MATILDE GÓMEZ SÁNCHEZ (Socorro, Santander, domingo 4 de octubre de 1925 – Bucaramanga, Santander, jueves 23 de mayo de 2024)

“… HOY ESTARÁS CONMIGO EN EL PARAÍSO” (LUCAS, XXIII: 43)

 

 

“Hola, Nylse. Muchas gracias por la información. Y sea el momento de agradecerte por la solidaridad que siempre mostraste durante los últimos días, bastante difíciles por cierto, de la existencia terrenal de mi mamá. Tú siempre has estado presente en las situaciones que he tenido que atravesar y que tienen el sello de la adversidad. Por eso siempre he pensado que, más allá de que seas mi esposa, has sido para mí una excelente amiga”.

 

 

“De mi mamá aprendí muchas cosas; pero quizás la principal de todas fue la de haber aprendido a ser cristiano; y ya dentro del cristianismo, a ser consecuente con sus enseñanzas. Particularmente me refiero a la enfermedad y a la muerte. Mi mamá tenía noventa y ocho años; ella nació el 4 de octubre de 1925, en el Socorro; luego fue una mujer que vivió una larga vida; a mí no me parecía justo, en consecuencia, que se prolongara un sufrimiento que no conducía a ninguna parte. Y en cuanto a la muerte, reforzando mis convicciones cristianas con la Filosofía, leí, entre otros filósofos, a Soren Kierkegaard, y me convencí de que es un contrasentido el que seamos cristianos y al mismo tiempo veamos la muerte como una tragedia terrible que nos debe sumir en el dolor, en la más profunda tristeza, e incluso en el desencanto y en la desesperanza, pues, por el contrario, tenemos que entender la muerte tan solo como una etapa normal de la vida: el ponernos a disposición del Supremo Hacedor, en el cual hemos creído siempre y en el cual hemos depositado lo que somos. Cuando una mujer, como fue mi mamá, ha cumplido un trasegar de casi un siglo, debemos entender como algo natural, normal, el que finalice su decurso vital en la tierra; esas son nuestras convicciones, esas son nuestras creencias, esos son nuestros principios, y tenemos que ser coherentes con ellos. Yo, en el fondo no quería que ella siguiera sufriendo, ya lo había manifestado; entre otras cosas, no me parecía que fuera justo”.

 

 

“Quiero agradecerle al Supremo Hacedor por ella, por mi mamá, que me dio la oportunidad de ser quien soy. Ella fue mi primera maestra: yo no cursé primero de primaria; en una época en que mucho menos se cursaba preescolar; yo entré directamente a segundo de primaria, en la Concentración Roso Cala, porque ya mi mamá en 1962 había sido mi maestra y me había enseñado a leer, a escribir, y las que se llamaban en ese entonces las cuatro operaciones. Por eso, cuando me hacen el examen – digamos así – “de admisión”, en la escuela, yo lo apruebo y entro a segundo”.

 

 

“De mi mamá aprendí muchas cosas, inclusive, sin que ella se lo hubiera propuesto, sin que se hubiera propuesto enseñármelas. Como la existencia del enclítico, por ejemplo: cuando íbamos a rezar a la capilla del cementerio el viacrucis y ella lo comenzaba con esa oración de “Adorámoste, Cristo, y bendecímoste, que por tu santa cruz redimiste al mundo”; o “pues por tu santa cruz redimiste al mundo”; ahí estaba el enclítico; después no fue sino confirmarlo con los libros”.

 

 

“Me enseñó canciones; canciones que yo cantaba con la guitarra. Me regaló la primera guitarra que tuve en la vida. Pero lo más importante, y por lo cual le estoy más agradecido, es porque me inculcó el ser un hombre honesto, un hombre honrado, un hombre recto. Que finalmente, unido al estudio y al amor al trabajo, a la irreductible vocación por el trabajo, por entender que lo que le da sentido a la vida es el trabajo…, que unido a eso, terminó, como se habla del alfarero elaborando allá con la arcilla, en lo que yo terminé siendo”.

 

 

“Obviamente son muchos los recuerdos que quedan, las satisfacciones que quedan, y las sensaciones de fracaso que quedan, porque quizás algunas cosas que se hubiesen querido lograr no se lograron. Pero finalmente me queda la convicción íntima de que aprendí de ella la esencia de lo que soy; lo demás lo complementó la vida académica”.

 

 

“Bueno…, finaliza de esta manera, en este anochecer de jueves, de mayo, otra etapa de mi vida; una de las más significativas, porque a mis sesenta y ocho años, a mis casi setenta años, ya no tengo papá, ni mamá, ni suegra, ni suegro”.

 

 

“En este momento cobran una especialísima importancia los valores, los principios, las creencias, las convicciones íntimas en las que fuimos formados. Espero no ser inferior al inmenso honor y al gran compromiso de coherencia que significa ser cristiano, y que esta tristeza que en este anochecer de mayo invade mi alma, no me haga perder de vista quién soy y qué soy, y honre el serlo”.

 

 

“Señor: Usted que siempre ha leído mi corazón y que sabe que, más que profesar hacia Usted temor, o incluso amor, como todo el mundo pregona, le tengo una gran admiración, dele, por favor, a mi corazón, a mi mente y a mi ser la fortaleza que necesito para vivir esta etapa de mi existencia terrenal. Deles esa misma fortaleza, Señor, a todos mis seres queridos. Y hónrenos, Señor, con sus bendiciones. Gracias por todo y Usted bien sabe que, en lo personal, siempre he estado, estoy y estaré a sus órdenes para lo que disponga”.

 

 

(Mensaje de voz remitido al anochecer del jueves 23 de mayo de 2024 al grupo familiar de WhatsApp en respuesta al enviado por mi esposa para informar que mi mamá acababa de fallecer.

 

ÓSCAR HUMBERTO GÓMEZ GÓMEZ
Sábado 25 de mayo de 2024)

 

(CONTINUARÁ)

 

 

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