturas creadas con espátula en las cuales plasmó paisajes y remembranzas, pero también ofreció a los visitantes, y copio textualmente de algún lado que ya no recuerdo, “el horizonte de una ciudad de fantasía“.

 

 

Hoy, día de su cumpleaños, el maestro Omar Gómez Rey atraviesa por quebrantos de salud que lo aquejan.

Nos lo contó ayer entre risas, anécdotas, chistes y remembranzas de viejos y felices tiempos, en desarrollo de una larga charla telefónica en la que trajo a colación cosas bellas hoy por hoy olvidadas, las fábulas y sus moralejas, las enseñanzas de nuestros antepasados, los pavos reales del Instituto Tecnológico Santandereano y las idas a Chitota, pero también nos confesó su accidentado paso por diversos colegios y las bregas de su padre por que estudiara con juicio, trajo a cuento episodios felices de su juventud, las imágenes de viejos amigos, los sabios consejos que en momentos complicados recibió de personas para él hoy inolvidables, recordó cómo se había convertido en divulgador de la cultura santandereana en Alemania, cómo había dado a conocer, pongamos por caso, la poesía de Rafael Ortiz González, a quien considera uno de los grandes poetas de América Latina, en fin, intercambiamos añoranzas y le dimos bote a la tristeza anteponiéndole lo único con lo cual podemos derrotarla, que no puede ser más que la alegría.

 

 

Esa personalidad festiva y optimista frente a la adversidad se la observé también al borde de la tumba recién abierta de su padre donde, a diferencia de lo que estaba acostumbrado a ver siempre en los sepelios, lo que hubo fueron anécdotas, buen humor, coplas recitadas y canciones cantadas a viva voz y de manera espontánea, como cuando él y toda la familia del finado, que esperaba en su féretro, comenzó a cantar el “Pueblito viejo” de José A. Morales ante la mirada desconcertada de los sepultureros y de los circunspectos asistentes.

Si algo tengo claro de Omar Gómez Rey es no sólo su talento artístico, sino además, y quizás más importante en estos momentos duros, su fe inquebrantable en el Supremo Hacedor y en los valores y principios que le enseñaron en su hogar, que nos enseñaron a todos en el nuestro y que por momentos, infortunadamente, pareciera que se nos olvidaran o que no creyéramos en ellos lo suficiente.

Que este difícil cumpleaños sea la antesala de su feliz recuperación, maestro.

 

 

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