Bucaramanga en los años 70 // Azucena Jácome Soto. Por Óscar Humberto Gómez Gómez

 

I

 

De todas las jóvenes que trabajaban en la entonces extensa, fragante y progresista Empresa Licorera de Santander, la de estatura más espigada y el rostro más serio era mi entrañable compañera Susan Jácome.

Ya no tengo claro si lo hacía en el departamento de contabilidad, o en el de tesorería, o en el de ventas, pero lo cierto es que permanecía al frente de una ventanilla de vidrio atendiendo a un público que yo nunca supe a qué iba.

También lo es que siempre que yo pasaba por ahí, sentía que recargaba mis ánimos cuando ella, como trazando un bello y reconfortante paréntesis en su emblemática seriedad, levantaba la vista para mirarme y, entonces, me obsequiaba la fortuna inconmensurable de su mejor encanto personal: la fascinante luminosidad de su sonrisa.

El puesto de trabajo de Susan quedaba ubicado a la izquierda de aquel piso anchuroso y reluciente por donde transitaban los numerosos visitantes de las oficinas, aquellos que no subían hasta las inmensas áreas de las diferentes secciones de la enorme factoría, como lo hacíamos nosotros los empleados, el mismo piso espacioso y relumbrante por donde yo tenía que pasar forzosamente cuando bajaba hacia el despacho de mi amigo Víctor Manuel.  

 

II

 

 

Víctor Manuel era también estudiante, como yo, de la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de Bucaramanga, pero iba dos semestres adelante.

Era un hombre realmente afortunado: trabajaba al frente de un grupo de cuatro jóvenes y simpáticas mujeres, quizás cinco, y llevaba a cabo la labor de auditor de gerencia en el interior de una oficina cuya elegancia y confort contrastaban de bulto con la modestia arquitectónica y el soporífero calor de la mía, un calor tedioso y adormecedor que durante las horas de la tarde parecía detener el tiempo, como si Cronos hubiera decidido tomarse una imposible pausa de bochorno en el vertiginoso discurrir de la existencia.

Era la de Víctor Manuel, en efecto, una oficina refrescante, con tapete, aire acondicionado y agua helada, a la que, por fortuna, yo tenía licencia para entrar “como Pedro por su casa”, sin que sus subalternas me anunciaran, como lo hacían al principio, de modo que muy pronto me fui familiarizando con aquel entorno acogedor y amable. Un entorno, entre otras cosas, cercano a la siempre deseada cafetería, a donde yo bajaba a mitad de la mañana, no sólo para disfrutar de sus delicias gastronómicas, a las que llamábamos galguerías, sino para tener la ocasión de reencontrarme con aquella pléyade de jóvenes de las que ya sabía que eran, en últimas, y así laboraran en dependencias distintas, mis compañeras de trabajo.

De las subalternas de Víctor Manuel solo guardo en mi memoria el nombre, la sencillez, la cordialidad y la risa franca de Elsa Mendoza, más tarde Elsa Mendoza de Henao, y más tarde Elsa Mendoza otra vez, una joven risueña y sincera a cuya fiesta de matrimonio habría de asistir gustoso años después, fiesta de la cual conservo el recuerdo de que se celebró en una casa de antejardín, gradas y bardas a la entrada, ubicada al costado norte de la calle 35 con carrera 20 y algo.

De la abrupta finalización de su hogar habría de contarme ella misma desde su escritorio de empleada de la Cámara de Comercio, dibujando en su rostro los trazos inconfundibles de una sonrisa triste, pero que yo interpreté desde el fondo de mi corazón como cargada de ilusiones en que su nuevo estado civil le prodigaría en abundancia los parabienes que su primera pareja no había sabido brindarle a pesar de sus innegables merecimientos.

 

III

 

 

Junto a Susan Jácome, aunque no tengo claro si adscrita a su mismo departamento o a un departamento distinto, permanecía siempre otra joven de estatura considerablemente más baja que la de ella, de pelo afro y corto, y de sonrisa y gentileza elementales, cuyo nombre era Lina Rosa Parada.

Y, claro: entre quienes también laboraban cerca de Susan no podía faltar la mención de aquella jovencita con la menor estatura de toda la empresa, paradójicamente talentosa integrante de su equipo de baloncesto, y poseedora de las cejas y de la sonrisa más hermosas no sólo de la empresa, sino de toda la comarca: Glorita Assís. Dicho sea de paso, a ese equipo femenino de basquetbol pertenecía Susan.

Me suele suceder que de las personas conservo una imagen que pareciera como si se hubiese congelado en mi memoria por siempre. La imagen congelada que conservo de Susan es la de una mañana en que la vi, de pie, al lado de Lina Rosa y de Glorita Assís, vestida con un holgado blusón blanco y un cinturón brillante atado a la cintura. Lucía un bluyín azul oscuro con las botas dobladas hacia afuera y calzaba unos zapatos de plataforma. Esa mañana, y para siempre, se peinó con unas trenzas a los lados de su cabeza, las que se le agitaban mientras se movía dentro de su cubículo desplazando la silla.

— Hola, Óscar —, me dijo cuando interrumpió fugazmente sus labores para fijar sus ojos en el estudiante de tercer semestre de derecho que se había quedado mirándola sin dejar de caminar. Me lo dijo alzando su mano derecha mientras me iluminaba la mañana con su rostro afable.

— Hola, Susan —, le dije deteniendo unos instantes la marcha y respondiendo con la mía el amable gesto de su sonrisa.

Así se quedó Azucena Jácome Soto fotografiada en el álbum invisible de mis recuerdos y escondida en el cofre íntimo de mis añoranzas.

Para el resto de mi vida, por lo visto, pues hoy, tantos años después, tantos lustros después, tantas décadas después, cuando tanta agua ha corrido bajo los puentes, así la sigo evocando mientras avanzo raudo en estas líneas felices y nostálgicas.

 

IV

 

 

El viajero que pretendiera entrar a Floridablanca procedente de Bucaramanga, así como el que quisiera salir hacia Bucaramanga partiendo de Floridablanca, si pretendían hacerlo utilizando la joven autopista, tenían que detener la marcha en una caseta de peaje ubicada sobre la nueva vía.

Los empleados y trabajadores de la factoría abordábamos el bus que nos conduciría a nuestros hogares frente a la puerta principal de entrada. En la esquina que nos servía de paradero permanecía abierta una pequeña tienda. El bus descendía desde el parque principal y luego de recogernos seguía bajando en busca de la autopista. Una vez allí, a una distancia que no sabría calcular, se encontraba con la caseta del peaje y superada esta retomaba su recorrido a lo largo de aquella vía doble aún casi solitaria. Los pasajeros íbamos conversando animadamente durante el camino y poco a poco los ocupantes de aquel automotor público lo iban abandonando en determinadas paradas que el chofer iba haciendo para permitírselo. Ya en Bucaramanga el recorrido se circunscribía a la carrera 27 en sentido sur norte, esto es, desde la Puerta del Sol hacia las instalaciones de la UIS. Yo me bajaba en el cruce de la carrera 27 con la calle 36 y a partir de ahí descendía a pie hasta mi todavía lejano hogar. No tengo claro en la memoria cómo llegaban a su casa los demás compañeros, pero sí lo tengo de que debían tomar un transporte complementario, a menos que, como yo, luego de descender del bus se le midieran a recorrer el resto del camino a pie. Es posible que a algunos los recogieran en automóviles particulares, pero no alcanzo a recordarlo con claridad. En todo caso, aquel bus siempre recorría la autopista repleto de pasajeros y estos eran casi todos, igual que yo, empleados o trabajadores de la licorera.

La existencia de aquella caseta de peaje comenzaría muy pronto a ser duramente criticada desde las columnas de las páginas editoriales de los diarios bumangueses, pues se consideraba inadmisible en aquel entonces que se tuviese que pagar peaje prácticamente por circular dentro de la misma ciudad donde se vivía.

Por lo demás, el que a bordo de aquel bus viajasen habitualmente las jóvenes empleadas que se reunían en el kiosco, al igual que trabajadoras igualmente jóvenes con quienes terminamos cruzándonos el saludo, pues a fuerza de vernos todos los días acabamos por conocernos, indudablemente hacía el viaje más amable.

Sí: porque esto era en los años 70 el traslado entre Bucaramanga y Floridablanca o viceversa: un viaje.

 

V

 

 

No recuerdo exactamente por qué, pero un día el alcalde de Bucaramanga decretó el toque de queda a partir de las 5:00 horas de la tarde y se anunció que la ciudad sería militarizada y que quienes fueran sorprendidos en las calles serían arrestados.

Esa tarde nos permitieron salir de la empresa una hora antes para que alcanzáramos a llegar a nuestros hogares antes de que empezara el toque de queda. Por infortunio, justamente ese día el bus se retrasó en llegar a nuestra parada y por eso abandonamos Floridablanca bastante después de las cuatro.

Como si ello fuera poco, en algún recodo de la autopista el conductor detuvo la marcha para llevar a cabo algún ajuste de carácter mecánico en el automotor. La tensión dentro del bus era tal, que la plática habitual entre sus ocupantes disminuyó en forma ostensible e incluso hubo tramos largos de total silencio.

Como siempre lo hacía, me bajé en el cruce de la carrera 27 con calle 36 y comencé a descender con prisa por esta avenida con rumbo hacia mi casa. Sin embargo, cuando aún caminaba en el tramo comprendido entre la carrera 23 y el parque Santander observé que subía un piquete de militares. Dudé si cambiarme de calle, pero enseguida descarté esa idea, ante la posibilidad obvia de que un encuentro similar con el ejército se podía dar en cualquier otro sitio por donde transitara. Así que opté por encarar a la tropa y, antes de que esta me interceptara, yo salí a su encuentro.

— Buenas tardes, oficial —, saludé al uniformado que iba adelante y cuyo rango ignoraba por completo -. ¿Qué hora será? Vengo preocupado por lo del toque de queda. Es que trabajo en la Empresa Licorera Santander y el bus que nos trae se retrasó en llegar a Bucaramanga. Todavía me faltan varias cuadras para llegar a mi casa.

El hombre se quedó mirándome en silencio. Yo esparcí mi vista por entre los soldados.

— ¿Dónde vive usted? —, me preguntó.

Yo le di la dirección exacta de mi casa, pero además le recalqué que quedaba muy cerca del Comando de la Policía Nacional y del DAS. Sin que él me lo estuviera pidiendo, le presenté mi cédula de ciudadanía y el carnet de la empresa. El hombre tomó los documentos en sus manos, los ojeó y me los devolvió enseguida.

— Siga —, me dijo.

Y mientras aquella patrulla militar reiniciaba su marcha hacia el oriente, yo proseguí la mía hacia el occidente.

Al pasar frente a la catedral de la Sagrada Familia levanté la vista para mirar la hora en el reloj de la torre.

Eso me permitió comprobar que ya había violado el toque de queda.

Como era natural que ocurriera, este episodio, finalmente intrascendente, fue el condimento que sazonó la siguiente tertulia en el kiosco.

 

VI

 

 

Cuando dieron la noticia de que en la cafetería comenzarían a venderle el almuerzo al personal que no quisiera abandonar las instalaciones de la factoría para irse a almorzar a su casa, por supuesto que uno de los primeros clientes fui yo.

Y no solo porque no quisiera ir a almorzar a mi lejana casa, ubicada en el centro de la distante Bucaramanga, sino ante la evidencia palmaria de que las jóvenes que laboraban en las oficinas de la licorera habían acogido entusiastas la idea de quedarse a almorzar en la nueva cafetería.

Fue entonces cuando decidí empezar a llevar a la empresa y a instalar en mi puesto de trabajo no sólo mi folder, mis carpetas y los libros prestados que cargaba para estudiar, sino también mi guitarra y mi grabadora.

Desde mi primer semestre de derecho, en efecto, yo grababa las clases.

Lo hacía en un pequeño aparato rectangular de color negro, marca Sanyo, con una especie de asa metálica plateada también rectangular que se podía doblar sobre el aparato y la cual uno podía agarrar con la mano para transportarlo con total comodidad, algo así como si cargara un minúsculo maletín ejecutivo al lado del cuerpo.

En la oferta de grabaciones musicales no existían por entonces sino los discos de acetato y los casetes (nos hallábamos bastante distantes de la irrupción del CD). Yo, que no tenía con qué adquirir ni los unos ni los otros, lograba conseguir canciones de mi gusto que hacía grabar en casetes vírgenes, sin otro ánimo distinto al de enfrentar con ellos dentro de mi habitación el parsimonioso transcurrir de las horas de tedio. Así aprendí a disfrutar la arbitraria combinación de artistas tan disímiles como Sandro y Jaime Llano González, Los Hispanos y Los Pasteles Verdes, Los Terrícolas y Los Black Stars, Miguel Aceves Mejía y Vicky, o Piero y Los Corraleros de Majagual. De esta manera, para cuando promediaba el primer semestre de 1976 y ya me encontraba laborando en la importante licorera santandereana, poseía una incomparable colección de temas musicales que me permitían disfrutar durante horas enteras de Germain de la Fuente y una pléyade de estrellas que en aquel momento conformaban el firmamento de la farándula nacional e internacional. En cuanto a mi guitarra, no era precisamente ningún Paco de Lucía, pero mis precarios rasgueos en La Mayor, Quinta de La y Re Mayor me permitirían convertirme muy pronto en la aclamada estrella de un kiosco.

 

VII

 

 

Las jóvenes empleadas terminaban de almorzar y se iban caminando y conversando hasta el kiosco, convertido en un atractivo lugar de descanso ubicado frente a la piscina y al hogar natural de los cisnes blancos que engalanaban con su caminar airoso aquel verde, florecido y refrescante entorno.

Al principio no me atreví a hacerlo, pero días después tuve la osadía de irme a sentar yo también en aquel sombreado sitio y pronto pasé a formar parte de un grupo cuya heterogeneidad de género solamente la marcaba yo, pues de resto todas eran mujeres.

Me resultó fácil atraer la atención. En un principio, porque yo mandaba a grabar y ponía a sonar en el kiosco canciones de Los Galos, Leo Dan, Yaco Monti, Heleno, Elio Roca, Sabú, Raphael, Leonardo Favio, Juan Gabriel, Oscar Golden, Jesús David Quintana, Pablus Gallinazo, y, por supuesto, de Rodolfo Aicardi, Los Graduados, Los Corraleros de Majagual, Los Golden Boys, Los Blanco, la Billos Caracas Boys, Los Melódicos, Orlando y su Combo, Nelson Henríquez, y un fulgurante etcétera, lo que me convirtió muy pronto en el imán que atraía, y ya no sólo a las compañeras inicialmente ocupantes de aquel cómodo kiosco, sino también a compañeros varones que fueron acercándose, seducidos, desde luego, no tanto por la música que emergía de mi pequeña grabadora, sino más bien por los encantos femeninos que la rodeaban. Más tarde, porque con la complicidad de mi guitarra y de mis escasas dotes de cantor bien pronto empecé a interpretar las canciones que me sabía y a servirles de acompañante y de corista a mis nuevas amigas cuando se animaron a cantar las que ellas conocían mejor que yo. Finalmente, porque en aquellos tiempos aún existía la delicia incomparable de la conversación y a través de ella y de mis chistes malos de siempre fui afianzando la relación de cercanía con Susan y las demás jóvenes empleadas.

Incluyendo dentro de estas, por supuesto, aquella jovencita diminuta y linda que vestía el uniforme rojo del equipo de baloncesto y que con sus bellas cejas y su sonrisa hermosa habría de conquistar mi corazón hasta aquella medianoche de 31 de diciembre cuando le confesé que estaba enamorado de ella sin decírselo.

 

VIII

 

 

Una tarde cualquiera de viernes surgió la amable noticia de que Azucena Jácome Soto, nuestra querida Susan, nos iba a llevar a su casa al salir de la jornada.

Y, en efecto, así fue: esa noche fuimos a parar a una casa del entonces solitario barrio Las Terrazas, ubicada al costado occidental de la carrera 45, su también por entonces solitaria vía principal.

Aún nos estábamos terminando de sentar, de acomodar lo que llevábamos en nuestras manos y de brindarles desde nuestros asientos las últimas sonrisas a los sonrientes anfitriones, cuando Susan puso a girar el tocadiscos de la radiola de patas y los aires empezaron a inundarse con las notas de aquella canción que siempre que la escucho me transporta a ese momento, a ese viernes, a esa casa del barrio Las Terrazas, a ese año en el que fui empleado de la Empresa Licorera de Santander y, por supuesto, a la inolvidable imagen de una amiga a la que quise – como siempre me sucedió con todos mis amigos – mucho más de lo que ella seguramente llegó a quererme a mí.

De esa canción, de ese tema musical, un pegajoso tema tropical colombiano, se prensaron posteriormente otras versiones. Incluso la volvió a grabar el mismo cantante, el maestro Gustavo Quintero, esta vez con la orquesta Los Graduados. De hecho, la segunda versión se escucha con furor en los diciembres dentro de muchas casas donde las tradiciones familiares no se han dejado extinguir. Pero fue la versión que Susan puso a sonar en aquel veloz y brillante disco de 78 revoluciones por minuto la que se me quedó grabada por siempre en mi mente y en mi corazón.

 

IX

 

 

De aquella primera versión me pareció esa noche especialmente particular el sonido de las maracas. Eran, en efecto, las maracas el instrumento que sobresalía notoriamente, al menos para mis oídos, de entre todos los de la agrupación musical que acompañaban la voz del talentoso artista antioqueño.

Eso, lejos de constituir para mí algo que motivara una crítica, por el contrario me agradó profundamente.

Las maracas, dicho sea de paso, ya eran para entonces uno de los instrumentos musicales preferidos por mí.

Lo fueron siempre. Quienes conocieron mi conjunto musical “Los Peor es Nada“, de los años 80, saben a qué me refiero porque de seguro recuerdan los varios pares de maracas que integré al grupo, desde las de cuero “Latin Percussion” (LP) hasta los llamados capachos, con los cuales interpretábamos la música llanera.

Así que de aquella primera noche de viernes en la casa de Azucena Jácome Soto en el barrio Las Terrazas, al oriente de mi natal Bucaramanga, siempre he recordado con singular nostalgia aquel particular detalle de la versión del tema musical con que ella abrió la fiesta.

Esa canción había sido compuesta por el maestro Aníbal Ángel, un excelente músico antioqueño, integrante de “Los Teen Agers”, conjunto cuyo cantante era un joven Gustavo Quintero que ya comenzaba a brillar con luz propia en el firmamento artístico nacional. Su creador la tituló “Color de arena“.

Por fortuna, la magia de Internet me permitió el privilegio impagable de volver a escucharla, de volver a recordar aquel año lejano y hermoso, de volver a traer al presente de nuevo a mis amigas y a mis amigos de entonces, de volver a recordarte, Azucena, y tener así la oportunidad de enviarte desde aquí, desde mi hogar y a la distancia de los años, mi cálido y afectuoso saludo de amigo sincero, de un compañero que nunca te olvidó y que aún hoy te sigue agradeciendo la sencilla, pero significativa amistad que le brindaste.

Que el Supremo Hacedor derrame sobre ti y sobre los tuyos sus bendiciones donde quiera que estés, mi querida y seria Susan.

Y gracias, un millón de gracias, por los buenos ratos.

 

 

¡Gracias por compartirla!
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