PILATOS. Capítulo Primero. Por Óscar Humberto Gómez Gómez

 

¿Cómo debemos llamarlo: Pilatos o Pilato?

“Ambas son correctas. En rigor y si tomamos como base el nombre latino, debería ser Poncio Pilato, pues la terminación latina –us pasa como norma general a –o (es decir, de Pilatus pasa a Pilato, como de Tiberius pasa a Tiberio). Sin embargo, en español está asentada la forma Pilatos, que toma como base el nombre griego Πόντιος Πιλάτος (transliterado Póntios Pilátos).

La forma Pilatos está reconocida por las Academias de la Lengua en diversas entradas del Diccionario, en concreto en la expresión andar de Herodes a Pilatos…”. (FundéuRAE).

 

 

Cuando despuntaba la década de los años 60, concretamente en el mes de junio de 1961, el Dr. Antonio Frova, arqueólogo italiano, se encontraba al frente de unos trabajos de excavación en Cesarea Marítima. Las excavaciones se llevaban a cabo en el área donde había sido construido un teatro, en virtud de un decreto expedido por Herodes el Grande, entre los años 22 y 10 a. C. Los investigadores encontraron, entonces, un fragmento de una piedra caliza en la que se hallaba una inscripción. Concluyeron que se trataba de una dedicatoria al emperador Tiberio. Dicha dedicatoria la hacía PONTIVS PILATVS, aunque por el deterioro debido al paso del tiempo solo se conservaba la terminación de su nombre “NTIVS” seguida de “PILATVS”).

 

 

 

Cesarea Marítima, ciudad costera, ubicada en el actual estado de Israel, era, según algunas fuentes, la capital de la provincia romana de Judea precisamente en los años en que era gobernador de esta Poncio Pilatos (años 26-36 d.C.).

 

 

El hallazgo arqueológico – que pasó a denominarse “La piedra de Pilatos” – tiene 82 cm de altura por 65 cm de ancho.

Como ya se anotó, no todo el texto de la inscripción está completo; solamente se lee:

“S TIBERIÉVM
NTIVS PILATVS
ECTVS IDUA E
E”

La piedra original se conserva en el Museo de Israel.

Aunque, de acuerdo con algunas fuentes, desde el año 6 a.C. Cesarea Marítima había sustituido a Jerusalén como la capital administrativa de la provincia de Judea, todas coinciden en que Jerusalén seguía siendo la principal ciudad judía de toda la provincia. Ello significa que Pilatos no tenía en Jerusalén su sede permanente, sino en Cesarea Marítima, por lo cual es claro que fue su presencia circunstancial en Jerusalén en los días previos a la Pascua Judía lo que le permitió inmortalizarse en la Historia.

 

 

Acerca de este funcionario romano habrán de escribir el historiador judío Josefo (37 d.C. aprox. – 100 d.C. aprox.), el filósofo judío Filón de Alejandría (25 a.C. aprox. – 45 d.C. aprox.) y el historiador romano Tácito (55 d.C. aprox. – 120 d.C.). A lo largo del tiempo se harán diversas conjeturas sobre su personalidad e incluso acerca de cuál era su verdadero cargo oficial y, por supuesto, respecto de su muerte, conjeturas que, en buena parte, tendrán su origen en los llamados evangelios apócrifos. A aquellas y a estos nos referiremos más adelante. Lo cierto es que, en todo caso, quien quiera tratar de reconstruir la vida de este personaje tendrá que partir necesariamente del papel protagónico que aparece desempeñando dentro de los evangelios canónicos.

 

 

Comencemos, pues, por lo que acerca de él narró Josefo:

 

 

“Cuando Pilato fue enviado por Tiberio como procurador de Judea, llevó de noche a escondidas a Jerusalén las efigies de César, que se conocen por el nombre de estandartes. Este hecho produjo al día siguiente un gran tumulto entre los judíos. Cuando lo vieron los que se encontraban allí, se quedaron atónitos porque habían sido profanadas sus leyes, que prohíben la presencia de estatuas en la ciudad. Además, un gran número de gente del campo acudió también allí ante la indignación que esta situación había provocado entre los habitantes de la ciudad. Se dirigieron a Cesarea y pidieron a Pilato que sacara de Jerusalén los estandartes y que observara las leyes tradicionales judías. Pero como Pilato se negó a ello, los judíos se tendieron en el suelo, boca abajo, alrededor de su casa y se quedaron allí sin moverse durante cinco días y sus correspondientes noches.

Al día siguiente Pilato tomó asiento en la tribuna del gran estadio y convocó al pueblo como si realmente desease darles una respuesta. Entonces hizo a los soldados la señal acordada para que rodearan con sus armas a los judíos. Éstos se quedaron estupefactos al ver inesperadamente la tropa romana formada en tres filas a su alrededor. Mientras, Pilato les dijo que les degollaría, si no aceptaban las imágenes de César y dio a los soldados la señal de desenvainar sus espadas. Pero los judíos, como si se hubiesen puesto de acuerdo, se echaron al suelo todos a la vez con el cuello inclinado y dijeron a gritos que estaban dispuestos a morir antes que no cumplir sus leyes. Pilato, que se quedó totalmente maravillado de aquella religiosidad tan desmedida, mandó retirar enseguida los estandartes de Jerusalén”. (Flavio Josefo. La Guerra de los Judíos. L. II, 169-174).

 

 

Leamos ahora lo que acerca de él relató Filón de Alejandría:

 

 

“Uno de sus lugartenientes (del emperador Tiberio) fue Pilato, a quien se designó para gobernador de Judea. Este, no tanto por honrar a Tiberio cuanto por apesadumbrar a la multitud, dedicó en los palacios de Herodes, dentro de la ciudad santa, unos escudos chapados en oro, que no llevaban dibujo alguno ni ninguna otra cosa de las prohibidas por nuestras leyes, excepto cierta lamentable inscripción que expresaba dos cosas: el nombre del autor de la dedicatoria y el de aquel a quien estaba dedicada.

Pero, cuando la multitud tuvo noticias del asunto, el que ya había cobrado estado público, llevando a su frente a los cuatro hijos del rey, que no eran ni en dignidad ni en fortuna inferiores a reyes; a sus restantes descendientes y a las personas de autoridad entre ellos, rogaron a Pilato que rectificase la violación de las tradiciones que suponían esos escudos; y que no innovase en las ancestrales costumbres, conservadas sin alteración por reyes y emperadores durante todas las precedentes edades.

Habiéndose opuesto él firmemente, pues era inflexible por naturaleza y de una terca arrogancia, gritáronle ellos: “No provoques una sedición, no des lugar a una guerra, no destruyas la paz. No redunda en honra del emperador el deshonrar antiguas leyes. No tomes a Tiberio como pretexto para ultrajar a nuestra nación, que él no desea anular ninguna de nuestras costumbres. Si sostienes lo contrario, muestra una orden suya, una carta o algo análogo, para que cesemos de importunarte y elijamos delegados que eleven nuestra petición a nuestro soberano”.

Esto último lo exasperó de un modo especial, pues temía que, si la embajada se concretaba, expondrían también el resto de su conducta en el gobierno, describiendo su venalidad, sus insolencias, sus pillajes, sus ultrajes, sus atropellos, sus constantes ejecuciones sin juicio previo, su incesante y penosísima crueldad.

Siendo, pues, hombre rencoroso y colérico, se encontraba en difícil situación, pues ni se atrevía a anular lo que había sido dedicado, ni quería hacer cosa alguna que redundase en placer de sus gobernados, pero, al mismo tiempo, no ignoraba cuan rígido era Tiberio en estas cuestiones. Viendo esto, los dignatarios de los judíos, comprendiendo que estaba arrepentido por el hecho pero que no quería dar muestras de ello, escribieron a Tiberio una carta con muy vehementes súplicas.

Cuando éste la hubo leído, ¡vaya cosas que dijo sobre Pilato, vaya amenazas que profirió contra él! Hasta qué grado se puso furioso, aunque no era hombre de irritarse fácilmente, no hay por qué referirlo, pues los hechos hablan por sí solos.

En efecto, enseguida, sin aplazarlo para el día siguiente, le escribió una carta en la que lo censuraba duramente innumerables veces por la osadía de violar lo establecido, y mandábale descolgar los escudos inmediatamente y transportarlos desde la ciudad principal a Cesarea, la situada sobre el mar, llamada Augusta en memoria de su abuelo, para que fueran colocados en el templo de Augusto; cosa que se hizo. De ese modo se salvaguardaron ambas cosas: el honor debido al emperador y la norma seguida desde antiguo con respecto a nuestra ciudad”. (Filón de Alejandría. Sobre la embajada ante Cayo (De legatione ad Gaium). XXXVIII, 299-305).

 

 

En tercer lugar, leamos la tangencial mención que de él hace Tácito:

 

 

“En consecuencia, para deshacerse de los rumores, Nerón culpó e infligió las torturas más exquisitas (sic) a una clase odiada por sus abominaciones, quienes eran llamados cristianos por el populacho. Cristo, de quien el nombre tuvo su origen, sufrió la pena máxima durante el reinado de Tiberio a manos de uno de nuestros procuradores, Poncio Pilato, y la muy maliciosa superstición, de este modo sofocada por el momento, de nuevo estalló no solamente en Judea, la primera fuente del mal, sino incluso en Roma, donde todas las cosas espantosas y vergonzosas de todas partes del mundo confluyen y se popularizan. En consecuencia, el arresto se hizo en primer lugar a quienes se declararon culpables; a continuación, por su información, una inmensa multitud fue condenada, no tanto por el delito de incendio de la ciudad como por su odio contra el género humano”. (Tácito. Anales. 15.44. Traducción del latín por Alfred John Church y William Jackson Brodribb, 1876).

 

 

Pues bien: Poncio Pilatos no hubiera pasado de ser un burócrata más del vasto imperio romano, apenas un subalterno más del emperador Tiberio – a quien evidentemente adulaba, bien haciendo poner estandartes con su imagen en sitios públicos de Jerusalén o bien dedicándole una obra civil en Cesarea Marítima -; en fin, no hubiera llegado a ser más que aquel personaje de quien, como veremos, se hallan narradas algunas actuaciones oficiales que merecieron no precisamente aplausos, de no haber sido porque encontrándose en Jerusalén en los días previos a la Pascua le llevaron a su presencia un reo al que acababan de arrestar y enjuiciar las autoridades judías en el Sanedrín y, ante la imposibilidad jurídica de aplicarle ellas mismas la pena capital, solamente habían encontrado como única salida la de que fuese él quien decidiera su suerte.

 

 

Pilatos irrumpe, pues, en el escenario histórico justamente cuando le llevan hasta el Pretorio – su residencia oficial en Jerusalén – a aquel prisionero del que evidentemente ha oído hablar, pero a quien no ha visto jamás en persona.

 

(CONTINUARÁ)

 

ILUSTRACIONES:

(1) Ecce Homo. 1862. Antonio Cisere. Museo de Arte de Lugano. Lugano, Suiza.
(2) Jesucristo ante Pilato. 1566-1567. Tintoretto. Scuola Grande di San Rocco. Venecia, Italia.
(3) Piedra de Pilatos. Cesarea Marítima. Israel.
(4) Piedra de Pilatos. Museo de Israel. Jerusalén.
(5) Cesarea Marítima. Ruinas. Fotografía de Der Hexer.
(6) Cesarea Marítima. Acueducto. Fotografía de Matías Callone.
(7) Cristo ante Pilatos. Corrado Giaquinto. 1754 aprox. Museo Nacional del Prado. Madrid.
(8) Josefo. Ilustración de la traducción de la obra de Flavius Josephus por William Winston. 1817. (la ilustración original es en blanco y negro. El retrato del historiador es ficticio).
(9) Pilatos se lava las manos. Mosaico bizantino. Basílica de San Apolinar el Nuevo. Ravena, Italia.
(10) Filón de Alejandría. André Thevet. 1584.
(11) Pilato se lava las manos. Nicolas Maes. Museum of Fine Arts. Budapest, Hungría.
(12) Cornelius Tacitus. 1829. Drawing by Brooke, engraved by S. Freeman.
(13) Cristo bajando del Pretorio. 1867-1872. Gustavo Doré. Strasbourg Museum of Modern and Contemporary Art. Estrasburgo, Francia.
(14) El actor santandereano Walter Ardila como Poncio Pilatos en el drama “Jesús de Nazaret”. Grupo de Teatro Experimental de Nueva Jersey. Presentación en Las Vegas (USA). Semana Santa de 2002.

 

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