EL EXILIADO. [XII]. Por Óscar Humberto Gómez Gómez, Miembro Correspondiente de la Academia de Historia de Santander y del Colegio Nacional de Periodistas.

Aunque lo de “Barón” y lo de “Baronesa” se quedó estampado en las cédulas de ciudadanía laminadas de los hijos de Laszlo Majthényi —pues nadie los llama así—, aquí los evocamos porque, finalmente, esos son oficialmente sus nombres.

Barón Cristóbal —o, en el trato cotidiano, Cristóbal—, esposo de Iliana Blackburn, hermana de Nylse, mi esposa (que es como decir mi concuñado), fue el Marandúa que llegó hasta mi casa a informarme la buena nueva de que había nacido mi hija Alejandra Estefanía.

Quien primero me habló de él, sin embargo, no fue Nylse, como todos creen, sino el músico y profesor de inglés Adolfo Díaz, quien me contaba que había trabajado en una editorial llamada Pime bajo las órdenes de un gerente joven de nombre Cristóbal Majthényi al que todo el personal respetaba, admiraba y quería porque era un hombre serio, exigente, pero humano y justo.

Cristóbal Majthényi me ha honrado siempre con su amistad y yo he procurado, dentro de mis limitaciones, de responderle con la mía.

Baronesa Íngrid —o, en el trato diario, Íngrid— vive en México, pero la última vez que habló de Colombia con Nylse y conmigo, alrededor de una mesa de café en Parque Caracolí y bajo la premura del regreso al día siguiente, no pudo evitar que los ojos se le aguaran.

 

BARONESA ÍNGRID MAJTHÉNYI

BARONESA ÍNGRID MAJTHÉNYI

 

Barón Antonio —o, en el trato coloquial, Antonio— posee la exótica virtud de ser hospitalario; es capaz de irse a dormir al sofá con tal de que el amigo peregrino llegado de lejos pueda dormir con comodidad. Es uno de esos hombres que, en estos tiempos de turbulencia ética y relatividad moral, pueden enorgullecerse de ser honrados, contundente e inexorablemente honrados, en toda la plenitud del vocablo. Una dura prueba que hace ya algunos años le puso la vida, solo sirvió para que saliera más airoso que nunca y quedaran demostradas hasta la saciedad sus elevadas calidades humanas, su don de gentes y, por supuesto, su condición de colombiano inmaculado, de esos a los que, como yo suelo decir, se les puede soltar sin pestañear no solo la llave de la casa, sino también la clave de la caja fuerte.

A Baronesa Carmen Rosa —o, en el trato de la vida real y verdadera, Rosa— sus parientes y amigos más cercanos terminamos llamándola simplemente Rosita.

 

BARONESA CARMEN ROSA MAJTHÉNYI EN CASA DE SU PADRE CON UNO DE SUS PERROS.

BARONESA CARMEN ROSA MAJTHÉNYI EN CASA DE SU PADRE CON UNO DE SUS PERROS.

 

Es una de aquellas mamás que no tuvieron hijos, pero que como tías suplieron con creces el mágico don de la maternidad. El mismo don que, en cambio, algunas otras mujeres con hijos no han hecho sino mancillar a través de su conducta reprobable.

En Rosita sí que cobraron vigencia las palabras de Jorge Eliécer Gaitán en su memorable defensa de Jorge Zawadszky:

“No hay madres: únicamente existe la madre. La madre es símbolo, la madre es fuerza universal, la madre no es la limitada arcilla que reduce su existencia en el egoísta círculo de su propio existir. ¡La madre es sentido de la especie, la madre es la unidad trascendente que vive por el amor y para el amor! (…) Para todo puede ser invocado el sentimiento materno, menos para lo que no signifique perdón, amor, bondad. (…) Quien, como yo, no solo ha encontrado el grande amor de una madre, sino motivos especiales en ella para sentir admiración por su vida, no puede pensar menos sino que el corazón materno es piélago de todos los perdones, puerto para todas las tempestades, luz perenne que ilumina todas las tinieblas, bálsamo listo para el consuelo de toda herida, vivero inexhausto de toda consolación, (…). Porque una madre que no es siempre símbolo de perdón, mano lista a levantar al caído, amor discreto y hondo, no es madre, sino la traición misma de la maternidad”

Fue también siempre Rosita una excelente hija. Volcada de lleno en su trabajo, como empleada destacada de la empresa Bavaria, asumió desde muy joven las tareas de quien se pone al frente de un hogar, del hogar de sus padres, si no ancianos sí cada vez menos jóvenes, llevando no solo el pan, sino también la esperanza, hasta lograr que a ella pudieran parafraseársele los versos del inmenso poeta mexicano Amado Nervo:

“¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!”.

 

DON LÁSZLÓ MAJTHÉNYI TAMÁSSY JUNTO A SU SEÑORA ESPOSA DOÑA ANA SILVIA RANGEL DE MAJTHÉNYI YA EN EL REPOSO DE SUS ÚLTIMOS AÑOS.

DON LÁSZLÓ MAJTHÉNYI TAMÁSSY JUNTO A SU SEÑORA ESPOSA DOÑA ANA SILVIA RANGEL DE MAJTHÉNYI YA EN EL REPOSO DE SUS ÚLTIMOS AÑOS.

 

Aun así, en aquel 1989 del fin final, le sucedió a Rosita un episodio que habría de entristecerla hasta las lágrimas. En efecto, sucedió que la última reina de Hungría, Zita de Borbón-Parma, murió en Zizers, Suiza, el 14 de marzo de ese año. Rosita lo supo porque lo leyó en el periódico y, entonces, pensando en contárselo a su papá guardó el recorte de la página en su cartera. Inexplicablemente, la idea de entregárselo a don László se le enredó en la maraña de sus actividades laborales y en últimas se le olvidó hacerlo. Varios meses después encontró por casualidad el recorte de prensa, ya arrugado y amarillento, y fue cuando abordó a su padre, cada vez más inmerso en su silla, diezmado por la tozudez de sus quebrantos respiratorios. “Papito, toma”, le dijo entregándole el pequeño papel.

Don László reparó en la vieja fotografía y leyó el breve texto. Tuvo que haberlo hecho varias veces, porque no concordó la brevedad de los renglones con los largos minutos que transcurrieron hasta cuando levantó los ojos azules inundados de lágrimas y clavó su mirada humedecida en los ojos de su apenada hija. “Mijita —le dijo—, los hijos deben interesarse por las cosas de sus papás. Has debido informarme de inmediato que había muerto mi reina”.

El subrayado de la palabra “mi” antes del vocablo “reina” fue la última reafirmación desesperada de su condición de noble húngaro despojado de su título y de sus bienes,  y exiliado por siempre en un lejano e ignorado país de América Latina.

Rosita no lloró tanto en ese momento como unas semanas después, frente al féretro de su padre.

Una mañana del agosto siguiente, el barón Majthényi amaneció peor que nunca y, fuera de eso, le informaron que su hermano menor, Esteban, quien también estaba enfermo, se encontraba prácticamente agonizando y era inminente su deceso; le hicieron saber, además, que una ambulancia ya venía en camino a recogerlo para conducirlo a la Clínica Bucaramanga. Entonces, sin inmutarse, atravesó de nuevo la calle, con su andar agachado, su respiración difícil y su mirada triste, e ingresó a la casa de su hijo Cristóbal. Nylse estaba allí.

“Vengo a despedirme”, le dijo tratando en vano de sonreír.

“¿Para dónde se va?”, le preguntó ella.

“A morirme”, le respondió él. Y en seguida le dio la justificación de su partida: “Esteban es menor que yo, Nylse; me acaban de informar que está agonizando y se va a morir. ¡Cómo se les ocurre! ¡Eso no está bien! ¡Eso no es lo correcto!; ¡yo soy mayor que Esteban y, por lo tanto, tengo que morirme primero que él!; ¡después de que yo me muera, ahí sí podrá morirse él!; ¡ese es el orden natural de las cosas!”.

“Deje de hablar así —le reprochó Nylse—. Deje de hablar de la muerte, que usted va a vivir”.

Don László la miró esbozando una sonrisa triste. “No, Nylse —le dijo—; vine a despedirme porque ya no volveré”.

Nylse lo abrazó: “No insista en eso —le dijo—; ya verá que aquí va a regresar para que nos siga contando cosas de Hungría”.

Don László sacudió suavemente la cabeza de lado a lado haciendo un gesto de incredulidad. “De Hungría ya no queda nada que contar”, le dijo.

Entonces hizo un gesto característico con la mano y se marchó de regreso hacia su casa atravesando la calle y con su andar agachado disimulando su estatura. Nylse se quedó mirando hacia su casa.

La ambulancia llegó al lugar sin alardes y se estacionó en reversa frente a la puerta de entrada de la casa. El barón Majthényi alcanzó a ser visto detrás de la camioneta y segundos después subiéndose a ella. El vehículo partió , entonces, hacia la clínica. Tal y como él mismo lo advirtió, el barón Majthényi no habría de volver a su casa del barrio Pan de Azúcar.

Le había dado ya el primer infarto en la clínica cuando su amigo, el médico húngaro Carl Smichdt, ateo irredimible, se lo preguntó cara a cara: “¿Todavía, Barón, cree que Dios existe?”.

“No, Doctor —le contestó el interrogado desde su lecho de enfermo—; yo nunca he creído que Dios existe; es que lo tengo absolutamente comprobado; y porque lo tengo absolutamente comprobado, no creo que exista, es que tengo la absoluta convicción de que existe”.

Los médicos le habían ordenado que se pusiera una pastilla debajo de la lengua con urgencia. Él se negó rotundamente y siguió hablando como si no estuviese ya camino a la muerte, bajo los apremios de un infarto cardiaco y con el corazón dañado y funcionando solo a medias. Tampoco abandonó la punzante sabiduría de sus máximas, ni su coquetería incorregible, ni la cáustica agudeza de sus apuntes. Aprovechando que yo no estaba, llegó a presentar a Nylse ante las enfermeras como su novia.

El sábado 12 de agosto de 1989, Nylse se encontraba en mi casa cuando Cristóbal la llamó por teléfono para contarle que su padre acababa de morir. Subimos ambos a Pan de Azúcar, ingresamos a su casa, en la que ya empezaban a congregarse los parientes y los amigos en torno de la sala silenciosa, y de los perros, los gatos y los pájaros melancólicos.

Desde entonces no he vuelto a verlo, pero tengo la certeza de que anda por los lados de Budapest y del Danubio celebrando con sus compatriotas de siempre la caída del Muro de Berlín, del régimen soviético y del gobierno comunista de Hungría, acontecimientos todos acaecidos en ese mismo año luctuoso de 1989 cuando él decidió morirse antes que su hermano menor e irse a acompañar a su última reina.

[CONTINUARÁ]

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2 respuestas a EL EXILIADO. [XII]. Por Óscar Humberto Gómez Gómez, Miembro Correspondiente de la Academia de Historia de Santander y del Colegio Nacional de Periodistas.

  1. Fernando Ruiz y Rosa Majthényi dijo:

    Óscar Humberto. No encuentro las palabras adecuadas que me permitan expresarle mi agradecimiento por tan hermoso homenaje a mi amado Papito y a Mamita y a mi familia. Con lágrimas en mis ojos y el corazón tembloroso, solo puedo decirle GRACIAS.

  2. Juan Carlos Mantilla Gómez dijo:

    De todos los capítulos de “El exiliado” es éste el que más hermoso me ha parecido. Muchos recuerdos de juventud cuando coincidí con Cristóbal Majthenyi en las aulas del Colegio Salesiano. Frecuenté ese hogar durante esos años y aun cuando yo era un simple imberbe, don Lazlo, doña Silvia y sus hijos siempre me recibieron con hospitalidad suma. Siempre me pareció un hombre muy interesante, con mucha clase, mucho “mundo” y muy inteligente. En esa época muy consentidor de su nietecito. Gran conversador sobre temas diversos. Lo admiré mucho como persona. Muchas gracias por estos escritos que me hicieron hurgar en mi memoria y revivir épocas felices de mi juventud. T:.A:.F:.

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