Roger Casement y la historia triste del Putumayo

ROGER CASEMENT EN EL PUTUMAYO ENTRE NATIVOS DE LA ZONA EXPLOTADA POR LA CASA ARANA.

 

En 1916 los ingleses no condenaron a Roger Casement a morir en la horca porque fuera un incómodo exponente de la lucha por los derechos humanos, ni porque hubiera desenmascarado las atrocidades de los caucheros en el Congo y en el Putumayo (éste último en ese momento una región al garete, hábilmente aprovechada por un peruano astuto, Julio César Arana, para enriquecerse con el caucho, cosa que jamás hubiera logrado a punta de vender sombreros de panamá), ni porque militara en los grupos revolucionarios que luchaban por lo que ellos mismos llamaban la liberación de Irlanda, ni porque lo hubiesen pillado promoviendo la ayuda de Alemania a su movimiento separatista en plena Primera Guerra Mundial, ni porque por ello mismo fuese considerado un traidor a la Patria, sino, sencillamente, porque al descubrir sus diarios personales también descubrieron que era…marica.

 

En el Putumayo, en efecto, y aprovechando el vacío de autoridad propio de un territorio en disputa, se había instalado, más o menos desde 1900, aquel peruano ambicioso que, gracias a la explotación del caucho -mediante la explotación de los infelices indígenas- logró en poco tiempo una fabulosa riqueza y un temido poder. Eran crecientes los rumores sobre sus atrocidades. En plenos albores del siglo XX, Arana restableció, de hecho, la esclavitud en el Putumayo. Las espeluznantes violaciones a los más elementales derechos que como seres humanos pudieran tener los desgraciados que eran reclutados por sus hombres irían a ser narradas por la pluma valerosa de José Eustasio Rivera en su novela La Vorágine (1924). Antes de Rivera, el cónsul norteamericano en Iquitos, Charles Eberhardt, ya las había denunciado ante el Departamento de Estado (1907). Nada, sin embargo, salió a la luz pública pues los Estados Unidos consideraron que nada tenían que ver en el asunto.

 

Arana era de buenas. Sus detractores siempre terminaban mal. El periodista de Iquitos Benjamín Saldaña Roca, quien en el mismo 1907 hizo las primeras denuncias en La Felpa y La Sanción, dos pequeños periódicos que sólo aparecían de vez en cuando, impresos por él mismo en su propia imprenta, fue visto por última vez en un malecón cuando era conducido a la fuerza por un grupo de pandilleros y subido a una embarcación, luego de que la indolente y sobornada policía colombiana le allanara las instalaciones de su tipografía y el atrevido comunicador viera reiteradamente su vida en serio peligro. Aunque se sugirió que había huido hacia Lima, nunca volvió a conocerse nada de su paradero.  Su desaparición hizo que se considerara que tuvo un final trágico.  Algo similar acaeció con el geógrafo y fotógrafo francés Eugenio Robuchon, quien había sido contratado por la propia Casa Arana para realizar un estudio de exploración sobre la región, pero terminó empleando su cámara para retratar las huellas de las torturas en los cuerpos lacerados de los caucheros. Sabedora la empresa de lo que ocurría, envió a unos matones a buscarlo y asesinarlo. De si ello ocurrió finalmente o no, nada se supo. En todo caso, el francés no volvió a aparecer jamás.  Dos jóvenes norteamericanos llegaron, en plan de aventura, al Putumayo y escucharon los angustiados y horrorizados relatos sobre lo que estaba sucediendo en el selvático corazón de una extensa zona geográfica que si bien en teoría le pertenecía a Colombia, en la práctica era “tierra de nadie” porque Perú la estaba reclamando como propia, El Vaticano -designado árbitro de la contienda por las partes- aún no daba su fallo y Colombia, acatando lo pactado en un convenio con su oponente, había optado por, como se dice ahora, “despejarla” mientras se daba la decisión papal. Los muchachos norteamericanos, primero el uno y después el otro, tuvieron que poner pies en polvorosa antes de que los mataran también a ellos. El primero no pudo tomar las de villadiego sin antes haber tenido que presenciar el horror de una matanza: veintinueve colombianos anónimos fueron asesinados a tiros y luego mutilados. El otro, Walter Hardenburg, ingeniero de profesión, también huyó, pero llevó sus denuncias hasta Inglaterra, donde trató de motivar a los periódicos para que le publicaran sus escabrosos relatos. No logró que los diarios londinenses se interesaran en aquellas historias de horror. Rivera, por su parte, llegó a Estados Unidos a internacionalizar su denuncia, pero la salud no le colaboró y murió en tierras norteamericanas sin haber podido comenzar siquiera la labor de divulgación que tenía proyectada (1928). Un juez peruano de nombre Carlos A. Valcárcel, comisionado para investigar penalmente las denuncias sobre los atropellos de la empresa, también desapareció por siempre. El doctor Rómulo Paredes, director del periódico El Oriente, quien, igualmente, formó parte de una comisión investigadora enviada a indagar lo que estaba sucediendo, logró salir del Putumayo antes de que se hicieran efectivas las amenazas contra su vida. Y los que se atrevieron a hablar para denunciar las tropelías fueron ajusticiados por el cepo, el látigo o el rifle.

Sin embargo, finalmente, las denuncias de aquel joven ingeniero norteamericano, Walter Handerburg, fueron acogidas por un periódico e Inglaterra, enterada de aquel mar de tropelías, decidió intervenir.

 

Pero, ¿qué tenía que ver Inglaterra en este asunto?

Dos cosas: una, que la Casa Arana tenía su domicilio principal en Londres: era, prácticamente, una empresa inglesa; la otra, que aquellos matones a cargo del reclutamiento forzado de los indios, de vigilarlos a punta de rifle, de encarcelarlos en los calabozos -donde si habían intentado fugarse los dejaban morir atados a una cadena y alimentándolos con “fariña” y agua hasta que expiraban reducidos a un esqueleto forrado en piel-, de torturarlos para arrancarles confesiones o, simple y llanamente, de matarlos a tiros y arrojarlos al río, provenían de Barbados, colonia británica en el Mar Caribe, y eran, por consiguiente, súbditos de la Corona.

Roger Casement era, en ese momento, cónsul de Inglaterra en Río de Janeiro (Brasil). Pero años antes, había conmocionado a la opinión pública inglesa al denunciar las atrocidades que los caucheros estaban cometiendo en otra colonia inglesa donde él ejercía el consulado: en el Congo, aquel desdichado país del África.

 

ROGER CASEMENT (IZQUIERDA) EN EL CONGO // NATIVOS SOSTIENEN MANOS CORTADAS POR SUS EXPLOTADORES.

 

Inglaterra le pide que se traslade del Brasil al Putumayo para que investigue a los caucheros de allí.

Y entonces Roger Casement llega al Putumayo (1910) y al poco tiempo ya está desenmascarando la terrible tragedia del Putumayo ante el Estado inglés. Sus denuncias, sin embargo, sólo son publicadas en 1912.

Arana y sus lugartenientes son citados a la Cámara de los Comunes (1912-1913). Allí Arana, imperturbable, los desmanes que se vio precisado a reconocer, ante el peso abrumador de las evidencias, los atribuyó a sus subalternos quienes, según él, siempre actuaron a sus espaldas.

Pero mientras Arana, a pesar de la condena que finalmente se le impone, terminará muerto de la risa, Casement terminará muerto en la horca (1916). Como les dije, no porque hubiera puesto al descubierto los atropellos de la Casa Arana. Terminará muriendo en la horca porque se descubre que no le gustaban las mujeres.

En cuanto a Julio César Arana, después de vivir muerto de la risa, sin haber pasado siquiera una noche en una cárcel, habrá de emprender, sólo hasta 1952, treinta y seis años más tarde del trágico final de su detractor, con ochenta y ocho años a las costillas y sumido en la miseria, su tortuoso camino final hacia los profundos infiernos.

El escritor, periodista e historiador Alberto Donadío fue el primero que me dio a conocer quién era Roger Casement. Lo hizo gracias a su libro La guerra con el Perú.

Alberto Donadío pone de presente en esta obra cómo aquel pasaje vergonzoso y lamentable de nuestra historia republicana, el de las andanzas de la Casa Arana en el Putumayo, habrá de constituirse en el antecedente remoto más importante de aquella guerra, desencadenada el 1 de septiembre de 1932, cuando se produce la invasión de unos peruanos a Leticia, y culminada gracias a la intervención de la Liga de las Naciones (antecedente de la ONU) que, el 19 de junio de 1934, entrega Leticia a Colombia. Pero el autor también muestra cómo al sanguinario e imperturbable ex vendedor de sombreros el Perú prácticamente lo eleva a la categoría de héroe nacional, pues todas las denuncias sobre sus atrocidades, incluidas las de Roger Casement, Perú las convierte en una simple expresión de la natural actitud antiperuana por parte de un país que se empecinaba en “quitarle” el Putumayo, país que en hombres como Handerburg o Casement no tenía otra cosa sino agentes a sueldo, pagados con bastante generosidad y, por consiguiente, dispuestos a exagerar y a mentir para desacreditar al Perú y beneficiar a Colombia. Arana hasta se dio el lujo de hacérselo saber a Casement antes de que lo ahorcaran, a través de un telegrama cuyo recibo por parte del atribulado destinatario se cuidó de confirmar valiéndose de uno de sus abogados. La intervención de Colombia ante Inglaterra para que no ejecutara a Casement fue interpretada por ésta como una acción apenas entendible dado que el informe de Casement había favorecido al país que elevaba el angustioso pedido de clemencia.

Pues bien: acaba de salir la última novela del Premio Nobel peruano Mario Vargas Llosa. Se titula El sueño del celta y su protagonista central es, precisamente, Roger Casement. La novela inicia con la escena del momento en que a Casement, ya prisionero de los ingleses, le van a hacer saber a la cárcel, de parte de su abogado defensor, que su caso se ha complicado porque ha estallado un gigantesco escándalo que lo compromete: le acaban de descubrir sus diarios y astutamente Inglaterra ha empezado a darlos a conocer —y, por ende, a dar a conocer su conducta homosexual— para bajar de un tajo la presión que vienen ejerciendo, a favor de su libertad, los más prominentes grupos de intelectuales.

La novela de Vargas Llosa, miembro de la Real Academia Española de la Lengua y hábil y ameno narrador, es de esas obras en las que ya se sabe lo que va a pasar y, sin embargo, cautivan al lector desde la primera línea.

Esperaba -y era seguro que así sería- que Vargas Llosa hubiese escrito esta nueva obra pensando en su personaje, Roger Casement, antes que en su condición de peruano.

Pero eso solamente lo sabría cuando terminara de leerla.

Pues bien: terminé de leerla y sí: es evidente que Mario Vargas Llosa escribió este magnífico libro pensando tan sólo en su incomprendido, heroico, soñador, solitario e infortunado protagonista.

 

¡Gracias por compartirla!
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2 respuestas a Roger Casement y la historia triste del Putumayo

  1. Andrés Herazo dijo:

    Interesante historia.

  2. Zoraida Vesga Toloza dijo:

    Me parece muy interesante el artículo, espero recibir más de estos artículos para conocer nuestra verdadera historia y no cometer el error de repetirla.

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