
Un togado sin criterios salomónicos,
Recargado de diplomas académicos,
Con principios de moral bastante anémicos,
Y autor de proveídos antagónicos,
Cual monarca de los tiempos babilónicos,
Imponía en su función vicios endémicos,
Y sus yerros eran tantos y sistémicos,
Que ya andaban los derechos semi-agónicos.
Los juristas se quedaban siempre afónicos,
Con discursos – generosos o lacónicos -,
Pero él, en sus tratos antihigiénicos,
Con apoyo en argumentos ferropénicos,
Los tildaba de abogados neurasténicos
Y tan solo para el mal tenía ojos biónicos.